Dos chicas de hoy

Uno es, en el fondo, pese a todo lo que rajo de las películas, un cinéfilo poco exigente. Llegan las diez de la noche y mi culo, en un milagro cotidiano del que no suelo presumir, se transustancia de carne en plomo, y arrastrado por él me quedo anclado en el sofá viendo casi cualquier cosa. Y mucho más que el culo, convertido en platino, o en iridio, me pesa el dedo índice de la mano derecha, el órgano al que confío mi felicidad en el momento culminante de la jornada, por encima del cerebro, o del corazón incluso, que a esas horas ya no están para decidir nada, fatigados y bostezantes. Lastrado por la densidad altísima de su carne, mi dedo índice administra sus esfuerzos como si fuera un usurero de Florencia. Jamás pulsa la tecla stop si no es estrictamente necesario. A poco entretenida que resulte la película, o la serie, sólo un telefonazo urgente o una vejiga rebosante pueden movilizar la ingeniería compleja de su anatomía. 




                A veces, como hoy, en  Dos chicas de hoy (y viva la cacofonía) basta la presencia de una actriz bonita, de atractivo mesurado, para que el dedo índice repose en la entrepierna y deje que la película transcurra lánguidamente hasta el final. Me interesaba la belleza modesta, flemática, nada explosiva, de esa actriz llamada Lynda Steadman, de la que luego, en internet, descubriré una filmografía muy escueta, y una biografía evaporada en las nubes.  No me interesa gran cosa, en cambio, la aventura sentimental de estas dos treintañeras dirigidas por Mike Leigh. Uno, como ellas, también tuvo veinte años y estudió en la universidad. También conoció a gente estrafalaria que luego fue reencontrándose por la vida, cada uno en el sitio que se merecía, o que la suerte le asignó. De haber sido dos chicos  rememorando los folleteos y los alcoholismos, me hubiera sentido más cercano a sus experiencias, aunque uno, en aquellos tiempos, no follara gran cosa, y bebiera siempre mal y a destiempo. Y es que uno, por el mero hecho de ser hombre, entiende mejor a los hombres, aunque parezca una perogrullada. Compartimos un cerebro de parecida estructura, y un pene con anhelos equivalentes. Aunque nos odiemos, y nos desafiemos, y terminemos por asesinarnos, en el fondo nos reconocemos como colegas de oficio. ¿Pero las mujeres? Hace milenios que vinieron de otro planeta, aparcaron su OVNI en una cueva y se mezclaron con los cromagnones que encendían el fuego y cazaban el mamut.  Así es, al menos, como las percibimos los seres menos inteligentes. ¿Qué piensan los perros del ajetreo de sus amos? En Dos chicas de hoy hay dos mujeres protagonistas. Y hablan mucho. Y desgranan recuerdos sin parar. Demasié para mi body...


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