Oblivion

En Oblivion, como no podía ser de otro modo, Tom Cruise salva el planeta y se queda con la chica más guapa del lugar, esta Olga Kurylenko que cada vez que sale en pantalla uno ha de reprimir los golpes en el pecho, y los chillidos guturales del antropoide, como un bonobo apenas civilizado de la sabana africana, o de la estepa ucraniana donde Olga nació, si allí los hubiese.


 
         Alguno dirá: vaya, este imbécil deslenguado me ha jodido el final. Pero es que este blog, chaval, o chavala,  no es el sitio adecuado para los cinéfilos principiantes, para los incautos pardillos que todavía no saben quién es, y qué producto vende, Tom Cruise. Un tipejo de metro y medio con una egolatría que no cabría ni en cien clones que le fabricaran los extraterrestres de Oblivion. Un fulano que vende la retórica ya cansina del héroe que se enfrenta a las grandes enemigos de América, lo mismo islamistas que franceses, comunistas que alienígenas. Este blog es un lugar donde se reúnen los cuatro gatos para reírse de lo obvio, de lo simplón, de lo que hemos visto mil veces y ya nos da un poco la risa, y un mucho el fastidio. Y Oblivion, queridos míos, tiene mucho de tópico, y de tóntico, aunque salga muy entretenida con sus naves espaciales, su futuro apocalíptico, su lío de drones y clones, de morenas y pelirrojas. Oblivion es la misma hamburguesa de siempre, hipercalórica y basuril, que sólo te zampas un viernes por la noche porque estás de fiesta, y porque mi hijo -oh, sí-  ha hecho una excepción en su retiro monacal de la habitación, y se ha acercado, como antaño, al calorcillo estrecho de este sofá, perdido ya para la causa de la cinefilia habitual. Hasta que escampen las hormonas, o se le joda la PlayStation...



0

Happy, un cuento sobre la felicidad

Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy lejana llamada juventud, conocí a mujeres que se parecían mucho a esta Sally Hawkins de Happy-Go-Lucky, la película de Mike Leigh que aquí, en nuestra patria de los traductores libertarios, se tituló Happy: un cuento sobre la felicidad. En aquellos tiempos conocí a mujeres que eran risueñas, extrovertidas, que te soltaban confidencias en las fiestas, que te ponían la mano en el hombro para acompañar relato, que rompían las distancias de seguridad que separan a los simples amigos y te hacían soñar con un amor que quizá estaba naciendo en sus corazones. Pero luego, cuando reunías el valor, y dabas el primer paso, caías en el más espantoso de los ridículos. Ya era muy tarde cuando caías en la cuenta de que sus secretillos, sus sonrisitas, sus ligeros contactos físicos, eran regalos inocentes que todos los hombres recibían gratis. Demasiado tarde cuando comprendías que el gesto serio, la conversación intrascendente, las manos quietas en el regazo, eran conductas solemnes que ellas reservaban para el hombre que en verdad amaban, siempre el más guapo, el más intrépido, el más seguro de sí mismo, porque ellas eran un poco incendiarias, y un poco inconscientes, pero no tenían ni un pelo de tontas. Como esta Poppy de Londres que vuelve loco de amor a su profesor de la autoescuela. Pobre hombre. Qué inexperiencia, esta suya, y aquella mía.


0

Caída y auge de Reginald Perrin. Grot

Reginald Perrin abre su primera tienda de productos inútiles, Grot. Los primeros clientes no parecen muy entusiasmados con el nuevo concepto, y salen de allí sin comprar nada, pero este hombre que nos ocupa, que llega buscando un regalo improvisado para su cuñada, se convertirá, sin él saberlo, en el cliente fundacional de lo que será el imperio comercial de Reginald Perrin, con sucursales en Europa, y secretarias despampanantes en las oficinas.

Cliente: Buenos días
Reginald: Buenos días
Cliente:¿Todo lo de esta tienda es inútil?
Reginald: Todo, señor.
Cliente:¿Y qué fin tiene eso?
Reginald: Se vende tanta porquería hoy sin decir que lo es, que yo he decidido ser honrado.
Cliente: Ah, esa es una buena razón.
Reginald: Gracias, señor.
Cliente:¿Este vino es malo?
Reginald: Es simplemente horroroso.
Cliente: Vera usted, estoy buscando algo para la hermana de mi mujer.
Reginald:¿No simpatizan?
Cliente: Nos odiamos.
Reginald:¿Le gusta el vino?
Cliente: Sí, no hay cosa que le guste más.
Reginald: Encontrará que el vino de ortiga, a 1’25, es malo. Si quiere algo peor, el vino de nabo, a 1’45, es horrible. Pero si prueba el de col, a 1’75... ¡Es espantoso!
Cliente:¿1’75?
Reginald: Es nauseabundo, se lo prometo.
Cliente: Cuanto más malo, más caro... ¿Este es el peor de todos?
Reginald:¿Ha probado piel de lagartija mezclada con escarabajos?
Cliente: No, nunca lo he probado. ¿Tan malo es?
[Reginald descorcha una botella y se la da a oler. El cliente hace un gesto de repugnancia].
Reginald: Y es sólo el olor...
Cliente: Me ha convencido.
Reginald: Muy bien. Perfecto, señor. 1’75. Muchas gracias y que lo disfrute. 25 de cambio. Si le gusta a su cuñada, le devolveré el dinero.
Cliente: ¡Qué tienda tan rara!


0

Caída y auge de Reginald Perrin. Basura

Hace casi cuarenta años que David Nobbs, el creador y guionista de Caída y auge de Reginald Perrin, tuvo la intuición preclara del consumismo disparatado que ahora vivimos. Despedido de su trabajo, harto de la vida convencional, recientemente convertido a la fe de los misántropos, Reginald Perrin regresa al mundo de los negocios con un concepto tan cínico como revolucionario. Nunca volverá a engañar a los clientes. En su tienda sólo se anunciarán y se venderán productos innecesarios, absurdos, gilipolleces sin función que tarde o temprano irán a parar al trastero, al garaje, al rastrillo comunal. Al contenedor de la basura.

