La caza

Hacía muchos meses que no visitaba la Dinamarca moderna. Quizá desde aquella trilogía de Nicolas Winding Refn, Pusher, que nos mostró el lado oscuro de la Copenhague arrabalera. Últimamente sólo viajaba allí en el tiempo, al Siglo de las Luces en Un asunto real, o al XIX en Pelle el conquistador. Películas que  nos cuentan el parto doloroso del que ahora es país ejemplar y espejo de civilizaciones. Mucho ha llovido en Jutlandia desde que los curas dictaban las leyes, desde que los patrones fustigaban a su obreros. En las tierras del sur seguimos más o menos igual, con los religiosos satisfechos, y los currantes maltratados, aunque ahora nos desvíen la atención con ordenadores y tiendas de Zara. Y con playas atestadas de danesas, precisamente. Y con el derecho al voto, que no al veto. Ellos, los nórdicos, ya superaron este amargo paréntesis de la ideología medieval, y ahora nos marcan el camino. Sólo hay que seguir la Estrella Polar, y cortar varias cabezas en la travesía.



            Ya tenía ganas de regresar a la Dinamarca contemporánea, a pasear entre sus mujeres rubísimas mientras el frío me arrebola las mejillas. A sentirme danés, europeo, superior, durante dos horas de fantasía antropológica. La caza, sin embargo, que es mi reencuentro inesperado y tardío con Thomas Vinterberg,  es una película que no deja bien parados a los daneses. Ni a los seres humanos, en general, pues Vinterberg viene a contarnos que el porcentaje de gente estúpida es el mismo en cualquier sitio, lo mismo en Dinamarca que en Ponferrada, y que no hay orden social ni modelo económico que pueda remediarlo. La estupidez es una desventaja evolutiva que nos trajimos de los árboles, de cuando descendimos a la sabana y nos convertimos en bípedos, y todavía no la hemos subsanado, ni con la tecnología ni con los eones. La estupidez es el reverso oscuro de la inteligencia. Carlo Cipolla, en su libro Allegro ma non troppo, expuso sus leyes fundamentales, que aquí resumo, y que vertebran la historia de La caza.

  1. Siempre, e inevitablemente, cualquiera de nosotros subestima el número de individuos estúpidos en circulación.
  2. La probabilidad de que una persona dada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica propia de dicha persona.
  3. Las personas no-estúpidas siempre subestiman el potencial dañino de la gente estúpida.
  4.  Una persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que puede existir. 





            Vinterberg, en La caza, aventura una quinta ley que será la trampa mortal en la que caiga su protagonista: cuando uno comprende que vive rodeado de estúpidos, ya es demasiado tarde para reaccionar. El daño está hecho, y será además irreparable. Nadie quiere ver la estupidez en las personas cercanas, porque reconocerlos estúpidos sería como confesar que uno pertenece al club. Uno vive convencido de que los estúpidos, como los corruptos, o como los borrachos, moran en otros ambientes. Pero basta una chispa, un malentendido, una fantasía de la niña tonta que jura haber visto un "pito hacia arriba", para que uno se descubra rodeado de personas hostiles que ya no razonan. Las amistades y los amores, que creíamos sólidos como la roca, se disipan como la niebla barrida por una brisa. Una historia sin contrastar te convierte, de la noche a la mañana, en el enemigo público del vecindario. Los que juraban amarte, dudan; los que prometían amistad, huyen; los que vendían compadreo, desaparecen; los que apenas te conocían, apedrean tus cristales. No existe eso que llaman la presunción de inocencia. No fuera de los tribunales de justicia. En la calle, todos somos culpables hasta que se demuestre lo contrario. Sobran dedos de una mano para contar las personas que nos creerían en una tesitura así. Que nos creerían de verdad, a pies juntillas; que nos mirarían a los ojos y sabrían al instante que nosotros no mentimos, y que es la niña atolondrada la que ha confundido en su imaginación el culo con las témporas. Una persona, dos, tres a lo sumo. Y tal vez las más inesperadas. La cercanía no cura del prejuicio, ni de la estupidez. Se nos caería la quijada al suelo, de la sorpresa. Que los dioses nos libren de tamaña prueba.


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