Érase una vez en Anatolia

Hasta el día de hoy, mi único contacto cinéfilo con la lejana Turquía eran las películas de Fatih Akin, que ni siquiera es turco, sino alemán, y rueda sus películas en su Teutonia natal. Sus personajes, que también son descendientes de turcos, cruzan  de vez en cuando el Bósforo para reencontrarse con la familia, o saldar viejas cuentas con el pasado, y uno aprovecha para conocer idiosincrasias de esos vecinos europeos del último piso, y de la última costa. 



            Por lo demás, Turquía es un país básicamente ignoto del que hemos ido aprendiendo los rudimentos gracias a ese programa educativo que es Españoles por el mundo. Escuchando a los intrépidos compatriotas que fueron allí persiguiendo el trabajo o la pasión turca, conocemos el Gran Bazar como si fuera el mercadillo de nuestro pueblo, la mezquita de Santa Sofía con más detalle que la catedral de nuestra propia ciudad, a la que nunca entramos por no bailarle el agua a los curas. Sabemos, además, por los libros de historia, que los turcos fueron aguerridos enemigos en Lepanto, que asolaron el mar Mediterráneo con su flota poderosa, que construyeron un Imperio Otomano que duró siglos y subyugó a decenas de pueblos limítrofes. Ellos provocaron la muerte de Elisabeta de Valaquia y la conversión en Drácula de Vlad el Empalador. Los turcos son un pueblo rocoso, corajudo, siempre envuelto en alguna contienda o en algún lío de fronteras, ya desde la Guerra de Troya. Turquía es el espejo de media luna que nos devuelve una imagen reflejada desde el otro lado del mar. Celtíberos y turcomanos: hasta la fisonomía de nuestros cuerpos nos delata como pueblos emparentados, morenos y toscos, más bien bajos y pilosos. Lepanto fue una batalla sangrienta, pero también un principio de hermanamiento.


 
            Hay que decir, de todos modos, que nuestro conocimiento general de Turquía se limita a lo que sucede en Estambul y alrededores. De lo que ocurre en el resto de Anatolia sólo nos llegan los hallazgos arqueológicos, y los conflictos étnicos con los kurdos. Las pequeñas ciudades de Turquía y su mundo agropecuario son mundos secretos que sólo se atisban desde Google Earth, como una adivinanza etnográfica y económica vista desde las nubes. Es por eso que uno, cuando escuchó el título de esta afamada película, Érase una vez en Anatolia, decidió reservarle un horario de prime time en la programación semanal de las películas. Resultó ser una película extraña, hermética, tan árida y pedregosa como el paisaje de los montes donde se masca la tragedia. El asesinato de un lugareño y la búsqueda interminable de su cuerpo son los mcguffins, somnolientos y estirados, de los que se sirve este director, Nuri Bilge Ceylan, para contarnos que esta mierda de crisis es más o menos la misma en todo el Mediterráneo. Hablamos de la crisis económica, por supuesto, que obliga a policías y forenses a trabajar con unos medios técnicos irrisorios, a cambio de unos sueldos que se presumen, por lo que se desliza en los diálogos, casi de subsistencia. Y hablamos también, cómo no, de la otra crisis, la primordial y más sangrante: la existencial de las almas, que es la misma en todo el mundo, e igual de deprimente cuando se cumplen los cuarenta años. Érase una vez en Anatolia viene a ser, despojada de la trama criminal y de las cuitas de los policías, la constatación de que los cuarentones turcos, como los cuarentones españoles, también viven instalados en la tristeza, demasiado mayores para las jóvenes hermosas, cínicos incurables de su propio oficio, malheridos por las primeros achaques que ya nunca se irán... 
          He viajado a la Turquía profunda para resolver un crimen y hacer un poco de culturilla, y sin embargo he vuelto a encontrarme conmigo mismo. No tengo escapatoria posible.  Soy un sabueso de mí propia pista. Ni siquiera allí, entre las montañas agrestes de Anatolia, he logrado olvidar esta pertinaz melancolía, este hartazgo dolorido de mí mismo...



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