Reginald: ¡Basura!
Elizabeth: ¿De qué estás hablando?
Reginald: El nombre de nuestra tienda.
Elizabeth: ¿Cuál?
Reginald: La tienda donde venderemos basura.
Elizabeth: ¿Qué basura?
Reginald: La que venderemos en nuestra tienda.
Elizabeth: No te entiendo.
Reginald: ¡Basura!
Elizabeth: No sé de qué hablas.
Reginald: Tenías toda la razón con lo de la tienda. Fabricaremos y venderemos basura.
Elizabeth: ¿Qué quieres decir?
Reginald: Planeo fabricar cosas que no sean más que basura, que no sirvan para nada y venderlas muy caras, a gente que no le encuentre ninguna utilidad.
Elizabeth: Basta de hacer el tonto.
Reginald: Lo digo en serio
Elizabeth: Me dijiste que cambiarías, que serías otro.
Reginald: Lo dije y lo soy, cariño. ¿Qué quieres que haga? He sido convencional durante 25 años de mi vida. ¿Crees que después de todo lo que hemos pasado seremos convencionales? ¿Qué quieres que haga? ¿Horquillas para el cabello? Mi epitafio: "Aquí yace Reginald Perrin. Hizo 700 trillones 659 billones 747 millones 538 mil horquillas. Y todas eran exactamente iguales".
Elizabeth: Pero basura... Se darán cuenta de que es basura.
Reginald: Pero por lo menos lo sabrán. No los engañaremos. Pondremos: "Todo lo que se vende en esta tienda es inútil". Nuevo concepto de ventas.
Elizabeth: Reggie...
Reginald: Vamos, cariño, será divertido. Le daremos al mundo lo que se merece.




0

Sympathy for Lady Vengeance

Con Sympathy for Lady Vengeance termina la llamada Trilogía de la Venganza del director coreano Park Chan Wook (¿o era Wook Park Chan?). En esta tercera entrega, para introducir una variante que nos libre del tedio, será una mujer la que vengue sus trece años de cárcel por un delito que no cometió. Este personaje femenino, al igual que los protagonistas anteriores, también maneja con soltura los cuchillos y los puñales, pero sólo en ocasiones especiales. Nada que ver con sus antecesores en el cargo, que cercenaban venas y arterias a troche y moche, y siempre acababan llevando las ropas ensangrentadas a la lavandería. Como era de esperar, la venganza de Lady Vengeance es mucho más sutil y sofisticada que una morcillada de sangre coreana. Antes del destrozo físico de su víctima, ella planeará cuidadosamente su destrozo moral. Puestas a cobrarse justicia, las mujeres son seres terribles, diseñadoras pacientes, y ejecutoras implacables. Como decía Álex de la Iglesia el otro día, " las mujeres son cada vez más malas, más perversas y más inteligentes". 

             Mientras veía la película, he recordado aquellas palabras que pronunciaba un personaje de La carta esférica, la novela de Pérez Reverte, y que aquí transcribo:

             "Imagínate un reloj... Un reloj que sea preciso detener. Tú y yo lo pararíamos como cualquier hombre: dándole martillazos. La mujer no. Cuando tiene la oportunidad, lo que hace es desmontarte pieza a pieza. Sacarlo todo a la luz, de modo que nadie vuelva a ser capaz de recomponerlo. Que no vuelva a dar la hora jamás... Por Dios. Las he visto... Sí. Desmontan para siempre el mecanismo de hombres hechos y derechos con un gesto, una mirada o una simple palabra [...] Ellas te matan y sigues andando y no sabes que estás muerto".
          


            







0

El artista y la modelo, ¡otra vez!

Hay veces que en la vida del cinéfilo se producen casualidades extrañas, convergencias inesperadas. Días de la marmota en los que uno cree revivir la aventura imposible de Bill Murray. Si hace cuarenta y ocho horas, en la intimidad de mi salón, Michel Piccoli pintaba la sagrada desnudez de Emmanuelle Béart mientras su personaje se quejaba de las limitaciones de su arte, hoy, en los canales de pago, me topo a Jean Rochefort dibujando la desnudez de Aida Folch en El artista y la modelo, encarnando a un escultor que también se lamenta de su carencia de genio, de la distancia insalvable que lo separa de los grandes maestros. Ambos artistas son franceses, viven en el campo, conviven con esposas que hace años ejercieron de modelos para sus tejemanejes. Los dos desayunan pan crujiente mojado con aceite de oliva. Los dos son sabios, cínicos, viven en un retiro espiritual alejado de la gente, y cercano de los médicos. Los dos buscan su última obra, la maestra a poder ser, que quieren legar al mundo antes de retirarse, a vegetar, o a morir. Los dos viven en la pitopausia, en el deseo amortajado, en el escarceo último de su libido.




            Las jovenzuelas que les sirven de modelos, Emmanuelle y Aida, son dos chicas de pasado oscuro, alocadas y perdidas, que se desnudaron ante el artista en cuerpo y alma, y que gracias a ello, como si recibieran un bautismo de arte y filosofía, terminaron por encontrarse a sí mismas. Emmanuelle, puestos a escoger, es sin duda la más bella. Lo digo yo, y también lo dice el espejito mágico. Primero porque su película es de colorines, y en ella su piel reluce de rosa y blanco, de luz y cavernas. Aida Folch, la pobre, combate con las pobres armas del blanco y negro, que a Trueba le sale muy bello, muy histórico, muy de homenaje a los grandes clásicos, pero que nos hurta la luz del Pirineo, el verde de los valles, el alabastro de su hispánica musa. Emmanuelle, además, es francesa, y eso, por sí mismo, ya es un valor añadido, una distinción incuestionable, porque las actrices españolas, por muy francesas que se nos pongan, por muy descocadas y muy naturales que se nos despeloten ante la cámara, como Norma Duval conquistando el Folies Bergère, siempre tienen un algo celtibérico que les impide flotar como semidiosas. Arrastran en sus carnes las penurias de los siglos pasados. Las preceden muchas generaciones que pasaron hambre y necesidad, y eso ha dejado una marca en las pieles, en los ceños, en el brillo nunca límpido de los ojos. Ellas son, ay, incluso las más guapas, mujeres mortales. Las beldades francesas son otra cosa: símbolos, cánones, quintaesencias. Espíritu, más que carne.


