El crack

Un conocido de Invernalia, de cuyo nombre no quiero acordarme, me recomendó El crack poco después de fallecer Alfredo Landa. Añadió, para darle más énfasis al consejo, sabiendo que Garci es un apellido que tengo prohibido por el psiquiatra, que en la película salía Ponferrada, subcapital de estos reinos, quizá la ciudad de cincuenta mil habitantes menos filmada del mundo, compartiendo el podio con alguna de Nigeria, o de Bolivia. ¿Ponferrada?, le pregunté. ¿Estás seguro? ¿En una de Garci? Que sí, hostia, que sí, que la he visto y sale, o la mencionan, ya no me acuerdo...



       Meses después de su recomendación, encuentro el humor y el hueco para ver El crack. ¿Ponferrada? Al principio de la película, en el despacho del detective Areta, se presenta un señor que dice provenir de allí, con el diario ABC bajo el brazo. Cuenta que está buscando a su hija desaparecida en los Madriles, seducida a buen seguro por algún hippy de la movida, un drogota de esos que votan a los socialistas. Anuncia que se va a quedar en la capital por unos días, arreglando unos negocios, y que espera noticias prontas de la descarriada. Y hasta ahí, en esa sucinta línea de guión, llega la histórica aparición de Ponferrada en El crack. Ni un flashback explicativo, ni un recuerdo feliz del atormentado padre, quizá en el parque del Plantío, o en el del Temple, compartiendo el solecito con su hija todavía no perdida. Nada volvemos a saber de estas verdes tierras, de esta apartada comarca de la remota provincia del brumoso noroeste. Los espectadores ya sólo saldremos de Madrid - fotografiado hasta la extenuación en planos “homenajeados” de Manhattan- para darnos una vueltecica por Nueva York, donde se ajustarán las cuentas finales entre el bueno de Areta y los malosos de las finanzas. 



            Garci, por esta época, era un acróbata joven que aún mantenía el equilibrio en la cuerda de la cursilería, y le salían unas películas apañadas, que treinta años después todavía aguantan un visionado sin sonrojarse. Y sin sonrojarnos. Estas películas se han convertido, además, en testimonios muy valiosos de una España que parece distar mil años y sin embargo yo mismo viví, sin móviles, sin internet, sin televisiones privadas, con adultos llenando las salas de cine gigantescas. Con José María García subido el púlpito nocturno de la cadena SER -¡qué recuerdos, oh dioses del tiempo!-, dándole caña a Pablo Pablito Pablete. Qué jabato. Faltaba algo más de una década para que Garci se cayera del caballo camino de Gijón y se pegara una hostia de impresión, y se convirtiera, tras la convalecencia, en un ultracentrista moderado, en un lacayo sonriente de la hiena del bigote, y la cursilería antes contenida se hiciera dueña absoluta de su cerebro, y le negara la capacidad del raciocinio a la hora de filmar. De Canción de cuna para acá, Garci ya sólo gusta a las sexagenarias, a los pedantes, a los cultos de derechas, sobre todo a estos últimos, que presumen de ser los únicos entendidos de su poesía visual, de su literatura estomagante, de su cine complejísimo y cojonudo, no como esos rojos de mierda que sólo se emocionan con los diálogos del teatro lorquiano. Los de ese maricón.


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