Mis terrores favoritos

Tenía ganas de volver a ver Targets, la película de Peter Bogdanovich que siendo niño me aterrorizó. Targets llevaba un año esperando en el montón de las películas de reestreno, desde que vi La noche de los muertos vivientes y recordé el programa que los lunes por la noche atormentó mi infancia desde el televisor: Mis terrores favoritos. Ya conté en estos escritos que era Narciso Ibáñez Serrador el que elegía la película en Madrid, y mi padre el que me obligaba a verla en León, como si ambos se conchabaran en la distancia para convertirme en un hombre hecho y derecho, en un español de verdad que le perdiera el miedo a estas menudencias de los monstruos y los crímenes. 


            En Internet -que es el dios que nunca tuvieron los romanos para honrar a la Memoria- figura un calendario detallado de las películas que en aquel espacio se programaron. Y descubro, sorprendido, que aquella tortura china que a mí me pareció durar años, como una cadena perpetua del sobresalto, sólo se mantuvo en antena nueve meses, como un embarazo maldito, como un curso completo en el infierno, de octubre de 1981 a mayo de 1982. Treinta y dos películas que me apartaron durante años del cine de terror, reblandecido y cagueta, muy poco español aguerrido, hasta que los amigos me convencieron, y la testosterona del macho intrépido, que ya ves tú, se impuso a los miedos infantiles. Leo la lista con detenimiento y ahora, más de treinta años después, elevo las cejas y sonrío sorprendido. Algunas películas ya no asustarían ni a los niños de teta; otras son obras maestras del suspense que entonces, cagadito de miedo, más pendiente de la sangre que del arte, de la puerta que chirriaba que del oficio del director, no supe apreciar. La sensibilidad artística, si es que alguna vez existió, vino mucho después.
            Targets se pasó por televisión el 1 de marzo de 1982. Al día siguiente, martes de invierno, yendo hacia el colegio, yo estaba seguro de morir, convencido de que algún pirado como el de la película me acechaba desde una azotea, rifle en mano, mira telescópica al ojo. Pum. Muerto. Y ni el “pum” siquiera, pues decían en las películas que cuando llegaba el sonido a oídos de la víctima, ésta, si el tiro era certero, ya caía muerta, y sorda. Morir de un tiro era la vida y justo después, sin transición, la nada. Como quedarte dormido, pero a toda hostia, y en mitad de la calle, sin tiempo para decir adiós. Todos los muchachos caminaban alegremente por la acera menos yo. Nadie había visto Targets la noche anterior, y nadie estaba al corriente del peligro mortal que nos rodeaba. Yo no hacía más que escudriñar los tejados, las ventanas, las alturas de aquellos dos depósitos del agua que vigilaban nuestro trayecto entero, y que tanto se parecían a los depósitos de gasolina que usaba el pirado de Targets para disparar a los conductores de la autopista. Sí: California y León se parecían mucho, porque la gente estaba igual de loca en todos los sitios. Si esas cosas pasaban allí, en la costa soleada del Pacífico, ¿por qué no iban a pasar aquí, en el noroeste provinciano, donde la gente parecía ser más o menos la misma, solo que menos bronceada? Camino del colegio, además, pasábamos por delante de un cuartel, y en aquellos tiempos, en los años del plomo, los soldados hacían guardia en las garitas armados con metralletas, mientras nos sonreían al pasar, o nos envidiaban la infancia con la mirada. Un novato torpe, o un soldado loco, y a tomar por el culo la cartera, y el bollycao, y la vida. Con esas ametralladoras no hacía falta ni apuntar. 


     

     Pero no morí aquel día, obviamente, ni los que vinieron después, mientras el miedo al francotirador celtíbero iba disipándose y mezclándose con otros más escolares y pedestres. O quizá sí, morí, y aquí estoy, sólo en espíritu sin saberlo, con mi cuerpo desplomado sobre la acera helada y lluviosa, escribiendo estas cosas desde el limbo mientras espero que me juzguen por los inocentes pecados de mis once años. Porque dicen también, en las películas, que en el limbo, a los muertos, para entretener la espera en la Sala de Tránsitos, les hacen creer que siguen vivos, como si les introdujeran un software de Matrix en el alma. Quién sabe. Quizá sólo he visto Targets una vez, justo el día antes de morir, y este segundo visionado es una invención de los dioses, una travesura piadosa de los ángeles. Tal vez mi madre no esté aquí al lado, a cinco metros de esta habitación, trajinando en la cocina mientras yo trato de escribir, sino a cinco metros de mi cadáver, consolada por un policía, en aquella mañana –en esta mañana- de 1982, llorando sobre las zapatillas de andar por casa, que ni tiempo le dio del susto a ponerse los zapatos...




