Masters of sex. El engorde

Me temo que los responsables de Masters of sex, sabiendo que han encontrado una legión de espectadores toqueteándose en los sofás, y que les aguardan muchas temporadas de contrato jugoso con la cadena, están engordando las tramas con hormonas ilegales del crecimiento. Masters of sex está dejando de ser una buena serie para transformarse en un serial entretenido. Se nota en el uso cada vez más frecuente que le voy dando a la tecla wind, con la que cerceno escenas redundantes y conflictos poco aclaratorios. Los actores de reparto se han apoderado de los minutos que antes sólo ocupaba el elenco central. Como un enjambre de moscas, se han posado sobre el pastel de nata para poner los huevos de una numerosa prole que amenaza con pudrirlo. Su zumbido empieza a ser molesto. Por allí se frotan las patitas los hijos de la doctora Johnson, la mamá del doctor Masters, la esposa anorgásmica del rector, la pitopausia acelerada del doctor nosecuántos... Unos dicen que la trama se amplía, se enriquece, toma nuevos derroteros. A mí me parece que nos están engañando, y que lo del sexo sólo era un anzuelo para sacarnos del río, y depositarnos en esta orilla mil veces vista donde nos endilgan los sentimientos de los culebrones.



            Uno vivía feliz con los cuatro personajes principales y la trama picantona de los experimentos sexuales. Con esto, y con unas cuantas pinceladas de los entornos familiares, salía una miniserie cojonuda de diez o doce episodios. Pioneros de la investigación sexual en la América de Mad Men, luchando contra los prejuicios, contra los pastores, contra la moral imperante de la sociedad pacata. Héroes de la sexualidad liberada a los que hacer homenaje con esta serie de actores solventes y actrices guapísimas. Con eso nos bastaba. Pero en Hollywood, cuando se huelen la renovación de un contrato, rápidamente entablan negociaciones para abrir el abanico de personajes, y dar cabida a una legión de profesionales que siempre han de pagar una pensión alimenticia, y el último plazo del coche deportivo. De este modo artificial, las tramas se ramifican, se dispersan, se pierden en historias accesorias que a nadie le interesaban. Dentro de unos episodios, cuando las redes sociales vayan dictando sentencia, podarán las ramas menos fructíferas con una muerte o con un exilio, e injertaran otras nuevas para ir probando suerte, hasta que dejen el tronco principal seco de savia. Falta el hijo secreto, el padre con Alzheimer, la vecina fisgona, el hermano que vuelve de Vietnam... Ya están haciendo el cásting, allá en los ocultos laboratorios de California. Masters of sex, convertida en serial, será cada peor, pero dará de comer a mucha gente, que al fin y al cabo es de lo que se trata. Las series son un negocio en marcha, y no nuestra tabla de salvación.


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