0

Martha Marcy May Marlene

El título de la película es Martha Marcy May Marlene. Cuatro nombres distintos que corresponden a la misma mujer: Martha es el real; Marcy el del bautismo; May, el del bautismo en la secta; y Marlene, el pseudónimo con el que esta chica desgraciada habrá de responder al teléfono allá en la comuna, para que nadie pueda identificarla y liberarla. Cuatro identidades distintas y ninguna, realmente, verdadera. Y una quinta, si me apuran, la real que vive a este lado de las pantallas: la eficaz y bellísíma Elizabeth Olsen.



            Haneke ha encontrado un alumno aventajado en este joven director de las Américas, Sean Durkin. Lo que ocurre en esa granja donde las mujeres trabajan y los hombres se acuestan con ellas al anochecer, tiene el aura enfermiza y podrida de La cinta blanca; la casa del lago donde Martha es acogida por su hermana bien podría ser la casa de Funny Games, con su bosque, su embarcadero, su vecindario siempre citado pero jamás visto. Incluso el final, ambiguo, puñetero, de los que te obligan a rebobinar la grabación y luego a comprobar tu teoría en los foros, remite a ese final antológico, sutil, muy exigente con las mentes poco flexibles como la mía, de Caché. Sean Durkin ha tomado buena nota del maestro. O quizá no sabe quién es Haneke, pero ha cultivado una mirada igual de extraña sobre la gente, a miles de kilómetros, y con un océano de por medio. Sea como sea ya tiene el estilo. Y la barba. Y unas gafas. Y hasta la pose, si me apuran, en alguna de sus fotografías.



0

La bella mentirosa

A ustedes que me siguen habitualmente, y a ustedes que han caído aquí por casualidad, buscando lujurias y cuchipandas, no voy a mentirles: me he plantado ante la La bella mentirosa con la única intención de admirar la desnudez integral de Emmanuelle Béart. En el cielo de los católicos que yo nunca llegaré a pisar, pues soy pecador reincidente de férreas costumbres, todas las mujeres son como ella, Emmanuelle, la enviada de Dios, para que todos los hombres alcancemos la Gloria que estaba prometida en las Escrituras. Lo otro sería un Cielo de segunda división, una estafa inmobiliaria que prometía el Paraíso a cambio de la virtud y luego entregó un jardín agostado, de vecindario muy poco escogido, con mujeres de andar por casa, fauna cotidiana de la aldea y del municipio.


            

              Reza así, la vieja recomendación que en su día escribió un crítico sobre La bella mentirosa, y que yo tomé como la promesa de una larguísima noche de pasión: 

         “Existen dos versiones: la de 244 minutos resulta un tanto larga, la de 125 minutos es fascinante. Destaca la habilidad de la relación entre Béart -que aparece desnuda gran parte del film- y un sobrio Piccoli” 

            Y pensé, arrebatado por la pasión: si Emmanuelle sale tanto rato desnuda, digo yo que será mejor la versión larga que la corta, aunque haya que bostezar de vez en cuando, y soltar alguna maldición entre dientes. Lo que nadie escribió allá por 1991 es que Emmanuelle iba a tardar más de una hora en abrirse la bata ante el pintor viejuno que la retrata, y dejarnos, al fin, con la boca abierta, y la curiosidad satisfecha. 1 hora, 11 minutos, 31 segundos: ése es el momento exacto en el que brota la primavera ante nuestros ojos, como una encarnación de la diosa Fertilidad, como una Venus griega que hubiese cruzado el Mediterráneo para transustanciarse en mujer francesa.


             

          Pero siendo tan larga la espera, no me consumió, sin embargo, la impaciencia. Porque uno, además de sátiro, también es cinéfilo, y sabe contentarse con una película en la que tan tarde llegan las alegrías. Mientras un ojo no perdía de vista a Emmanuelle Béart, por si llegaba a despelotarse subrepticiamente en un margen de la pantalla, el otro ojo se iba entreteniendo con su belleza de mujer vestida, que también es indecible, tratando de adivinar las formas ocultas, las curvas exactas, la milagrería carnal que tarde o temprano se haría visión y éxtasis. Y mientras los ojos así andaban, entretenidos en este juego de la maja vestida y la maja desnuda, el cinéfilo, decía, le iba cogiendo el gusto a esta película despaciosa, cachazuda incluso, tan francesa que sólo en Francia podría rodarse. Pues sólo allí se ven estos pueblos encantadores en los que uno quisiera perderse; esta gastronomía basada en el queso y en el pan que traspasa la pantalla con sus aromas; este idioma bendito que riega las conversaciones y que es como música en los amantes, como literatura en los tertulianos, como magisterio en los artistas. 


           

2

Caída y auge de Reginald Perrin. El doctor

Secretaria de Reginald: Es por el señor Perrin, doctor.
Doctor: Sí...
Secretaria: ¿Usted sabe lo que le pasa?
Doctor: Sí. La edad, aburrimiento, cansancio, se siente desgraciado, miserable, complejo de inferioridad, no le gusta el trabajo en la fábrica de postres, le molesta todo, miedo, inseguridad, frustración...
Secretaria: ¿Qué podríamos hacer?
Doctor: No tengo ni idea.

0

Oldboy

Oldboy es la segunda película de Park Chan Wook -¿o era Chan Wook Park?- dedicada al tema de la venganza sanguinolenta. Seguimos con los cuchillos, con los punzones, con los trozos de cristal incluso, que ponen los suelos y los gotelés perdidos de hemoglobina coreana, al parecer más profusa que la nuestra, como más viva, como más alegre en su escabullir. Allí se ganan el sueldo con creces, las señoras de la limpieza. Me río yo de los empleados municipales que limpian la Tomatina de Buñol... Allí les quisiera ver, en el muy extremo Oriente, limpiando una matanza de estas, que ni sabes por dónde empezar, con la sangre, los sesos, los escupitajos que los combatientes se intercambian antes de la pelea, como capitanes del fútbol regalándose los banderines.