0

Proyecto Nim

            Confieso que se me han caído dos o tres lagrimones en los minutos finales de Proyecto Nim. Y que he reprimido, a duras penas, por un sentido absurdo de la hombría, unos cuantos más que ahora se van reabsorbiendo en los lagrimales. Me ha llegado al alma la desventura de este chimpancé, Nim Chimpsky, al que sus tutores, ¡bellacos!, llamaron así para burlarse de Noam Chomsky, mi líder espiritual, mi entrañable profesor, con el que mantenían serias discrepancias sobre las bases innatas del lenguaje. Siendo un chimpancé recién nacido, Nim fue seleccionado en el año 73 por la Universidad de Columbia para llevar a cabo un experimento inusual: vivir adoptado en una familia de humanos. El objetivo era enseñarle el vocabulario y la sintaxis de la lengua de signos para mostrarle al mundo entero que el lenguaje estructurado no era patrimonio exclusivo de los seres humanos.



              Los primeros años de Nim en su familia de adopción fueron felices. El padre era un poeta que vivía a su aire, pasota y distante; la madre, una post-hippy que llegaba a compartir su porros con Nim; los hijos, unos anarquizantes que jugaban al salvajismo y a la indisciplina allá en la granja donde vivían. Eran la familia perfecta para un chimpancé que saltaba por los columpios, que dormía en las camas, que “reordenaba” de vez en cuando las estanterías... Y que no recibía, además, ningún tipo de enseñanza sistemática de la lengua de signos, que era, en principio, el motivo científico de su adopción. El responsable del experimento, el lingüista Herbert Terrace, tomó cartas en el asunto e introdujo, en la dinámica familiar, a una alumna suya de la universidad, predilecta en todos los sentidos, que se encargaría de planificar las clases particulares... Y hasta aquí, como decía Mayra Gómez Kemp en el Un, dos, tres, puedo leer. No voy a desgranar, para los interesados, el documental entero. Sólo diré que la historia se irá tornando oscura, irritante, desalmada. Que el ser humano, el hijo puta del ser humano, aparecerá en escena para traer la desgracia a Nim el chimpancé. Unos por insensibles, otros por cobardes, otros por egoístas... en fin: la panoplia al completo.




     Quería lanzarme aquí a la diatriba furibunda, al discurso misántropo, pro-animal, indignado, plagado de tacos. Pero no me iba a salir. O me iba a salir muy mal. Cuando veo a seres humanos maltratando a animales, se me funden las entrañas, se me agolpa la sangre en la cabeza, todo en mi pensamiento se vuelve de un color rojo intenso, de cólera, y de asco. No lo puedo remediar. Es superior a mis fuerzas. Ensañarse con un animal es la mayor de las bajezas, el mayor de los pecados, castigado con el infierno perpetuo, y las llamas eternas. Ay, si yo gestionara ese negociado del Averno... A cuántos que allí sufren perdonaría al instante, y a cuántos que vagan libres por la Tierra condenaría para siempre.
     Escribía Kant, en sus Lecciones de ética:
     “... el humán ha de ejercitar su compasión con los animales, pues aquel que se comporta cruelmente con ellos posee asimismo un corazón endurecido para con sus congéneres. Se puede, pues, conocer el corazón humano a partir de su relación con los animales”.
        Algo parecido escribió Milan Kundera en La insoportable levedad del ser: 
      “La verdadera prueba de la moralidad de la humanidad, la más honda (situada a tal profundidad que escapa a nuestra percepción), radica en su relación con aquellos que están a su merced: los animales. Y aquí fue donde se produjo la debacle fundamental del hombre, tan fundamental que de ella se derivan todas las demás”.
     Muy acertados en el fondo. Muy comedidos en las formas. Pero yo necesito defensores de la animalidad más acordes con mi ínfima paciencia, con mi rabia incontenible. Escritores más crudos, más directos, más... bestias. Pérez-Reverte, por ejemplo, que decía así en uno de sus artículos más conocidos:
      “Amo a los animales. Por no matarlos, ni pesco. Tengo un asunto personal con los que exterminan tortugas, delfines, ballenas o atún rojo. También prefiero una piara de cerdos a un consejo de ministros. Creo que no hay nada más conmovedor que la mirada de un perro: mataría con mis propias manos, sin pestañear, a quien tortura a un chucho. Sostengo que cuando muere un animal el mundo se hace más triste y oscuro, mientras que cuando desaparece un ser humano, lo que desaparece es un hijo de puta en potencia o en vigencia”.
           O esto que decía Fernando Vallejo en El desbarrancadero:
       “Yo con gusto empalo por el culo al Papa, ¿pero tocar a un animalito de Dios? Ni a un perro malo, vaya, que también los hay, como también hay gente buena, por excepción”.

