El gran salto

Liderando la clasificación de mis pecados veniales, de mis películas inconfesables, figura la quinta película de los hermanos Coen, El gran salto, que yo tengo, en opinión reafirmada esta misma noche, por un cuento modélico y una comedia imprescindible. Sin embargo, el gran público, y la gran crítica, consideran que es un entretenimiento menor y una locura pasajera. Quien esto lea pensará que se me ha ido la pinza definitivamente, o que la distribuidora del DVD me paga por hacer un poco de publicidad. Qué más quisiera yo, en cualquier de los dos casos: volverme loco del todo y abandonar para siempre estas responsabilidades que me abruman, o pagarme los cafés y las coca-colas con los cuatro chavos que me ingresarían en la cuenta corriente. Con El gran salto me surge una simpatía instantánea e inevitable. Una conexión especial con gustos que viven muy arraigados en el cerebro. Un amor a primera vista que se ha venido conmigo a través de los años, y ya vamos para veinte de matrimonio ejemplar. Ningún silencio de las filmotecas, ningún contubernio de los cinéfilos, me hará cambiar de parecer. En esta batalla estoy solo contra el mundo, dentro de un hula hoop.



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