Headhunters

Cuando aposento mis reales para ver una película rodada en Escandinavia, tengo la esperanza de ver, además de un buen entretenimiento, una sociedad que funciona mejor que esta nuestra de la triste Iberia. Me encanta el paisaje urbano de las ciudades nórdicas, envueltas en la niebla. Los autobuses siempre llegan a su hora, y las gentes pedalean por carriles bici interminables y despejados. En las cafeterías reina el silencio de los televisores apagados, de las conversaciones sostenidas a media voz. Casi puedes oír el roce de las páginas del periódico, de la crepitación del azúcar derritiéndose en la crema. 
         Luego, cuando las peripecias argumentales nos trasladan a los verdes campos, uno descubre que hasta las vacas escandinavas son más civilizadas que las nuestras, pues todas cagan en el sitio que tienen asignado dentro de los establos pintados de colorines. El Paraíso no estaba ubicado en Mesopotamia, como se nos cuenta en la Biblia, tan errática en los asuntos históricos como en los geográficos. Entre el Tigris y el Éufrates el sol te cuece las ideas, y la arena del desierto se te cuela por la nariz. 





            No. Los teólogos heterodoxos saben que el verdadero Edén estaba situado en Europa, hacia el norte, en la tierra de los bárbaros. Adán era un chicarrón del norte que construía cabañas de madera y Eva una rubiaza que quitaba el hipo y derretía los hielos con su desnudez. Esta Eva nórdica, la verdadera, la fetén, debía de parecerse mucho a la mujeraza que actúa en la película noruega Headhunters. De esta valquiria sólo sabemos que se llama Synnøve Macody Lund, y que mide un metro ochenta y tres de altura. Y que es una mujer de padre y muy señor mío. El resto de su biografía permanece oculta entre las nieblas de las tierras vikingas. Es como si Synnøve saliera de la taiga ancestral sólo para rodar sus escenas y luego regresara a lo frondoso, mujer misteriosa, quizá semidiosa, Asynjur de los bosques. 
             Synnøve es tan hermosa, tan apabullante, tan inadjetivable, que sólo haría el ridículo tratando de describirla. El diccionario del castellano se queda muy corto en estos casos. Cesen aquí, pues, mis escrituras. Porque no hay, tampoco, gran cosa que contar sobre Headhunters. Y mucho menos cuando Synnøve no está. Ladrones simpáticos que roban obras de arte y ejecutivos desalmados que anteponen los fines a los medios. Un thriller posmoderno que alterna la gracia con el gore, la intriga con las vísceras. Un entretenimiento notable en el que, ay, nada se nos deja ver de Oslo y su avanzada sociedad, pues la trama transcurre en el interior de sofisticados hogares y modernísimas oficinas. Ni siquiera eso, la envidia de un país mejor organizado, nos ha dejado Headhunters.


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