        Estos son mis cuates. Los que hablan por mí, y me ahorran el trabajo de expresarme. De exhibir mi torperza de autor de panfletos.


0

Searching for Sugar Man

Searching for Sugar Man nos cuenta la historia real de la caída y auge no de Reginald Perrin, sino de Sixto Rodríguez, cantautor norteamericano de raíces mejicanas que a finales de los años 60, al estilo de Bob Dylan, armado únicamente de voz y guitarra, pero con letras más incendiarias, grabó dos discos que no tuvieron ninguna repercusión entre las masas. Mientras Sixto Rodríguez regresaba al anonimato de la clase trabajadora a la que pertenecía, al otro lado del Atlántico, en Sudáfrica, sin que él tuviera conocimiento del asunto, sus discos se convertían en un símbolo de la protesta contra el régimen del apartheid. La white people que no quería los privilegios ni las preferencias adoptó las letras revolucionarias de Sixto como si de himnos se tratara. Durante dos décadas, todos los sudafricanos que presumían de rebeldes y de antisistema compraron sus discos, o sus cintas de casete, que para el caso es lo mismo. En los guateques de Ciudad del Cabo, o de Johannesburgo, entre lingotazo de whisky y metedura de mano, las canciones de Sixto Rodríguez daban la pausa necesaria, la anarquía vigorizante, el momento trascendente del ánimo revolucionario. Sixto, a miles de kilómetros de distancia, se había convertido en el inspirador musical de la resistencia.



            Nadie sabe cómo empezó el fenómeno. En una época en la que muy pocos soñaban con el mundo digital, seguramente fue un turista norteamericano el que introdujo el primer disco de Sixto en Sudáfrica, metido en la maleta. Quizá, simplemente, quería escucharlo en las vacaciones; quizá lo traía con la perversa intención de enseñárselo a los amigos, a los amoríos, para que prendiera la llama de la protesta. Quién sabe. Tampoco se sabe nada de los enjundiosos derechos de autor que se generaron con el negocio. El documental sigue la pista del dinero sin llegar a conclusiones ciertas. Sólo sabemos que a Sixto no le llegó ni un duro de su lejano estrellato. No, al menos, hasta que dos fans sudafricanos dieron con él en la década de los 90, y le ofrecieron la posibilidad de dar unos conciertos en su país. Sixto seguía a lo suyo, en su casucha del Detroit post-industrial, trabajando en el negocio de la construcción. Agradecido por el interés, cogió su guitarra, compró un billete de avión y se plantó en Sudáfrica para retomar el oficio de cantautor durante unas semanas. Tuvo que verlo para creerlo. Sólo cuando descubrió que las multitudes, efectivamente, llenaban los escenarios abarrotados, asumió la veracidad de la historia que le habían contado. Las gentes le adoraban como a un dios, como a un Jesucristo de la música resucitado, pues lo habían dado por muerto, por desaparecido, y en un milagro inexplicable, en un acontecimiento mitológico, Él ahora estaba frente a ellos, en el escenario, atacando las viejas canciones, como recién caído de los Cielos.