            Si Sympathy For Mr. Vengeance aún poseía visos de verosimilitud, Oldboy ya es directamente una historia delirante, una tragedia griega escrita por el ateniense borrachín Park Chan Wookopulos, que hace dos mil años se perdió en una tormenta y desembarcó con su birreme en Seúl para fundar una colonia jónica. O corintia, no sé. Oldboy no llega a los enredos hiperbólicos de los culebrones sudamericanos, pero casi. No parece, sin embargo, que a su director le importe mucho esta cuestión. Lo suyo es la fuerza de las imágenes, la explosión de las violencias, el colorido oscuro y sucio de las almas que se retuercen. El guión que le suministran casi parece una excusa: un lienzo en blanco donde poder soltar los brochazos poderosos, y dibujar, de vez en cuando, a fino pincel, la belleza alabastrina de estas actrices coreanas que elige con tanto gusto: tan hermosas, tan pequeñas, tan frágiles, como maniquíes de una casa de muñecas. Como florecillas de la primavera. 







0

Caída y auge de Reginald Perrin. Matrimonio

De Caída y auge de Reginald Perrin:

Elizabeth: Ya nunca hablamos como es debido.
Reginald: Claro que no. Llevamos casi 25 años casados.
Elizabeth: Reggie...
Reginald: Ya sabemos lo que pensamos. Di cualquier tema: fascismo, pintura al agua, Antonia Fraser... Lo sabemos. No tiene sentido hablar de ello.
Elizabeth: Seguro que los Mildford hablan todo el rato.
Reginald: Para ellos es distinto. Juegan al golf.


0

Sympathy for Mr. Vengeance

De aquel futbolista coreano que tantos años jugó en el Manchester United nunca llegamos a saber si se llamaba Park Ji Sung, o Ji Sung Park. El orden de los factores no alteraba el producto, y cada comentarista y cada aficionado del sillón-ball lo llamaba como mejor le parecía. Ni siquiera sabíamos cuál era el nombre y cuál el apellido, o si en Corea se aplicaban realmente estas reglas de la antroponimia occidental. Con el director coreano de Sympathy For Mr. Vengeance, tan laureado en los festivales, tan vitoreado en los foros de los jóvenes, que celebran alucinados sus excesos sangrientos, ocurre tres cuartos de lo mismo. Park Chan Wook, que así se llama el sujeto, a veces es citado como Chan Wook Park, y a veces, también, como Chan-wook Park, introduciendo un guión de marras y eliminando una mayúscula que los coreanos ni se plantean, pues ellos escriben con signos muy raros, y las cábalas gramaticales de los pieles blancas les importan un comino. No hago más que recordar ese viejo chiste que explicaba cómo eligen los chinos el nombre de sus hijos: arrojando una lata al suelo y anotando el sonido de los tres primeros rebotes. Clank, Pong, Chan...



            Esto de los nombres coreanos es un juego de niños en comparación con el lío monumental que supone diferenciar el rostro de sus actores. Yo mismo, durante varios minutos de Sympathy For Mr. Vengeance, he caminado absolutamente perdido por las aceras de Seúl, soñando una pesadilla de tipos bajitos y morenos que se repetían una y otra vez, confundiendo a víctimas con verdugos, a vengadores con vengados, a protagonistas principales con fulanos despistados que pasaban por allí. Menos mal que Chan Wook Park -¿o es Wook Park Chan?- es un director inteligente, de proyección internacional, que conoce estas deficiencias cognitivas de los occidentales, y se toma la molestia de pintar el cabello del protagonista de color verde, y de colocar, en el papel de su amante, a una actriz bellísima llamada Doona Bae, quintaesencia de la hermosura oriental, pequeña, delicada, de pechos semiesféricamente perfectos, abrasadora en la mirada, encantadora en la sonrisa. Sólo así, gracias a estas muletas visuales, he logrado comprender esta historia de venganzas que se suceden en un ciclo sin fin, a cuchillada limpia, a punzón en la carótida, a machetazo salvaje que cercena la cabeza de un tajo, pues se ve que allí, en Corea, a diferencia del Salvaje Oeste en el que se vengan los americanos, es muy difícil conseguir un arma de fuego que ejecute limpiamente a la persona odiada. Sympathy For Mr. Vengeance es una película incómoda, de las de apartar varias veces la mirada, que alterna los silencios y los gritos, las caricias y las agresiones, los lagrimones y los borbotones de sangre. Poesía brutal, o salvajismo lírico, no sé. Cosas de coreanos, muy entretenidas, y un pelín ajenas.


0

Los amantes pasajeros

Llevado más por la curiosidad que por el convencimiento, asiento mis reales en el sofá para ver Los amantes pasajeros. Meses de críticas negativas le habían preparado a uno para asistir a la peor película de Pedro Almodóvar. Pero nunca, ni en el más pesimista de los augurios, para este disparate. No le tengo ninguna manía al director manchego. Es más: le tengo por un hombre cercano a mi propio sentir, más allá de los gustos sexuales, o de la diferencia de edad que nos separa. Cuando habla en sus entrevistas, o escribe en sus guiones, siento que es un tipo de vehementes pasiones, de amores que alcanzan la locura y desencantos que hieren hasta el alma. Un hombre que arriesga en sus sentimientos, que goza o que sufre, pero que nunca se queda en la indiferencia, en el medio camino. Luego, sus películas, son harina de otro costal. Algunas ya forman parte de mi educación sentimental, como Átame, o Hable con ella. Otras, por alocadas, por excesivas, por profundamente personales, quedan muy lejos de mi gusto, del terreno común que pudiéramos compartir entre ambas Castillas. Pero en todas, incluso en las más fallidas, había encontrado yo siempre un poso de hermandad, un fugaz encuentro en el laberinto de los sentimientos.  Hoy no. Hoy he pasado por Los amantes pasajeros sin detenerme en ningún chiste, en ningún romance, en ninguna exaltación de la libertad sexual. Ningún pájaro de los que viven en mi cable ha levantado el vuelo. Se han quedado quietecitos, adormilados, mirando el paisaje. Extrañados con la tontería mientras piaban por lo bajo.



