Juego de destinos. 360

La penúltima película de Fernando Meirelles, 360 (que aquí se tituló Juego de destinos), tiene el esquema clásico de historias que nacen independientes y luego se van cruzando, como bolas de billar que discurren libremente hasta que chocan entre sí y modifican sus trayectorias, y sus destinos. El billar y la película son como la vida misma del espectador, que es el pulular complejo de casualidades que vienen y van. La pura chiripa de personas que se conocen o nunca coinciden. Una matemática de trayectorias tan grande como el mundo mismo, imposible de calcular.




            La chispa inicial que enciende las historias es la incontinencia sexual de sus personajes masculinos: el escarceo de Jude Law, el adulterio de Anthony Hopkins, la urgencia del excarcelado, el apremio del mafioso... En Cabaret, Liza Minelli y Joel Grey cantaban aquello de que el dinero hace girar el mundo: Money makes the world go round. Y es cierto. El objetivo primero de cada mañana, antes que atisbar señoritas y soñar despierto con sus cuerpos desnudos, es ganarse el pan con el sudor de la frente, o del sobaco, para alimentarse a uno mismo, y a los hijos que necesitan el calcio y las vitaminas. El dinero es la espuela que sale del colchón y se nos clava en el culo  para levantarnos de un salto o de un quejido. 



            Sin embargo, si uno se fija bien en el número musical, observará que mientras Liza Minelli y Joel Grey cantan al poder del dinero, ella se va metiendo monedas en el escote y él en la bragueta. Cada vez que lo hacen, se sacuden con un espasmo sobre el escenario, como una maquina que se enciende, o como un durmiente que se activa. Fernando Meirelles y Peter Morgan, que un guionista inteligente y lúcido, han comprendido que el dinero hace girar el mundo, pero que el sexo hace girar a las personas. Para este short cuts que es Juego de destinos, ellos han preferido una gasolina más incendiaria que mueva el motor de sus personajes. Y no hay combustible más ardiente que el deseo sexual en la edad mediana, mucho más que el juvenil, o que el ninfómano. A partir de los cuarenta arde como la yesca, porque es desesperado, impaciente, la última traca de los fuegos artificiales. La hoguera última de las fiestas del solsticio. Juego de destinos, aunque parezca compleja y enredada, sólo es, deshuesada y resumida, el retrato triste de unos hombres que buscan las últimas alegrías sementales, antes de que la pitopausia imponga su ley, y de que las jovencitas se conviertan en sueños imposibles. Y de que las putas de postín, como estas chicas eslovacas de la película, se conviertan en un lujo inalcanzable para la raquítica pensión que nos van a dejar los gobiernos, y los hijos, en su vagancia.



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