Oldboy

Oldboy es la segunda película de Park Chan Wook -¿o era Chan Wook Park?- dedicada al tema de la venganza sanguinolenta. Seguimos con los cuchillos, con los punzones, con los trozos de cristal incluso, que ponen los suelos y los gotelés perdidos de hemoglobina coreana, al parecer más profusa que la nuestra, como más viva, como más alegre en su escabullir. Allí se ganan el sueldo con creces, las señoras de la limpieza. Me río yo de los empleados municipales que limpian la Tomatina de Buñol... Allí les quisiera ver, en el muy extremo Oriente, limpiando una matanza de estas, que ni sabes por dónde empezar, con la sangre, los sesos, los escupitajos que los combatientes se intercambian antes de la pelea, como capitanes del fútbol regalándose los banderines.



            Si Sympathy For Mr. Vengeance aún poseía visos de verosimilitud, Oldboy ya es directamente una historia delirante, una tragedia griega escrita por el ateniense borrachín Park Chan Wookopulos, que hace dos mil años se perdió en una tormenta y desembarcó con su birreme en Seúl para fundar una colonia jónica. O corintia, no sé. Oldboy no llega a los enredos hiperbólicos de los culebrones sudamericanos, pero casi. No parece, sin embargo, que a su director le importe mucho esta cuestión. Lo suyo es la fuerza de las imágenes, la explosión de las violencias, el colorido oscuro y sucio de las almas que se retuercen. El guión que le suministran casi parece una excusa: un lienzo en blanco donde poder soltar los brochazos poderosos, y dibujar, de vez en cuando, a fino pincel, la belleza alabastrina de estas actrices coreanas que elige con tanto gusto: tan hermosas, tan pequeñas, tan frágiles, como maniquíes de una casa de muñecas. Como florecillas de la primavera. 







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