            Sólo en la belleza paralizante -de las que te quitan el hipo y la respiración, el raciocinio y la vida- de esta actriz llamada Blanca Suárez he encontrado el motivo para insistir y desear. Blanca era una actriz de la tele que no veo, y de las películas que no anoto. Pero ahora ya forma parte de mis sueños, de los nocturnos, y de los que sueño despierto. Ha entrado a saco en mi corazón blandiendo unos ojazos que cortan como cuchillas. Me desangro por dentro mientras escribo estas líneas, y el deseo, que fluye junto a la sangre,  entra en las heridas como el alcohol de quemar, y escuece, y duele, y me retuerce las entrañas en un agonía que es vivificante y necesaria. Es el amor, de nuevo, que viene a recordarme que sigo entre los vivos.



             He recordado, mientras veía Los amantes Pasajeros, aquella guasa que escribió Pepe Colubi en su libro La tele que me parió, obra canónica tan citada en estos escritos, por divertida, y por juiciosa.
            “... una curiosa característica que comparten muchos teléfilos y que Derek Thornton, de la Universidad de Stanford, ha denominado Teoría de Fascinación por lo Cutre (TFC). Se trata de la admiración que ciertos productos catódicos deleznables producen en el espectador que sabe reconocer la calidad; el hechizo es tan hipnótico que el potencial crítico se queda alelado ante lo que está viendo”.



0

The flight

En las fantasías sexuales de todo hombre reinan dos categorías de mujeres: las actrices porno y las gimnastas. Estas últimas, por supuesto, cuando llegan a la edad legal de participar en nuestros sueños... De las actrices porno uno se imagina la desinhibición, la experiencia, el amor condimentado con la más perversa de las lujurias. De las gimnastas uno fantasea con la flexibilidad, con la variedad, con el cómic del kamasutra trasladado a la vida real de la carne. También están, en nuestras sábanas de aire, como sílfides nacidas en los tiempos modernos de la medicina, las fisioterapeutas, que no son ni masajistas ni enfermeras, sino semidiosas que aprendieron el secreto del placer corporal y ahora se lo regalan a los clientes de pago, y a los amantes muy guapos y muy escogidos.



            Cuento esto porque hoy, en El vuelo, cuando uno ya estaba a punto de morirse de envidia, el protagonista deja escapar de su regazo a una exactriz porno que le quiere, que lo idolatra, que lo tiene por el hombre que habrá de sacarla del submundo de las felaciones sin amor, una mujer que posee los rasgos infinitamente bellos de Kelly Reilly, esta actriz desconocida que ahora ya tiene fecha fija en mi laico santoral. Whip, que así se llama el tonto del haba, es un irresponsable de tomo y lomo que pilota los aviones con la mitad del cerebro bañada en alcohol y la otra mitad encendida de cocaína. Y no sólo los aviones, sino su vida misma, y sus amoríos varios, que son muchos gracias a que porta el jeto y la prestancia de Denzel Washington, el actor negro que incluso las pijas más racistas de Nuevas Generaciones idolatran en la intimidad de sus alcobas. 



            Uno, que en el fondo es un alma cándida, y un espectador de fácil contentar, se va tragando las piruetas cada vez más imposibles del guión, como un niño embobado con los volatines de los acróbatas. Es viernes por la noche, la película es de pago, y uno no está para ponerle peros al mejor momento de la semana, cuando ya se evapora el sudor bíblico en la frente, y germina en los relojes la promesa de las horas vacías, de las películas sin pausa, del fútbol que no cesa. Pero llega el momento de la ruptura con Kelly Reilly, del desamor, del abandono inexplicable de esa mujeraza de los labios esponjosos y la mirada de vértigo, y uno, que vivía en la magia reposada del sofá, despierta de nuevo a la vida como si le hubieran arreado un bofetón. No hay guión que resista un desliz así, ni un espectador masculino que lo perdone. Se acabo The Flight, la ficción, la hora fantástica del viernes... A tomar por el culo todo. De nuevo la realidad bochornosa del salón, de la vida mísera, del corto paréntesis del trabajo. Muchas gracias, Zemeckis, and company.



0

Caída y auge de Reginald Perrin

Reggie Perrin. 46 años. Ejecutivo de ventas de Sunshine Desserts. Aburrido. Estresado.
Con este rótulo explicativo comienza cada episodio de Caída y Auge de Reginald Perrin. Al fondo, mientras leemos la presentación, vemos al propio Reginald desnudándose en la playa y adentrándose en el mar, dispuesto a confundirse con las olas, a disolverse entre la espuma y la sal para volver a ser uno con la naturaleza inorgánica. La vida de Reginald es un Día de la marmota que no transcurre en Punxsutawney, Pensilvania, sino en los suburbios de la clase media londinense. Nuestro cuarentón vive una crisis tan típica, tan de manual, tan parecida a la angustia del espectador medio calvo y medio gordo que esto escribe, que muchas veces me parece estar viéndome ante el espejo. 



            Aunque venden sus trapisondas como una comedia, y hay muchas risas enlatadas de la cosecha del 76, las andanzas de Reginald Perrin son más trágicas que otra cosa. Tragicómicas, podríamos decir, si no estuviera tan manido el adjetivo. El aburrimiento de los hijos, la idiotez del trabajo, la rutina descafeinada del hogar. La fantasía erótica con la secretaria, con la vecina, con la chica del televisor. La sensación lacerante de saberse uno para metas más altas, para vidas más emocionantes, para trabajos más cualificados. La estupidez de unos, el egoísmo de otros, la petulancia de los tipejos más prescindibles. La aparición de los primeros insomnios, de los primeros dolores, de las primeras disfunciones que ya nunca se arreglarán del todo. El miedo a la muerte cada vez más cercana, más hediondo el aliento, más apreciable el susurro, más perfilada la guadaña. La angustia de morir, y de no vivir mientras se la espera. El aburrimiento, el desconsuelo, el llanto... ¡La suegra!, que jamás falta en estas operetas. Sí, amigos, es la crisis masculina de los cuarenta. De los cuarentones, más bien, porque algunos coetáneos, afortunados ellos, aún viven en la excelencia física, en el polvo habitual, en la alegría expansiva de vivir. Ellos habrán de esperar a los cincuenta para entender los rollos que les soltamos, las quejumbres que ahora les suenan a chino del mandarino.


