El exorcista

El otro sábado, en su programa de radio nocturno, Iker Jiménez hizo un homenaje muy personal a El exorcista, película de mayúsculo terror que ahora cumple cuarenta años. Como fondo musical a sus comentarios sonaba la musiquilla hipnótica del Tubular Bells, esas notas que todos asociamos a la presencia maléfica del demonio y que luego, a la hora de la verdad, suenan en dos momentos intrascendentes de la película, quizá como un anuncio, quizá como un calentamiento previo del sistema nervioso.
           



        Los cuarentones entendemos muy bien la pasión con la que habla Iker Jiménez. Compartimos la admiración de quien vio El exorcista siendo chaval y todavía se caga por la pata abajo cuando escucha aquello de la cerda de tu hija, o rememora el help me caligrafiado en la propia piel de la poseída. Éramos adolescentes y semicatólicos, medio bobos e inocentes, y todavía nos creíamos las monsergas supersticiosas del más allá. Nosotros, que éramos chavales de edad parecida a la niña Regan, también jugábamos a la tabla Ouija, y creíamos en espíritus traviesos que pululaban por los alrededores. En nuestros veranos locos jugábamos al fútbol en el parque, cortejábamos a las chicas del barrio, veíamos películas porno que sacábamos clandestinamente del videoclub. Algunas tardes, exhaustos ya de la vida, visitábamos el mundo de los muertos, y hacíamos rituales de espiritismo con las luces apagadas y las velas encendidas. A veces, cuando reuníamos el valor necesario, nos reuníamos en un antiguo cementerio de la ciudad para recoger el silencio de los no-vivos, en una grabadora pre-industrial que traíamos de casa, buscando psicofonías que nos pusieran la piel de gallina y nos otorgaran el caché de chicos valientes. 
     Vivíamos en la convicción de un mundo ultraterreno que nos habían inculcado los curas. No creíamos en los milagros de Jesús, ni en la virginidad de su madre, pero sí creíamos en la existencia de los fantasmas nocturnos, de las voces de los muertos que todavía flotaban en el aire. Éramos ateos y creyentes al mismo tiempo. Sobrenaturalistas selectivos, podríamos decir. Que un hombre del siglo I caminara sobre las aguas nos parecía una memez que sólo los curas y las viejas podrían tragarse. Sin embargo, que un demonio llamado Pazuzu se escapara de las ruinas babilónicas y poseyera a una niña en el otro lado del mundo, nos parecía un hecho improbable pero posible. Nos aterrorizó El exorcista porque nos vimos reconocidos en la víctima. De ahí nuestro terror mayúsculo, nuestro canguelo que todavía pervive.


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