             Searching for Sugar Man, más allá de un documento notabilísimo, es un motivo de esperanza para los muchos artistas incomprendidos que vagan por el mundo. Como quien esto escribe, sin ir más lejos. En las estadísticas de este blog figura que, de mis cuatro gatos lectores, dos y medio viven en Estados Unidos. Ya que llevo camino de no ser profeta en mi propio país, quizá sea allí, en las Américas, en un viaje inverso al de Sixto Rodríguez, donde estoy sembrando la semilla de mi futuro estrellato, como crítico de cine, como redactor de diarios. Quién sabe. Quizá me está siguiendo un tipo muy importante allá en California, o en Nueva York, que de momento se mantiene en secreto, sin hacerme llegar sus comentarios. Quizá esté esperando la confirmación definitiva de mi talento, de mi ingenio, de mi prosa cautivadora, antes de proponerme la publicación de estos escritos en editoriales muy importantes, de rancio tronío, de las que pagan anticipos, y te pasean gratis por todo el país, de costa a costa, de hotelazo en hotelazo, facilitándote chicas de compañía que quitan el hipo. Tal vez vivo a pocas semanas, a escasos meses, de la gloria definitiva, de la lluvia de halagos, de los números opíparos en la cuenta bancaria. Tal vez, sí...


0

A Roma con amor

La mamma de negros pendientes que te amenaza con el cuchillo en el fragor de la discusión; el recién casado que necesita lecciones de una prostituta para aprender a follar; su fiel esposa, virgen en el noviazgo, a la que sin embargo le bulle la sangre y el adulterio como el magma de un volcán; el vecino anónimo que entona  las arias de Verdi mientras se ducha; la turista americana que se enamora del bello ragazzo de pelo moreno y ensortijado... En A Roma con amor, Woody Allen hace un repaso de los personajes más recurrentes del cine italiano, caricaturizándolos todavía más, cosa que era innecesaria, pues estos estereotipos ya son de por sí exagerados, casi como cartoons a la vera del Mediterráneo. Los italianos, en su cine, salvando el corto período del neorrealismo, siempre se han escondido tras lo excesivo, tras lo histriónico, temerosos de mostrarse al mundo como personas normales, lo mismo en las grandes películas de Fellini que en las gamberradas de Álvaro Vitali, el entrañable Jaimito que amenizó durante años nuestras largas excursiones en autobús.


A mi hermano Allen le ha salido una película simpática y fallida, que no hace daño, pero que no alimenta en absoluto, como esas setas que ni son venenosas ni sirven para la cocina. A Roma con amor es un chiste fácil y prescindible. Queda, como único alimento del alma, este consejo que Leopoldo Pisanello, el personaje de Roberto Benigni, recibe de su chófer:
“Ya se lo dije, señor. La vida puede ser muy cruel y no dar satisfacciones, ni a quien es rico y famoso, ni al pobre desconocido. Pero ser rico y famoso es, sin duda, la mejor de las opciones”.



Queda, también, de A Roma con amor, el aprendizaje de este bello concepto que enuncia uno de sus personajes contemplando la grandeza derruida del Coliseo: Ozymandias Melancholia. Como nada se explica de él en la película, acudo a la red para que mentes más preclaras me iluminen.
En la base de la estatua de Ramsés II (apodado Ozymandias) que se conserva en el Museo Británico, figura esta leyenda:
"Rey de reyes soy yo, Ozymandias. Si alguien quiere saber cuán grande soy y donde yazco, que supere alguna de mis obras”.
Cuando la estatua fue descubierta en el siglo XIX, nada de las obras de Ramsés quedaba en pie. A su alrededor sólo había desierto y ruinas. Esta burla cruel del destino, esta maldad diabólica del paso de los años, inspiró al poeta romántico Percy Bysshe Shelley un soneto inmortal que termina así:

No queda nada a su lado. Alrededor de las ruinas
de ese colosal naufragio, infinitas y desnudas
se extienden las solitarias y llanas arenas.


Woody Allen explica a sí su versión particular de Ozymandias Melancholia:
“Es ese sentimiento de tristeza y depresión que obtienes al darte cuenta de que no importa cuán grande, majestuosa e importante es una cosa en el momento, con el tiempo pasará. Es justamente esa decadente estatua de Ozymandias, antes una magna estatua, ahora un fragmentado trozo de mármol en el desierto. Entonces, tienes ese sentimiento depresivo porque te da un sentido de la inutilidad de la vida, que todo para lo que estás trabajando, y todas las cosas que parecen tan significativas, son nada.”


