Iron Man 3

Serían una pérdida de tiempo lamentable, estas películas de Iron Man, si no fuera porque el personaje de Tony Stark lleva los huesos y la gracia de Robert Downey Jr. A diferencia de otros actores que encarnan a superhéroes del cómic, que arrugan el entrecejo y ponen gesto de salvadores de la patria, Robert Downey se toma su papel con cierta distancia, a medio camino entre la trascendencia y  la guasa. Los chavales se ríen, y los adultos agradecemos la ironía. El actor sabe, como sabemos todos, que se trata de adaptar un cómic de colorines y onomatopeyas. Zas, pum, malandrín... El asunto es pasar un buen rato con la tecnología futurista y los villanos de pacotilla, no reincidir en el heroísmo cargante de los americanos, que es el contrapunto de la maldad tontaina de los musulmanes, o de los comunistas de entonces, o de los chinos del mañana. Tony Stark no tiene nada en común con el mesianismo de Kal-El, con la depresión malsana de Peter Parker, con el afán vengativo de Bruce Wayne. Es un bon vivant al que los malos envidian las mujeres y el dinero, la mansión y la armadura.



            Iron Man 3, en concreto, sería una película olvidable si no fuera porque la he visto con Pitufo, y su presencia en el sofá convierte en veniales los pecados mortales de estos blockbusters. Cuando el acompañante disfruta, uno, llevado por la corriente de la empatía, también ve la película a través de sus ojos. Salvo que sea una mujer llorosa que celebra el enriquecimiento de Vivian Ward, la prostituta de Pretty Woman. En ese caso, uno redobla su beligerancia, y sus ganas de asesinar al primero que aplauda, como medida eugenésica, de gran alcance social. Con Pitufo, en cambio, cuando vemos estas películas de los hostiazos, uno se arranca de buen grado los propios ojos, que sólo veían esquematismo y reiteración, y toma prestada una visión más indulgente y desprejuiciada.  Con los ojos de Pitufo, Iron Man 3 es el descacharre pirotécnico de los porrazos y los efectos especiales. Los mil porqués de la trama se quedan sin respuesta, pero a uno le da lo mismo, abandonado con la sonrisa tonta a la falta de lógica.

            Con mis ojos cansados y maniáticos, hubiera dejado Iron Man 3 a la media hora de esfuerzo, consumido por la impaciencia. O no, quién sabe, porque ando muy coladito por esta actriz llamada Rebecca Hall que aquí hace de malota con sentimientos. En ese álbum de fotos imaginario donde guardo los arquetipos de las mujeres, ella tiene una página entera dedicada a su memoria. Por más que la miro y la remiro, no encuentro que a Rebecca le falte algo, o le sobre nada. ¿Y no era eso, amigos míos, la definición de lo perfecto?

           

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