Si quiero silbar silbo

El cine rumano se ha puesto muy de moda en los festivales, en los salones oscuros donde los entendidos se reúnen para repartir los aplausos y los premios. Sin embargo, al conocimiento de los aficionados rasos, de los cinéfilos del montón, de los peliculeros prêt-à-porter como quien esto escribe, sólo llega una perla cada tres o cuatro años, como aquella de La muerte del señor Lazarescu, o 4 meses, 3 semanas, 2 días. Uno, por supuesto, si fuera un cinéfilo de actitud responsable y educado en el buen gusto, podría lanzarse a la búsqueda, a la indagación, al visionado sistemático de esta nueva ola que proviene del Mar Negro. Pero soy, como ya he dicho muchas veces, un aficionado sin tiempo, desorganizado, veleidoso, lobotomizado por los yanquis, y el cine rumano, así de sopetón, por mucho que digan, y por mucho que lo ponderen, suena como una muralla infranqueable, como una fortaleza inexpugnable. Lo dices así, muy despacito, mascando suavemente las palabras, cine rumano, y uno barrunta una cinematografía espesa, aburrida, con mucho poscomunismo, mucho drama social, mucho silencio transilvano para los buenos entendedores. Mucho actor no-profesional dejándose la piel junto a mucha actriz profesionalísima, y feísima.

          

           Luego, con películas tan meritorias como Si quiero silbar, silbo, del hasta ahora ignoto director Florin Serban, uno se arrepiente al instante de pensar tales memeces sobre nuestros compañeros de romanización, y mucho más de escribirlas, y de darlas a conocer a los lectores que todavía sobreviven a mis tonterías. Sobre todo a las rubias guapísimas que hasta ahora aplaudían mi cosmopolitismo, mi anchura de miras, mis exóticas aventuras por las lejanas cinematografías del mundo, donde sólo sobreviven los más apuestos intelectuales armados de gafas y mando a distancia. Dan ganas, sorprendido en estos pecados de desconfianza, de coger el teléfono y preguntar en información por algún cura rumano que imparta sus homilías en los alrededores, y lanzarse corriendo a la parroquia para ser oído en sagrada confesión. Tendrían que ser muchos los padrenuestros, y los avemarías, para purgar tamaña indecencia, tamaña aprensión innata hacia el cine de su patria. Pobrecicos. No les queremos ver ni al natural, ni proyectados sobre una pantalla. Somos -éramos- los nuevos ricos del Mediterráneo, con unas ínfulas ya más ridículas que otra cosa.

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