Un tipo serio

En este ciclo dedicado a las obras más emblemáticas de los hermanos Coen, hoy he vuelto a disfrutar de Un tipo serio, esta película de la que ya casi nadie escribe, y casi nadie se acuerda de mencionar. A muchos les pareció una broma, un divertimento, el cachondeo abrasivo de dos personas muy inteligentes que se ríen del mundo infantil que les tocó vivir. A mí, sin entenderla del todo, es una película que me fascina, que me incomoda, que me deja una sonrisa retorcida en la cara. Mientras regreso a la vida civil de quien tiene que lavarse los dientes o fregar los platos de la cena, voy dándole vueltas a la historia de este profesor cuya vida se derrumba en apenas unos días, engañado por su esposa, ninguneado por sus hijos, acuciado por el deseo insatisfecho de follar y de vivir. Su hermano le miente, sus vecinos le malmiran, sus compañeros le rehuyen. Larry Gopnik, que así se llama nuestro desventurado protagonista, acude a los rabinos de su comunidad para buscar respuestas, pero ninguno sabe darle un consejo consolador. Le cuentan alegorías, metáforas, parábolas absurdas sobre aparcamientos llenos de coches o tipos que llevan cincelados en los dientes las enseñanzas de la Torah. Bobadas que no conducen a ningún sitio. Palabras de conveniencia que al pobre Larry le dejan aún peor de lo que estaba. Se parecen mucho estas retóricas a aquellas que nos soltaban los curas en el colegio, cuando nos obligaban a confiarles nuestros temores en sagrada confesión, o en íntima consulta, siempre bajo la amenaza de un suspenso, o de una llamada a casa. Allá en los confesionarios, o en las habitaciones con crucifijo, te soltaban una palabrería confusa de la que salías mareado como una perdiz, todavía no ateo, pero sí muy desconfiado, y ya profundamente decepcionado. Tú solo querías saber por qué las chicas guapas no se fijaban en ti, o por qué el Madrid, que vestía de blanco como los ángeles, no lograba ganar la Copa de Europa, pero ellos nunca respondían a estos asuntos cruciales. Lo suyo era hablarte de profetas babilónicos que desbarraban, de cadáveres sagrados que se transustanciaban en obleas, de diablillos que te pinchaban en la polla con el tridente (ellos decían "ahí") si te masturbabas.




            En Un tipo serio, Dios no le habla directamente a Larry Gopnik, y tampoco le habla a través de sus exégetas autorizados. Su vida ya no parece responder a un plan divino, a un camino trazado por la infinita sabiduría. Ahora es el puro azar, la pura mala suerte, la que sopla las velas y lleva su vida hacia las rocas del acantilado. Resuena, atronador, y lúgubre, el silencio de Dios, ése que tanto asustaba a Ingmar Bergman en la otra orilla del Atlántico. Pero esta es, no nos olvidemos, una película de los hermanos Coen, y en ellas casi nada es lo que parece. Cuando crees que vas comprendiendo la significación oculta de sus enredos, ellos introducen un giro, un personaje, una contradicción, que te obliga a dudar nuevamente. "Recibe con simpleza todo lo que te ocurre". Con esta cita rabínica comienza la película. Es un consejo privado que le envían a Larry Gopnik, y también al espectador listillo que se rasque demasiado la cabeza. Acepta lo que venga. Cuando crees que los Coen te están tomando por un espectador inteligente, introducen una merluza y se ríen de ti a la puta cara. Juegan contigo como gatos siameses con un ratón. Cada vez que sacas la cabeza con orgullo, te arrean un mazazo para que vuelvas a esconderla. Son tan inteligentes como odiosos, tan adictivos como irritantes. En otras películas me sonrío y recibo los cachetes con ironía. Son como mis hermanos mayores, inteligentes y viajados, y aprendo sus lecciones con humildad. En Un tipo serio, sin embargo, mi identificación con el personaje principal es instantánea y profunda, pues ambos compartimos un físico y una circunstancia, una profesión y una tormenta, y me fastidia casi tanto como a él no encontrar las respuestas. Si a Larry no le habla Hassem, a mí no me hablan los dioses paganos. Ambos llamamos al mismo cielo por dos puertas diferentes, como en algunas consultas de los psiquiatras. Pero nadie responde allí dentro. Será que no vive nadie, o que ahora están ocupados. O que están guardándose su respuesta para el último momento, en forma de enfermedad mortal, o de tornado que arrasará a los habitantes de Sodoma...


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