            

         Caída y Auge de Reginald Perrin es la serie imprescindible de este otoño, del vital, y del estacional,. Lo que no sé es por qué me gustaba tanto hace treinta años, la primera vez que la pasaron por televisión. Yo, con mis doce añitos deshormonados y poco sapientes, ya era un fan incondicional de Reginald Perrin. Se la recomendé a los compañeros del cole, a los colegas del barrio, a los primos del extrarradio, y nadie me hizo caso. Mi entusiasmo debía de parecer ridículo, y extemporáneo. Una tontería más del pequeño Rodríguez, tan repelente, tan entrometido en las cosas de los mayores. Pero yo no mentía. Lo mismo me reía con el english humor que sentía pena por el bueno de Reginald, una especie de piedad prematura, de conexión personal, de augurio preclaro del futuro que me esperaba. De algún modo yo entendía que Reginald Perrin era el hombre en el que terminaría por convertirme. Una intuición, una vislumbre, una ventana abierta a las Navidades futuras. O quizá, simplemente, una coincidencia. El rato de la merienda ante la tele convertido en una tonta profecía.



Doctor: ¿Notas que no haces el crucigrama como solías hacerlo? ¿Mal sabor de boca por la mañana? ¿No paras de pensar en sexo? ¿No puedes hacer nada para remediarlo? ¿Te levantas sudado? ¿Te duermes viendo la tele?
Reginald: ¡Extraordinario! Es exactamente lo que me pasa.
Doctor: Y a mí. Me pregunto qué será.





0

Dos chicas de hoy

Uno es, en el fondo, pese a todo lo que rajo de las películas, un cinéfilo poco exigente. Llegan las diez de la noche y mi culo, en un milagro cotidiano del que no suelo presumir, se transustancia de carne en plomo, y arrastrado por él me quedo anclado en el sofá viendo casi cualquier cosa. Y mucho más que el culo, convertido en platino, o en iridio, me pesa el dedo índice de la mano derecha, el órgano al que confío mi felicidad en el momento culminante de la jornada, por encima del cerebro, o del corazón incluso, que a esas horas ya no están para decidir nada, fatigados y bostezantes. Lastrado por la densidad altísima de su carne, mi dedo índice administra sus esfuerzos como si fuera un usurero de Florencia. Jamás pulsa la tecla stop si no es estrictamente necesario. A poco entretenida que resulte la película, o la serie, sólo un telefonazo urgente o una vejiga rebosante pueden movilizar la ingeniería compleja de su anatomía. 




                A veces, como hoy, en  Dos chicas de hoy (y viva la cacofonía) basta la presencia de una actriz bonita, de atractivo mesurado, para que el dedo índice repose en la entrepierna y deje que la película transcurra lánguidamente hasta el final. Me interesaba la belleza modesta, flemática, nada explosiva, de esa actriz llamada Lynda Steadman, de la que luego, en internet, descubriré una filmografía muy escueta, y una biografía evaporada en las nubes.  No me interesa gran cosa, en cambio, la aventura sentimental de estas dos treintañeras dirigidas por Mike Leigh. Uno, como ellas, también tuvo veinte años y estudió en la universidad. También conoció a gente estrafalaria que luego fue reencontrándose por la vida, cada uno en el sitio que se merecía, o que la suerte le asignó. De haber sido dos chicos  rememorando los folleteos y los alcoholismos, me hubiera sentido más cercano a sus experiencias, aunque uno, en aquellos tiempos, no follara gran cosa, y bebiera siempre mal y a destiempo. Y es que uno, por el mero hecho de ser hombre, entiende mejor a los hombres, aunque parezca una perogrullada. Compartimos un cerebro de parecida estructura, y un pene con anhelos equivalentes. Aunque nos odiemos, y nos desafiemos, y terminemos por asesinarnos, en el fondo nos reconocemos como colegas de oficio. ¿Pero las mujeres? Hace milenios que vinieron de otro planeta, aparcaron su OVNI en una cueva y se mezclaron con los cromagnones que encendían el fuego y cazaban el mamut.  Así es, al menos, como las percibimos los seres menos inteligentes. ¿Qué piensan los perros del ajetreo de sus amos? En Dos chicas de hoy hay dos mujeres protagonistas. Y hablan mucho. Y desgranan recuerdos sin parar. Demasié para mi body...


0

Naked

Del director británico Mike Leigh guardo un puñado de grandísimas películas que ocupan varios centímetros en el altar de mis estanterías. Hace unos meses, en este mismo diario, ya ponderé el tono melancólico de Another year, esa película que no es un retrato de la vida, sino un trozo de la vida misma, con personajes como usted y como yo que no viven grandes tragedias ni grandes pasiones, que se esfuerzan, simplemente, por vivir el paso de las estaciones, con el espíritu alegre y la tristeza en la retaguardia. Tan emotivas y sutiles como Another year fueron Secretos y mentiras, El secreto de Vera Drake, y sobre todo, para quien esto escribe, Happy: un cuento sobre la felicidad, película en la que enamoré perdidamente de su actriz principal, Sally Hawkins, la neurótica más atractiva que se ha visto en mucho tiempo.



            Hoy, para mi desconsuelo, Mike me ha dado harina de otro costal. Uno empezaba a pensar que este tipo era un genio infalible, un director elegido por los dioses para dar siempre con el tono justo y los guiones precisos. Un retratista ejemplar de la clase media británica venida a menos, a veces tan a menos, que ya es directamente lumpen, y objetivo eugenésico de los tipejos que manejan los dineros. Pero me equivoqué. Mike Leigh era, después de todo, un ser humano, un cineasta que hace años aún buscaba el sendero de la excelencia. De aquella época perdida en los bosques surgió esta película demencial, sin cerebro ni columna vertebral, que se titula Naked. El Indefenso de la traducción española es un ácrata que padece un revoltijo neuronal incomprensible, un pirado disfrazado de espíritu libre que se dedica a vagar por las calles para violar mujeres, filosofar sobre el Apocalipsis o pegarse de hostias con el primero que pasa. Se coja por donde se coja, una gilipollez de campeonato. O yo soy el único gilipollas que no le ha encontrado la enjundia. 


