Martha Marcy May Marlene

El título de la película es Martha Marcy May Marlene. Cuatro nombres distintos que corresponden a la misma mujer: Martha es el real; Marcy el del bautismo; May, el del bautismo en la secta; y Marlene, el pseudónimo con el que esta chica desgraciada habrá de responder al teléfono allá en la comuna, para que nadie pueda identificarla y liberarla. Cuatro identidades distintas y ninguna, realmente, verdadera. Y una quinta, si me apuran, la real que vive a este lado de las pantallas: la eficaz y bellísíma Elizabeth Olsen.



            Haneke ha encontrado un alumno aventajado en este joven director de las Américas, Sean Durkin. Lo que ocurre en esa granja donde las mujeres trabajan y los hombres se acuestan con ellas al anochecer, tiene el aura enfermiza y podrida de La cinta blanca; la casa del lago donde Martha es acogida por su hermana bien podría ser la casa de Funny Games, con su bosque, su embarcadero, su vecindario siempre citado pero jamás visto. Incluso el final, ambiguo, puñetero, de los que te obligan a rebobinar la grabación y luego a comprobar tu teoría en los foros, remite a ese final antológico, sutil, muy exigente con las mentes poco flexibles como la mía, de Caché. Sean Durkin ha tomado buena nota del maestro. O quizá no sabe quién es Haneke, pero ha cultivado una mirada igual de extraña sobre la gente, a miles de kilómetros, y con un océano de por medio. Sea como sea ya tiene el estilo. Y la barba. Y unas gafas. Y hasta la pose, si me apuran, en alguna de sus fotografías.



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