Siete psicópatas

Martin McDonagh es el director de Escondidos en Brujas, aquella tragicomedia gangsteril de repercusión inesperada y gratificante. Cuatro años después, uno ya sentía curiosidad por el prolongado silencio de este hombre. O estaba disfrutando de los millones en una isla paradisíaca del Caribe, o estaba preparando un peliculón que iba a dejar en simple anécdota su obra anterior. Después de ver Siete psicópatas, uno concluye que Martin McDonagh sólo estaba mareando la perdiz con un argumento estúpido y muy poco inspirado. Es un truco muy visto, éste de enmascarar la propia frustración ideando un álter ego que tampoco crea, bloqueado y desesperado. Un truco, además, arriesgado, que hay que manejar con tiento. Si lo haces bien, te sale una obra maestra como Barton Fink, que los hermanos Coen escribieron en cuatro días cuando se bloquearon con el guión de Muerte entre las Flores. O como Adaptation, la bendita locura que Charlie Kaufman parió entre las tinieblas de su desesperación. Dos obras maestras sobre el tema del folio en blanco que dejan en ridícula la intentona de McDonagh. Siete psicópatas es un batiburrillo de chistacos que no tienen gracia,  y de balaceras que no vienen a cuento. Un homenaje a las parodias de Tarantino, a las salvajadas de Oliver Stone. Ya están muy vistos, los psicópatas. Se los sabe uno de pe a pa, en esta redundancia ya cansina de los anglosajones por el asunto. Y mucho más si van de graciosillos, y matan como del revés, haciendo el ganso, o soltando letanías. Este camino resbaladizo que abrió Pulp Fiction mezclando la psicopatía con el humor negro, ahora es un sendero muy trillado que recorre el gran turismo de los posmodernos..






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