            Y luego, para el remate, para el inri depresivo de este cuarentón que asistía a la función, salen un guaperas y una tonta del culo sosteniendo este diálogo mientras follan:

Él: ¿Has pensado alguna vez en suicidarte?
Ella: No
Él: Yo voy a suicidarme cuando cumpla los 40 años, si todavía estoy vivo...
Ella: ¿Por qué?
Él: No quiero hacerme viejo.


0

Hijos del Tercer Reich

Hijos del Tercer Reich es una miniserie alemana que ha dado mucho que hablar en su país, y también aquí, en nuestra piel de toro, ahora que se estrena en los canales de pago. Con ella ha surgido de nuevo la eterna pregunta, tan boba como innecesaria: ¿eran humanos los alemanes que combatieron en la II Guerra Mundial? ¿Tenían alma, corazón, sentimientos, los civiles que aguardaban noticias  en la retaguardia de Berlín? Qué tonterías... Buena parte del mundo occidental todavía cree que los soldados de la Wehrmacht iban pintados de rojo y combatían armados de tridente. Muchos espectadores aún se escandalizan cuando una película o una serie de televisión los devuelve al terreno de lo cotidiano. La psicopatía de los nazis fue una excrecencia que muchos no compartieron. Si la sociedad entera transigió con estos asesinos fue por cobardía, o por miedo, que es un sentimiento muy respetable en el que jamás hay que arrojar la primera piedra. ¿Es necesario aclarar esto de nuevo? ¿A qué viene tanta polémica recocida, resobada, aburrida en grado sumo, con Hijos del Tercer Reich? ¿Qué esperaban, además, los germanofóbicos, de una serie producida precisamente en Alemania? ¿Una condena global de los abuelos, de los bisabuelos? En su primer capítulo -correcto, sosaina- Hijos del Tercer Reich traza una línea divisoria que a buen seguro se corresponde con la realidad: los nazis y sus crímenes a un lado; los alemanes combatientes, pero armados de dignidad, al otro. ¿Que todos pujaban en la misma dirección? Nos ha vuelto a joder, don Obvio. Era una guerra. Vivir o morir.






1

Scott Pilgrim contra el mundo

Scott Pilgrim contra el mundo... Me gustaba mucho el título de esta película, a la que he llegado siguiendo la pista de su director, Edgar Wright, el mismo que encabeza los apellidos del bufete cómico Wright, Pegg & Frost.
            En el personaje de Scott Pilgrim, no sé por qué, intuía yo un álter ego infiltrado en la juventud de Toronto, quizá un jovenzuelo solitario, asocial, embarcado en una cruzada personal contra los estúpidos reinantes. Pero mi intuición andaba muy lejos de la realidad. Pilgrim es un rockero, un competente social, un chico con cara de bobo que sin embargo triunfa en el terreno incomprensible y pantanoso de las mujeres. Pilgrim es un chico que confía en sí mismo, que camina por la vida con orgullo, y que aspira, legítimamente, a los favores de la chica más atractiva de Toronto, Ramona. Para conquistarla, habrá de enfrentarse a los celos candentes de sus muchos exnovios y exnovias, que lucharán por su amada coaligados en La Liga de los Ex Malvados. Un argumento de cómic, y una estética de videojuego, que al final no me conducen a nada, y que me dejan, además, algo confuso y mareado. He llegado veinte años tarde a Scott Pilgrim contra el mundo. Ya estoy muy mayor para seguir tanto mamporro, tanto giro de cámara, tanto plano ametrallado. Mi mundo mental es otro más perezoso, más cansino, una carretera secundaria que transcurre por caminos de baja velocidad y paisajes melancólicos.



              Me queda, eso sí, la belleza cautivadora de Mary Elizabeth Winstead, la actriz que encarna a Ramona. Son sus ojos los que me dejan del todo embobado. Parecen de china, o de japonesa, y sin embargo son abiertos, luminosos, como claraboyas de un alma pura. Con esos ojos, y esa piel blanquísima, y esa boca de fresa, y esos rasgos aniñados.., Mary Elizabeth más parece un dibujo animado que una mujer de verdad. Una heroína del manga a punto de acometer una proeza de amor. Una diablesa del hentai a puntico de desnudar sus encantos ante nuestros ojos golosos y maravillados.


Sc
0

Arma fatal

Arma fatal es la antepenúltima gamberrada del trío británico Wright, Pegg & Frost, que, recitados así, parecen los abogados de un prestigioso bufete de la City londinense, pero que son, en realidad, un grupo de cuarentones que se dedican a esto del cine, actores y directores, coguionistas y amiguetes, especialistas en parodiar los géneros que marcaron a los espectadores de su generación, que es también, ay, aunque me cueste reconocerlo, y viva casi siempre en la fantasía de los veintitantos, la mía.
            Arma fatal es la descojonación del subgénero de las buddy movies, esas películas en las que una pareja de policías, a menudo incompatibles, uno sereno y ceñido a la norma, otro medio loco y de gatillo muy suelto, se ven obligados a limar sus diferencias para hacer frente al crimen que asola la ciudad, casi siempre narcotraficantes mexicanos, o zumbados islamistas, o excomunistas tarados. No es casualidad que Arma fatal suene tan parecido a Arma letal, aunque se hayan pasado por el forro el significado del título original, Hot Fuzz, algo así como Pelusa Caliente, un juego de palabras que, la verdad, después de haber visto la película, tampoco se entiende muy bien. Son las limitaciones de este “nivel medio” de inglés que discurre por mi intelecto.



            La primera parte de Arma letal es una sátira sobre la vida pacífica que reina en esos pueblos de la campiña británica, pueblos que uno, en su pereza, en su vida sedentaria de cinéfilo, jamás ha visitado en persona, pero sí en espíritu, sobrevolando el paisaje y aterrizando en él gracias al milagro de las cámaras que graban, y de los vídeos que reproducen. Se nota que Wright, Pegg & Frost saben de lo que hablan, de la hipocresía rural, del cerrilismo chovinista, de la rivalidad ancestral entre los villorrios, aunque a veces, a los habitantes del Mediterráneo, se nos escapen los dobles sentidos y las finísimas ironías  ceñidas al terreno. Pero son matices sin importancia. La mentalidad de los rústicos viene a ser la misma en todo el occidente cristiano, y el trío de abogados se mueve en los mismos registros de José Mota o de los chicarrones de Muchachada Nui, aunque los separen miles de kilómetros, y lluvias pertinaces de dos dígitos por metro cuadrado.



