Cosmópolis. Horrópolis

Me bastan diez minutos de Cosmópolis para saber que voy a aburrirme mucho, y que tal vez no sea capaz de llegar hasta el final. Siento que mi atención se dispersa, y que mi interés inicial se difumina como un pedo fallido. Las otras películas que viven en el nido no dejan de piar, reclamando mi atención. Creo que estoy alimentando al polluelo equivocado, y la culpa del padre irresponsable me corroe por dentro. Entre malhumorado y sorprendido, asisto a esta rareza de los personajes trajeados que hablan en arameo, de las limusinas que vienen y van por la ciudad fantasmagórica. Y no me tranquiliza saber que es David Cronenberg quien pilota este avión con destino a lo ignoto. Este tipo es capaz de lo mejor y de lo peor, y esta vez, apostaría toda mi fortuna, vamos a estrellarnos contra el suelo apenas levantar el morro. Este canadiense lo mismo te regala un peliculón que te mete en un laberinto que sólo él entiende, con hombres raros, mujeres absurdas, surrealismos de Dalí o de Buñuel convertidos en narración personalísima. Otro que a veces se ensimisma con su ombligo y luego pretende convertirlo en arte y ensayo.



            De pronto, cuando mi dedo índice ya acaricia el botón de stop para dar guillotina a este despropósito del yuppi repeinado, aparece en Cosmópolis una actriz de ensueño que interpreta a su joven esposa. Me quedo paralizado de la impresión, y el dedo se queda dormido sobre el stop, aplazando su justicia para mejor ocasión. Es ahora, al escribir estas líneas, cuando averiguo el nombre de esta mujer que ya es el segundo amor de este año, y de este invierno, destronando a María Bonnevie, la sueca blanquísima de Todas las Rusias. Se llama Sarah Gadon, y es tan preciosa que parece una muñeca, de piel irreal como el plástico, de cabello imposible como una Barbie. Durante cinco minutos, vivo convencido de que Cosmópolis es una película imprescindible, una obra maestra de nuestro tiempo. Saco a David Cronenberg de la caja de cartón donde lo había sentenciado al olvido, y vuelvo a colocarlo en la peana repulida, al lado de mis santos preferidos, para honrarle con un par de salmos y varios himnos de alabanza. Es el amor que siento por Sarah, que me devuelve la fe en las causas más perdidas, y en los pecadores más reincidentes.



            ¡Pero ay de mí! A punto de empezar el segundo salmo, Sarah Gadon desaparece de la pantalla, y la realidad de Cosmópolis, ya sin la luz celestial de su presencia, vuelve a golpearme con toda su crudeza. Vuelven los tediosos monólogos sobre la naturaleza inevitable y maligna del capitalismo. Vuelve el experimento, el bostezo, la desazón de la vida sin esa mujer preciosa que me ha robado el corazón. Pasan los minutos, y ella no reaparece. Mi cuerpo se agita, se queja, se desploma. El tsunami de músculos retorcidos llega hasta el dedo índice de la mano, que es mi último bastión en despertar. Cuando lo hace, cae a plomo sobre el stop. Llevamos cuarenta minutos de metraje. Sarah no está, ni se la espera. Es el The End.


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