          
                                                     
0

El dictador

El dictador es la parodia de un déspota norteafricano que parió la mente genial y demenciada de Sacha Baron Cohen. Te partes el culo durante hora y media con los gags muy poco sutiles de este humorista británico que jamás cultivó el humor inglés. El racismo, el sexismo, el terrorismo..., todos los ismos que muchos no osarían abordar pasan por su picadora de carne puesta a mil revoluciones. Baron Cohen se tomó al pie de la letra aquello que recitara el personaje de Alan Alda en Delitos y faltas
           “Comedia es igual a tragedia más tiempo”.
       Sólo doce años después del atentado contra las Torres Gemelas, con medio mundo todavía revuelto con las guerras posteriores, Baron Cohen se atreve con este gag histórico de los supuestos terroristas islámicos en el helicóptero turístico. Quedará para la historia universal de la comedia.


             Te ríes mucho con El dictador, sí, sobre todo si se posee una cabeza a medio cultivar como la mía, tan arcaica y grosera, tan proclive al humor facilón y obsceno. Pero hacia el final de la película, por muy antropoide que seas, se te congela la sonrisa cuando el dictador Aladeen, ante la asamblea general de la ONU, rompe en pedazos el documento que iba a ser la primera Constitución Democrática de Wadiya. Los asistentes, indignados, le abuchean. Pero Aladeen no se echa atrás en su determinación de seguir manteniendo su dictadura:
         “¡Oh, cállense! ¿Por qué son ustedes tan antidictadores? Imagínense que América fuera una dictadura. Podrían hacer que el 1% de la población tuviese todas las riquezas de la nación... Podrían ayudar a que sus amigos ricos lo fueran aún más reduciendo sus impuestos y sacándoles del apuro cuando apostaran y perdieran. Podrían ignorar las necesidades de los pobres en salud y educación. La prensa parecería libre pero estaría controlada en secreto por una persona y su familia. Podrían pinchar teléfonos, torturar prisioneros extranjeros... Podrían manipular las elecciones, podrían mentir sobre por qué van a una guerra. Podrían llenar sus cárceles de un grupo racial en particular y nadie se quejaría. Podrían usar los medios de comunicación para asustar a la gente y hacer que apoyen las políticas que van en contra de sus intereses. Sé que para los americanos resulta difícil de imaginar, pero por favor, inténtelo”.


0

Life aquatic

Nos fue de perlas con Moonrise Kingdom. Y empezamos a congeniar con Academia Rushmore. Pero Life Aquatic nos ha vuelto a enemistar, y me temo que para mucho tiempo. Aquí no era yo el culpable, sino él. El señor Anderson. Ni la mejor de mis predisposiciones ha sido suficiente para superar este quebranto del espíritu. Para disipar esta niebla del chiste incomprendido, de la gracieta sin encaje, del sentido del humor que pasa por encima de mi cabeza como una nube que no derrama su lluvia. Chao, pues, Wes. Chao, retrospectiva, que casi ni llegaste a nacer.


0

Academia Rushmore

Me sucedió ayer con Suspense. Y me ha vuelto a suceder hoy con Academia Rushmore. Nada que no sea la fealdad o la belleza de la actriz principal acude a estos dedos que teclean, a esta mente veraniega que se me ha quedado en blanco, despojada del espíritu literario, abrasada, resudada, incapaz de articular un discurso coherente, responsable con mis escasos pero eximios lectores. El crítico de cine se ha ido de vacaciones, cansado ya de perorar en el desierto, y ahora ocupa su lugar el sátiro de todos los agostos, que sólo se fija en las mujeres, y no en las actrices, buscando resquicios de carne, puntuando los rostros bonitos, haciendo memorias y estableciendo listas de preferidas. Debe de ser Max, el entrañable antropoide que vive en mi patio interior, que aprovecha mis siestas para encender el ordenador, y que anda priápico perdido, jugando a todas horas con la careta del carnero.
          Prometí, hace tres meses, después de ver Moonrise Kingdom, reconciliarme con este director de humor tan particular, de estilo tan irritante en ocasiones. Aquella película de Wes Anderson me dejó pensativo, y triste. Flotaba sobre la historia un algo indefinido sobre la niñez perdida, sobre la madurez inalcanzada del carácter. Moonrise Kingdom es una película de las que vuelven cada cierto tiempo a la mente, con un fotograma, o con un diálogo. Quería, en agradecimiento por el regalo, volver sobre mis pasos y dedicarle una retrospectiva al cineasta otrora maldito. Averiguar si Moonrise Kingdom es una maravillosa excepción en su filmografía, o si era yo, en cambio, el que otras veces entraba torcido en sus películas, quizá mal advertido, quizá demasiado impaciente ante sus propuestas peculiares.


