Siempre feliz

Soy incapaz de recordar, en el inicio de la película noruega Siempre feliz, qué critico de qué revista, o de qué radio, en el momento más tonto de una mala tarde, me convenció hace unos meses para salir a pescar este bacalao de los fiordos. Ya he dicho alguna vez que con mis olvidos podría escribirse la segunda parte de Psicopatología de la vida cotidiana, un volumen dedicado exclusivamente a esta fatigosa labor de mi cinefilia, que no sabe por dónde anda, que muchos días funciona autónoma o sonámbula sin que yo mismo sepa muy bien de sus tejemanejes. Soy un cinéfilo dominado por su subconsciente, o por su preconsciente, que todavía no los distingo muy bien, un paria de mis propios impulsos que sólo cuando redacta estas líneas cae en la cuenta de dónde está, como un secuestrado con los ojos vendados que desconoce los vericuetos que lo han traído hasta el escritorio.



           Siempre feliz no es una película memorable, la verdad. Un enredo de parejas muy liberales allá en la idílica noruega, donde lo del folleteo, al parecer, está a la orden del día, con tanto frío en el exterior, y esas nevadas que nunca cesan, y esas camas enormes que parecen tatamis donde se podría llevar una vida completa al resguardo de los elementos. Y esas noruegas, claro, tan hermosas, y esos noruegos, tan altos y fortachones. Cada vez que una pareja de noruegos se conoce saltan chispas inmediatas, de tan seductores como se reconocen. Si no fuera por los fríos perpetuos de Escandinavia, Noruega habría ardido en llamas hace tiempo, con tanto bosque sobre la tierra, y tanto petróleo bajo el mar, y tanta fricción calorífica generándose en los dormitorios. 

 


         Siempre feliz se parece mucho a La comedia sexual de una noche de verano, solo que transcurre en varias noches de invierno, y no sale Woody Allen sembrando sus filosofías. Sí sale, en cambio, como un regalo de los dioses nórdicos, siempre más generosos que los del Mediodía, un ángel moreno que convierte la película en una experiencia religiosa, en un acercamiento místico a las sagas medievales de los vikingos. Gracias a esta actriz llamada Agnes Kittelsen, que no camina, sino flota, que no sonríe, sino ilumina, que no acaricia penes, sino que regala el Paraíso, Siempre feliz, que iba a ser guardada en las cajas precintadas de los trasteros sin luz, entrará a formar parte de mis recuerdos más vívidos, más inestimables. Agnes, con su sola presencia, de la que se desprenden rayos de belleza y efluvios de pasión, ha obrado el milagro de la transustanciación fílmica: del cagarro en oro, del bostezo en babeo, de la indiferencia en Amor.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com