Noche en La Tierra

Son difíciles de enjuiciar las películas que se componen de episodios, de historias sueltas que apenas guardan relación entre ellas. De Noche en la tierra, cuyo hilo conductor son los taxistas en la madrugada, estoy seguro que dentro de unos meses, cuando caigan las primeras nieves, y el fútbol haya congestionado el tráfico de datos en mi cabeza, sólo recordaré el episodio de Roberto Benigni conduciendo por las calles de Roma, confesando sus pecados sexuales al cura que lleva detrás como cliente. Además de la risa, le queda a uno el asombro de saber, previa consulta por internet, que su monólogo diabólico es en gran parte improvisado. Es la marca de los genios.


             Me quedará, también, la historia que abre la película, la de Winona Ryder haciendo de taxista malhablada y cazallera en Nueva York. Da lo mismo que se vista de marimacho, que lleve el uniforme manchado de grasa, que lleve puesta la gorra y las gafas de sol. A mí no me engaña. Por debajo del disfraz está la actriz que yo tanto amaba por entonces, preciosa y pequeña como una muñeca, tan parecida a las novicias libidinosas, a las mujercitas que esconden un volcán en cada poro, un terremoto en cada mirada. Joven y enamoradizo como yo era, quise tatuarme su nombre en el antebrazo, junto a la promesa de amarla para siempre: Winona Forever. Pero se me adelantó ese capullo de Johnny Depp, que la tenía más cerca, y además ganaba muchos más millones. Luego, a los pocos años, dejó de amarla, y se borró el tatuaje, y cuando quise reaccionar ella ya estaba en brazos de otro tipo de Hollywood, también guapo, y millonario, y con la mansión deslumbrante apenas a dos pasos. Malditos todos... 

 

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