The flight

En las fantasías sexuales de todo hombre reinan dos categorías de mujeres: las actrices porno y las gimnastas. Estas últimas, por supuesto, cuando llegan a la edad legal de participar en nuestros sueños... De las actrices porno uno se imagina la desinhibición, la experiencia, el amor condimentado con la más perversa de las lujurias. De las gimnastas uno fantasea con la flexibilidad, con la variedad, con el cómic del kamasutra trasladado a la vida real de la carne. También están, en nuestras sábanas de aire, como sílfides nacidas en los tiempos modernos de la medicina, las fisioterapeutas, que no son ni masajistas ni enfermeras, sino semidiosas que aprendieron el secreto del placer corporal y ahora se lo regalan a los clientes de pago, y a los amantes muy guapos y muy escogidos.



            Cuento esto porque hoy, en El vuelo, cuando uno ya estaba a punto de morirse de envidia, el protagonista deja escapar de su regazo a una exactriz porno que le quiere, que lo idolatra, que lo tiene por el hombre que habrá de sacarla del submundo de las felaciones sin amor, una mujer que posee los rasgos infinitamente bellos de Kelly Reilly, esta actriz desconocida que ahora ya tiene fecha fija en mi laico santoral. Whip, que así se llama el tonto del haba, es un irresponsable de tomo y lomo que pilota los aviones con la mitad del cerebro bañada en alcohol y la otra mitad encendida de cocaína. Y no sólo los aviones, sino su vida misma, y sus amoríos varios, que son muchos gracias a que porta el jeto y la prestancia de Denzel Washington, el actor negro que incluso las pijas más racistas de Nuevas Generaciones idolatran en la intimidad de sus alcobas. 



            Uno, que en el fondo es un alma cándida, y un espectador de fácil contentar, se va tragando las piruetas cada vez más imposibles del guión, como un niño embobado con los volatines de los acróbatas. Es viernes por la noche, la película es de pago, y uno no está para ponerle peros al mejor momento de la semana, cuando ya se evapora el sudor bíblico en la frente, y germina en los relojes la promesa de las horas vacías, de las películas sin pausa, del fútbol que no cesa. Pero llega el momento de la ruptura con Kelly Reilly, del desamor, del abandono inexplicable de esa mujeraza de los labios esponjosos y la mirada de vértigo, y uno, que vivía en la magia reposada del sofá, despierta de nuevo a la vida como si le hubieran arreado un bofetón. No hay guión que resista un desliz así, ni un espectador masculino que lo perdone. Se acabo The Flight, la ficción, la hora fantástica del viernes... A tomar por el culo todo. De nuevo la realidad bochornosa del salón, de la vida mísera, del corto paréntesis del trabajo. Muchas gracias, Zemeckis, and company.



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