               
               Hoy he descubierto que lo que hace años me pareció incomprensible o absurdo en Academia Rushmore, ahora me resulta familiar, extrañamente personal, como si repensar mi propia adolescencia ya no fuera una tarea farragosa y doliente. Como si hubieran cedido algunas reticencias, y se hubiesen abierto algunas compuertas. Daría para mucho escribir, este redescubrimiento de la propia adolescencia en la figura de Max Fisher, alumno gafotas y solitario, enamorado contumaz de la chica equivocada e inaccesible. Daría para hablar de cosas muy importantes y profundas: del paso de la edad, del proceso de aprendizaje, de los traumas que se quedaron y los traumas que se fueron curando. Pero ya digo que nada crítico o ilustrado sale estos días de mi redactar. Academia Rushmore, en manos de otro cinéfilo más inquisitivo, de otro literato más arrebatado, daría incluso para una novela que continuara las andanzas de Max Fisher. Yo, en cambio, que me dedico a escribir este diario para pasar el rato, y para que pique alguna trucha de rubios cabellos, me he pasado la película entera amando a Olivia Williams cuando salía en pantalla, y echándola de menos cuando no estaba, y los pensamientos profundos, que los tuve, se han ido diluyendo en este magma espeso del deseo, que borbotea y aúlla y se regodea. Una vergüenza de comportamiento; un descontrol del raciocinio; un ejemplo más de que esto va camino de convertirse no en un diario personal, ni en un dietario de cinéfilo, sino en la consigna rutinaria, a medias poética y a medias marrana, de mis amores por las mujeres virtuales y preciosas, como Olivia Williams, en aquella flor de su edad, mon amour



0

Suspense

Cuarenta años contemplaban a Deborah Kerr cuando interpretó a esta institutriz chalada -¿o no?- que lleva la voz cantante en Suspense, clásico en blanco y negro sobre una casa encantada -¿o no?- poblada de lúbricos fantasmas.
       Suspense a veces aparece en las enciclopedias como The Innocents, título original, y a veces como Otra vuelta de tuerca, título de la novela decimonónica que sirve de inspiración. Tal es el galimatías, y tal es mi incultura, que sólo hoy he comprendido que los tres titulos eran en realidad la misma película, como una santísima trinidad que se resumiera en un único dios verdadero. Cuarenta años, decía, tenía Deborah Kerr en aquel rodaje. Cuarenta y uno tengo yo, a estas alturas de mi propìa película, y sin embargo esta mujer me parece mayorísima, carente de todo atractivo sexual. No era Deborah Kerr, ni mucho menos, la actriz más guapa del momento, y los vestidos victorianos de Suspense tampoco ayudaban mucho a resaltar sus méritos femeninos. Soy consciente de estas limitaciones, pero no es ahí adónde voy. Quiero decir que siendo yo coetáneo de las mujeres de cuarenta años, Max, mi antropoide, que vive encerrado en mi interior, y dicta mis deseos más inconfesables, ya las considera viejas, y despojadas de todo interés. Es un querer pero no poder, abocado a la desgracia y a la incomprensión. Quisiera convencer a Max de su error, de su desfase cronológico, de su apuesta perdedora por las más jovencitas del lugar, pero no puedo. En estos asuntos del corazón él se ha hecho con el mando a distancia, y controla las hormonas, y los instintos, y no lo suelta ni dándole de hostias, como un mono juguetón que es. Es el síntoma inequívoco de que me he hecho mayor. Muy mayor. Casi un viejo verde. Con la barba teñida de blanco, y el alma tiznada de negro. Dicen que es el destino común, la etapa obligatoria, el último gran deseo reproductor antes de que el antropoide se haga definitivamente viejo y se retire a la copa de los árboles, a dormitar siestas, y a zampar plátanos. Y a ver la tele. Será eso. 


       

 Cantaba Javier Krahe:
Que toca la de otoño, pues que toque
que trastoque tu vida y tu cuaderno,
corazón otoñal, hasta el disloque,
otozán corañol, hasta el invierno. 


