No. El plebiscito de Pinochet

En 1988, un dictador chileno de cuyo nombre no quiero acordarme se sometió al veredicto de las urnas para concederse unos años más de poder. ¿Un gesto democrático de quien había asesinado a los demócratas verdaderos? Por supuesto que no. El innombrable del bigote era un megalómano convencido de su misión mesiánica. ¿Qué tendrán los bigotes, chilenos o españoles, soviéticos o teutones, que a todos los chalados confieren el convencimiento de un alto destino?

    NO es la película chilena que cuenta los intríngulis de aquella campaña electoral. De cómo los enemigos del orden, alumbrados sin duda por una mente perversa, contrataron a un publicista que les llevó por el buen camino de la propaganda. Un profesional del asunto que supo diferenciar el contenido del continente, la letra de la música. Nada de denuncias, de testimonios llorosos, de retratos conmovedores en blanco y negro. Alegría y desparpajo, juventud y soniquetes. Si alguien vive en el secreto de que la gente es básicamente estúpida y poco analítica, ése es el sociólogo, el demógrafo, el estadístico. Y el publicista, claro, que vive de aprovechar esa estupidez esencial para colocar sus productos.




    Saavedra, el personaje de NO, inspirado lejanamente en el protagonista real de la historia, sabía que la gente, el pueblo llano, el votante robótico, tenía más miedo que vergüenza, más desmemoria que corazón. Enfrentado a la tesitura de hacer justicia a los represaliados, o de comprarse un televisor aún más grande para el salón, el chileno medio se iba a quedar con la tele. Ellos, las gentes de bien, no tenían la culpa de los desmanes, y además ahora se vivía mucho mejor, con más paz en las calles y menos hippies fumando porros. René Saavedra sabía que a ese votante había que pintarle la utopía de la democracia con vívidos colores y músicas pegadizas. Y tías buenas enseñando el escote. Convencerle de que más allá de Pinochet existía un mundo donde las rubias anglosajonas meneaban las tetas y zarandeaban el culo. Donde no llegaba la pedagogía ni el pensamiento crítico tenía que llegar el engaño. No había que razonar con el votante: había que embaucarle como a un niño tonto. Dejado a su libre albedrío no iba a distinguir a un demócrata clandestino de un torturador vestido de civil. Había que guiarle con una estrategia primaria y sencilla. Alcanzar el fin honroso del NO con el medio deleznable de la publicidad.



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