Son de mar

Vuelvo a ver, en retrasadísimo homenaje a Bigas Luna, que ya va el pobre para cuatro meses, Son de mar. Había que elegir una película entre las más potables de su repertorio, que tampoco son demasiadas, y he decidido, secuestrado por la lujuria, y por el amor, revisitar a Martina, allá en Denia, a ver cómo le va el trajín sexual con sus dos amantes, el bobo del poeta, y el listillo del constructor. Ya saben mis íntimos, los pocos de la vida real, y los menos que leen estos desahogos, que Leonor Watling, más que una mujer hermosa, o que una actriz predilecta, es el amor de mi vida soñadora, la musa de mi romanticismo siempre perdido en las nubes. Ella es el alfa y el omega de todas las virtudes femeninas que concibo, el espejo invencible en el que se miden, y caen abatidas y derrocadas, como guiñapos lastimosos, las grandes bellezas del mundo. Leonor, sin que ellas lo sepan, es una mujer con la que no pueden compararse, porque ella, por debajo de la piel y la carne, es una diosa antiquísima que se trajeron aquí los romanos en tiempos de la conquista, ya mitad británica y mitad celtibérica; una diosa inquieta, traviesa, que no sabe parar quieta en el Olimpo, y que en cada generación elige una mujer mortal en la que encarnarse, para jugar al deseo con los hombres, y sentir la inigualable experiencia de sentirse viva.

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