Días de pesca en Patagonia

Nos gustan las grandes series porque de sus personajes, si nos interesan, si nos seducen, terminamos sabiéndolo casi todo. En ese dilatado viaje por sus intimidades encontramos el placer de las marujas, la sabiduría de los psicólogos. A veces nos topamos con un reflejo casi exacto de nuestras personalidades, y aunque la desconfianza de vernos desnudos nos paraliza de terror, o de ridículo, al final se impone el mandato socrático de conocerse a uno mismo. Disponemos, para llevar a cabo tan alta tarea,  de innumerables capítulos en los que ir hurgando en nuestras despensas y en nuestros trasteros.
            Si las series son las novelas por fascículos de nuestro tiempo, las películas de Carlos Sorín son el cuento corto que entretiene un desvelo, el poemario escueto que nos resuelve una tarde de lluvia. Él hace películas cortas, mínimas, de personajes que provienen de una bruma y se dirigen hacia un futuro indefinido. Nosotros les sorprendemos en un paréntesis de la vida, a veces decisivo, a veces anecdótico. Hablamos con ellos el tiempo que duran dos cafés y una sobremesa, y luego nos despedimos con un hasta siempre, como viajeros que se conocen en un bar de carretera, o enfermos que comparten habitación en un hospital. Nos basta, sin embargo, con ese ratejo de compañía, con esa puñado de medias verdades y medias mentiras, para intuirlos a fondo, para saber de qué pie cojean y de qué otro pie bailan la vida. Pero no es que seamos muy inteligentes: es que Carlos Sorín (¿o era Sorin?) sabe muy bien lo que ha de mostrarnos y lo que no. Él sugiere, desliza, enseña la patita de sus personajes. El resto lo pone nuestra intuición. Sorín, o Sorin, nos trata como a personas inteligentes, y uno se siente reconfortado.




            Días de pesca es el reencuentro de Carlos Sorín con la Patagonia. Uno ya echaba de menos esos paisajes que parecen lunares o marcianos. Me sentía como en casa, en las primeras películas de este ciclo, pero luego me vi perdido, trasladado a la selva, o confinado en Buenos Aires. El primer plano de Días de pesca me anuncia que he vuelto al hogar. Me invade una sonrisa de satisfacción, el presentimiento certero de que estoy, de nuevo, ante una gran película de Sorín, o de Sorin. Relajo los músculos, acomodo el trasero y me dejo llevar. Los personajes hablan poco y despacio; la música subraya las emociones con línea muy fina. Son los sonidos del mar y del viento los que se imponen en la banda sonora. Los personajes viven silenciados por la naturaleza. Abrumados por la Patagonia se sienten mínimos y frágiles. En otros parajes, protegidos por los árboles, por los edificios, por las montañas, pueden olvidarse de su propia intrascendencia. Todo parece más importante en los entornos cerrados y concurridos. En la Patagonia sólo se ve el horizonte, la llanura, el mar. No hay escondites ni recovecos. Uno es exactamente lo que parece, y se le ve venir desde muy lejos.  De nada vale fingir. Hay que tomarse las cosas con calma. Asumirse antes de que nos asuman los demás, para ir con la cabeza bien alta.


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