Arma fatal

Arma fatal es la antepenúltima gamberrada del trío británico Wright, Pegg & Frost, que, recitados así, parecen los abogados de un prestigioso bufete de la City londinense, pero que son, en realidad, un grupo de cuarentones que se dedican a esto del cine, actores y directores, coguionistas y amiguetes, especialistas en parodiar los géneros que marcaron a los espectadores de su generación, que es también, ay, aunque me cueste reconocerlo, y viva casi siempre en la fantasía de los veintitantos, la mía.
            Arma fatal es la descojonación del subgénero de las buddy movies, esas películas en las que una pareja de policías, a menudo incompatibles, uno sereno y ceñido a la norma, otro medio loco y de gatillo muy suelto, se ven obligados a limar sus diferencias para hacer frente al crimen que asola la ciudad, casi siempre narcotraficantes mexicanos, o zumbados islamistas, o excomunistas tarados. No es casualidad que Arma fatal suene tan parecido a Arma letal, aunque se hayan pasado por el forro el significado del título original, Hot Fuzz, algo así como Pelusa Caliente, un juego de palabras que, la verdad, después de haber visto la película, tampoco se entiende muy bien. Son las limitaciones de este “nivel medio” de inglés que discurre por mi intelecto.



            La primera parte de Arma letal es una sátira sobre la vida pacífica que reina en esos pueblos de la campiña británica, pueblos que uno, en su pereza, en su vida sedentaria de cinéfilo, jamás ha visitado en persona, pero sí en espíritu, sobrevolando el paisaje y aterrizando en él gracias al milagro de las cámaras que graban, y de los vídeos que reproducen. Se nota que Wright, Pegg & Frost saben de lo que hablan, de la hipocresía rural, del cerrilismo chovinista, de la rivalidad ancestral entre los villorrios, aunque a veces, a los habitantes del Mediterráneo, se nos escapen los dobles sentidos y las finísimas ironías  ceñidas al terreno. Pero son matices sin importancia. La mentalidad de los rústicos viene a ser la misma en todo el occidente cristiano, y el trío de abogados se mueve en los mismos registros de José Mota o de los chicarrones de Muchachada Nui, aunque los separen miles de kilómetros, y lluvias pertinaces de dos dígitos por metro cuadrado.



         Es una primera hora de cine desenvuelto, inteligente, que va repartiendo galletas a diestro y siniestro con un ritmo endiablado y una gracia ejemplar. Pero luego, en la parodia ya estricta de las buddy movies, nuestros amigos se despiden de nuestro guateque cuarentón y se pasan a la fiesta de los vecinos del quinto, los adolescentes sin horarios, estroboscópicos y frenéticos, donde ya reina el mamporro y el tiroteo, la persecución y la gansada. A los púberes que vivimos disfrazados de adultos también nos gusta mucho esta parte de acción pura, y de pura parodia, pero aceptarlo nos crea un conflicto moral, una incomodidad picante en el culo, y mientras sonreímos contenemos el gozo, y mientras aplaudimos frenamos las manos, como si alguien, que somos nosotros mismos, nos estuviera vigilando con una cámara adosada al techo, y nos reprendiera con el dedo desde su oscuro cubículo.



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