Coriolanus

Cuenta la Wikipedia que Cayo Marcio Coriolano fue un general romano de los tiempos de la República, insigne triunfador de la guerra contra los volscos, héroe trágico del destino que para él escribieron los dioses jupiterinos. Dos mil años más tarde, William Shakespeare echó mano de sus andanzas para escribir una de sus tragedias menos conocidas, Coriolano, que versa sobre los temas eternos del deber, de la patria, de la nobleza de sangre. Ralph Fiennes, que para los jovencitos siempre será el Lord Voldemort de Harry Pottter, y para los maduritos el Amon Götz de La lista de Schindler, ha elegido este clásico de las letras inglesas para hacer una película insólita, arriesgada, con políticos y soldados instalados en el siglo XXI que recitan al dedillo los diálogos y las soflamas de Shakespeare. "Morirá atravesado por mi espada", claman mientras empuñan un rifle de asalto. "Galoparé con mis huestes hacia Roma", gritan mientras se suben al tanque blindado y dan la orden de avanzar. Cosas así. Hay un parlamento que hace de Senado, dos diputados que hacen de tribunos, una televisión que hace de fiel escribano... Son asincronías curiosas que no molestan en absoluto. Es más: hacen de Coriolanus, que así se titula el invento, una película difícil de abandonar, y de olvidar.


           

 
            Y eso que uno, en este otoño de la edad, en esta caída de las neuronas que es como la caída de las hojas, no se ha coscado de buena parte de los discursos. Los espectadores no habituados al teatro necesitamos textos breves y masticados, como polluelos alimentados por su madre. Nos hemos malacostumbrado al cine vertiginoso, a la comedia chispeante, a la trama que avanza y no se detiene. Somos súbditos del imperio, fumadores de la prisa, intelectuales del chichinabo. A la que un personaje empieza a declamar en verso sobre el honor y la gloria, sobre la estirpe y la morcilla, uno, en la cuarta línea, ya no sabe si el protagonista trama un pacto o una traición, una rendición o una valentía. Y mucho menos cuando Jessica Chastain, que aquí hace de mujer florero, aparece en segundo plano sosteniendo la belleza mayestática de una patricia de alta cuna. Aunque Jessica no diga nada, y se limite a mirar a su marido entre lágrimas y suspiros, mis ojos se quedan colgados en ella y arrastran consigo al resto de los sentidos, que se olvidan de sus obligacione,s y le dedican una adoración plena, como pastorcillos al Niño Dios en el portal de Belén. ¡Qué coño me importa a mí el futuro de Roma y el destino de Coriolano cuando mi corazón se detiene y lo único que ansío es el amor correspondido!


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