Searching for Sugar Man

Searching for Sugar Man nos cuenta la historia real de la caída y auge no de Reginald Perrin, sino de Sixto Rodríguez, cantautor norteamericano de raíces mejicanas que a finales de los años 60, al estilo de Bob Dylan, armado únicamente de voz y guitarra, pero con letras más incendiarias, grabó dos discos que no tuvieron ninguna repercusión entre las masas. Mientras Sixto Rodríguez regresaba al anonimato de la clase trabajadora a la que pertenecía, al otro lado del Atlántico, en Sudáfrica, sin que él tuviera conocimiento del asunto, sus discos se convertían en un símbolo de la protesta contra el régimen del apartheid. La white people que no quería los privilegios ni las preferencias adoptó las letras revolucionarias de Sixto como si de himnos se tratara. Durante dos décadas, todos los sudafricanos que presumían de rebeldes y de antisistema compraron sus discos, o sus cintas de casete, que para el caso es lo mismo. En los guateques de Ciudad del Cabo, o de Johannesburgo, entre lingotazo de whisky y metedura de mano, las canciones de Sixto Rodríguez daban la pausa necesaria, la anarquía vigorizante, el momento trascendente del ánimo revolucionario. Sixto, a miles de kilómetros de distancia, se había convertido en el inspirador musical de la resistencia.



            Nadie sabe cómo empezó el fenómeno. En una época en la que muy pocos soñaban con el mundo digital, seguramente fue un turista norteamericano el que introdujo el primer disco de Sixto en Sudáfrica, metido en la maleta. Quizá, simplemente, quería escucharlo en las vacaciones; quizá lo traía con la perversa intención de enseñárselo a los amigos, a los amoríos, para que prendiera la llama de la protesta. Quién sabe. Tampoco se sabe nada de los enjundiosos derechos de autor que se generaron con el negocio. El documental sigue la pista del dinero sin llegar a conclusiones ciertas. Sólo sabemos que a Sixto no le llegó ni un duro de su lejano estrellato. No, al menos, hasta que dos fans sudafricanos dieron con él en la década de los 90, y le ofrecieron la posibilidad de dar unos conciertos en su país. Sixto seguía a lo suyo, en su casucha del Detroit post-industrial, trabajando en el negocio de la construcción. Agradecido por el interés, cogió su guitarra, compró un billete de avión y se plantó en Sudáfrica para retomar el oficio de cantautor durante unas semanas. Tuvo que verlo para creerlo. Sólo cuando descubrió que las multitudes, efectivamente, llenaban los escenarios abarrotados, asumió la veracidad de la historia que le habían contado. Las gentes le adoraban como a un dios, como a un Jesucristo de la música resucitado, pues lo habían dado por muerto, por desaparecido, y en un milagro inexplicable, en un acontecimiento mitológico, Él ahora estaba frente a ellos, en el escenario, atacando las viejas canciones, como recién caído de los Cielos.



             Searching for Sugar Man, más allá de un documento notabilísimo, es un motivo de esperanza para los muchos artistas incomprendidos que vagan por el mundo. Como quien esto escribe, sin ir más lejos. En las estadísticas de este blog figura que, de mis cuatro gatos lectores, dos y medio viven en Estados Unidos. Ya que llevo camino de no ser profeta en mi propio país, quizá sea allí, en las Américas, en un viaje inverso al de Sixto Rodríguez, donde estoy sembrando la semilla de mi futuro estrellato, como crítico de cine, como redactor de diarios. Quién sabe. Quizá me está siguiendo un tipo muy importante allá en California, o en Nueva York, que de momento se mantiene en secreto, sin hacerme llegar sus comentarios. Quizá esté esperando la confirmación definitiva de mi talento, de mi ingenio, de mi prosa cautivadora, antes de proponerme la publicación de estos escritos en editoriales muy importantes, de rancio tronío, de las que pagan anticipos, y te pasean gratis por todo el país, de costa a costa, de hotelazo en hotelazo, facilitándote chicas de compañía que quitan el hipo. Tal vez vivo a pocas semanas, a escasos meses, de la gloria definitiva, de la lluvia de halagos, de los números opíparos en la cuenta bancaria. Tal vez, sí...


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