         Es una primera hora de cine desenvuelto, inteligente, que va repartiendo galletas a diestro y siniestro con un ritmo endiablado y una gracia ejemplar. Pero luego, en la parodia ya estricta de las buddy movies, nuestros amigos se despiden de nuestro guateque cuarentón y se pasan a la fiesta de los vecinos del quinto, los adolescentes sin horarios, estroboscópicos y frenéticos, donde ya reina el mamporro y el tiroteo, la persecución y la gansada. A los púberes que vivimos disfrazados de adultos también nos gusta mucho esta parte de acción pura, y de pura parodia, pero aceptarlo nos crea un conflicto moral, una incomodidad picante en el culo, y mientras sonreímos contenemos el gozo, y mientras aplaudimos frenamos las manos, como si alguien, que somos nosotros mismos, nos estuviera vigilando con una cámara adosada al techo, y nos reprendiera con el dedo desde su oscuro cubículo.



0

Proyecto Nim

Acabo de recordar unas palabras que Stephanie LaFarge, la primera madre adoptiva de Nim, decía en el enjundioso documental del otro día.  Era algo muy sentido y muy definitivo sobre la pesadilla en que puede convertirse el lenguaje. Y no sólo el lenguaje que trataban de enseñar al simpático chimpancé, sino el que rige nuestras propias relaciones de humanos, tan proclives como somos a la mentira, a la exageración, a la palabrería vacía. Eran unas palabras duras, otoñales, de desaliento vital, que Stephanie dejaba caer en la melancolía de Nim, en la melancolía de su propia coexistencia con los humanos, y que venían, además, muy a cuento de estos diarios que todos los días pergeño, y todos los días juro abandonar para siempre, cansado de elaborar, de adornar... y de mentir.
           "Las palabras se convierten en una puta pesadilla cuando se convive con ellas a menudo. Y yo estaba casada con un poeta, trabajaba para un lingüista...  Las palabras se convirtieron en el enemigo".




          He rescatado, también, de la citoteca donde guardo las brillantes reflexiones de los buenos escritores, aquello que decía Manuel Vicent sobre el lenguaje de su perro Toby:
          "Decía Max Spencer que el animal no habla no porque no pueda sino porque no tiene nada que decir. Eso es falso. Mi perro Toby tiene tantas cosas que decir como cualquier persona pero no habla porque le da vergüenza decir obviedades. El ser humano posee el don exclusivo de la palabra y lo usa para decir: pásame la ensalada, me está saliendo un golondrino en el sobaco, me gustaría tomar un helado, ¿a qué hora estará la comida?, no vengas tarde, cuidado con la curva, ¿por qué no me llamas y vamos al cine? Y dicho esto un millón de veces uno se muere. El tejido de la vida lo constituye un sinfín de frases banales".
       Sólo me queda firmar en la línea de puntos y tumbarme a dormir. Hoy el trabajo me lo han escrito otros.


0

La zona muerta

En La zona muerta, Christopher Walken, ese actor de presencia siempre perturbadora y magnética, como un emisario irresistible del Mal, interpreta a un profesor de instituto que tras sufrir un accidente de coche adquiere el poder de estrechar la mano de cualquiera y adivinarle el futuro. Pero nunca te saca el porvenir de las buenas noticias, del aumento de sueldo, del revolcón con la rubia largamente deseada... Nuestro protagonista sólo posee la clarividencia de las desgracias, de las muertes trágicas. No es, por tanto, un chollo de amigo, ni una suerte de cuñado. Hay que tener un par de bemoles para ir a su casa y pedirle consejo en una sesión de "estrechamiento manual". Cuando vislumbra tu dolor, tu accidente, tu muerte sangrienta, Christopher se agita en convulsiones como si le azuzaran con una picana, y siendo ya de por sí un tipo de ojos saltones, éstos todavía se le asoman más al precipicio, amenazando con convertirse en yoyós de materia orgánica y viscosa. Christopher Walken es, en sí mismo, cuando entra en trance, una película de terror. Y algo gafe, además, porque uno tiene la sensación de que su personaje, más que adivinarte el siniestro futuro, lo provoca en el justo instante de darte la mano, como si refractara el rayo límpido de tu destino y convirtiera la que iba a ser tu vida venturosa en un valle de lágrimas de ea pues Señora. 


       Uno, en la vida real, quisiera un amigo así para las pequeñas cosas, para los consejos de andar por casa, nunca para los proyectos importantes, de largo recorrido. Pedirle, por ejemplo, cada lunes, que me agarrara del brazo y me predijera si el próximo fin de semana iba a acertar el pleno al 15 de la quiniela. Sólo eso. Me ahorraría ocho euros muy majos que con esta tontería de hacerme millonario siempre acaban en la papelera. Un Christopher Walken así, con el que yo tuviera confianza para ser molesto de vez en cuando, también me ahorraría mucho tiempo de fútbol vacío, y de lecturas condenadas al fracaso. Me salvaría de los cero a cero disputados entre trogloditas, de las páginas insufribles que al final no conducían a ninguna enseñanza, a ninguna exaltación artística. El protagonista de La zona muerta podría hacerse millonario -el sí- abriendo un negocio de Administración y Gerencia del Tiempo. Por apenas tres minutos de consulta y unos cuantos aspavientos de trastornado, a 5 eurillos por consejo, este tipo podría organizarte una agenda inmaculada, fructífera, repleta de aconteceres bien encaminados. Una bendición para los hombres y mujeres de a pie; una herramienta imprescindible para triunfar en el salvaje mundo empresarial. Sería, por fin, la vida condensada, nutritiva,  aprovechada al máximo, todo lo contrario de esta existencia nuestra, la que arrastramos en La zona viva, que es una sucesión de esperas, de colas, de tiempos muertos que llevan de una intranscendencia a un fracaso, de una nadería a una gilipollez supina. Como estas entradas del diario, sin ir más lejos, y el tiempo que malgasto en ellas...


0

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com