La ventana. ¿Argentinos? No, no. Suecos.

Yo juraría que los actores de La ventana no son argentinos, sino suecos, y que ésta no es una película de Carlos Sorin, sino de Ingmar Bergman. Me han dado gato nórdico por liebre argentina. Rodada en interiores, el único campo que transita nuestro protagonista lo mismo podría pertenecer a la Pampa que a los alrededores de Malmö. De hecho, a mí este prado sin segar, con las vacas y las florecillas, el anciano y sus recuerdos, me suena mucho a Fresas Salvajes, a crepúsculos al raso donde los personajes filosofaban sobre la muerte o recordaban melancólicos la primera teta que palparon.



            Para no repetirse, Carlos Sorin ha ido a caer en el homenaje que menos le apetecía a uno. Acabé tan cansado de las películas de Bergman, en aquel ciclo de hace unos meses que casi me costó la cinefilia y la cordura, que me quedé de piedra cuando me descubrí de nuevo en la habitación descarnada donde yace un moribundo, rodeado de tictacs del reloj, de silencios espesos de las criadas. Otra vez en Gritos y susurros...  Hay planos, incluso, que parecen sacados de las películas de Dreyer (¡horror!), con esos haces de luz que entran por la ventana e iluminan el lecho donde la vida y la muerte juegan su partida de ajedrez, su pulso decisivo sobre la existencia. Muy escandinavo todo. Silencioso y tétrico. Estimulante, a veces, cuando a uno le da por pensar en su propia muerte, rodeado de quién, reposando dónde, imaginando qué cosas... Pero muy aburrido, en general, porque uno venía preparado para la cháchara de los argentinos, para el fútbol y el mate, el boludo y el pibe, y se ha visto, de pronto, en un error imperdonable de los servicios aeroportuarios, subido en un avión que despegaba rumbo a Goteborg, sin diccionario de sueco ni ropa de abrigo.


            A mi lado, para el remate final, para el colmo de Estocolmo, viajaba una actriz bellísima y rubia que se llama Carla Peterson, famosísima en la Argentina, hija de padre sueco, vikinga por medio costado, musa bergmaniana que hace el papel de la nuera medio pija y medio gilipollas. Me habría enamorado de ella si los bostezos, el cansancio, la decepción de la medianoche, no me hubiesen quitado las ganas de todo. Incluso Max, mi antropoide, roncaba de lo lindo allá en la negrura de lo sexual...           


No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com