0

Siempre feliz

Soy incapaz de recordar, en el inicio de la película noruega Siempre feliz, qué critico de qué revista, o de qué radio, en el momento más tonto de una mala tarde, me convenció hace unos meses para salir a pescar este bacalao de los fiordos. Ya he dicho alguna vez que con mis olvidos podría escribirse la segunda parte de Psicopatología de la vida cotidiana, un volumen dedicado exclusivamente a esta fatigosa labor de mi cinefilia, que no sabe por dónde anda, que muchos días funciona autónoma o sonámbula sin que yo mismo sepa muy bien de sus tejemanejes. Soy un cinéfilo dominado por su subconsciente, o por su preconsciente, que todavía no los distingo muy bien, un paria de mis propios impulsos que sólo cuando redacta estas líneas cae en la cuenta de dónde está, como un secuestrado con los ojos vendados que desconoce los vericuetos que lo han traído hasta el escritorio.



           Siempre feliz no es una película memorable, la verdad. Un enredo de parejas muy liberales allá en la idílica noruega, donde lo del folleteo, al parecer, está a la orden del día, con tanto frío en el exterior, y esas nevadas que nunca cesan, y esas camas enormes que parecen tatamis donde se podría llevar una vida completa al resguardo de los elementos. Y esas noruegas, claro, tan hermosas, y esos noruegos, tan altos y fortachones. Cada vez que una pareja de noruegos se conoce saltan chispas inmediatas, de tan seductores como se reconocen. Si no fuera por los fríos perpetuos de Escandinavia, Noruega habría ardido en llamas hace tiempo, con tanto bosque sobre la tierra, y tanto petróleo bajo el mar, y tanta fricción calorífica generándose en los dormitorios. 

 


         Siempre feliz se parece mucho a La comedia sexual de una noche de verano, solo que transcurre en varias noches de invierno, y no sale Woody Allen sembrando sus filosofías. Sí sale, en cambio, como un regalo de los dioses nórdicos, siempre más generosos que los del Mediodía, un ángel moreno que convierte la película en una experiencia religiosa, en un acercamiento místico a las sagas medievales de los vikingos. Gracias a esta actriz llamada Agnes Kittelsen, que no camina, sino flota, que no sonríe, sino ilumina, que no acaricia penes, sino que regala el Paraíso, Siempre feliz, que iba a ser guardada en las cajas precintadas de los trasteros sin luz, entrará a formar parte de mis recuerdos más vívidos, más inestimables. Agnes, con su sola presencia, de la que se desprenden rayos de belleza y efluvios de pasión, ha obrado el milagro de la transustanciación fílmica: del cagarro en oro, del bostezo en babeo, de la indiferencia en Amor.



0

Si quiero silbar silbo

El cine rumano se ha puesto muy de moda en los festivales, en los salones oscuros donde los entendidos se reúnen para repartir los aplausos y los premios. Sin embargo, al conocimiento de los aficionados rasos, de los cinéfilos del montón, de los peliculeros prêt-à-porter como quien esto escribe, sólo llega una perla cada tres o cuatro años, como aquella de La muerte del señor Lazarescu, o 4 meses, 3 semanas, 2 días. Uno, por supuesto, si fuera un cinéfilo de actitud responsable y educado en el buen gusto, podría lanzarse a la búsqueda, a la indagación, al visionado sistemático de esta nueva ola que proviene del Mar Negro. Pero soy, como ya he dicho muchas veces, un aficionado sin tiempo, desorganizado, veleidoso, lobotomizado por los yanquis, y el cine rumano, así de sopetón, por mucho que digan, y por mucho que lo ponderen, suena como una muralla infranqueable, como una fortaleza inexpugnable. Lo dices así, muy despacito, mascando suavemente las palabras, cine rumano, y uno barrunta una cinematografía espesa, aburrida, con mucho poscomunismo, mucho drama social, mucho silencio transilvano para los buenos entendedores. Mucho actor no-profesional dejándose la piel junto a mucha actriz profesionalísima, y feísima.

          

           Luego, con películas tan meritorias como Si quiero silbar, silbo, del hasta ahora ignoto director Florin Serban, uno se arrepiente al instante de pensar tales memeces sobre nuestros compañeros de romanización, y mucho más de escribirlas, y de darlas a conocer a los lectores que todavía sobreviven a mis tonterías. Sobre todo a las rubias guapísimas que hasta ahora aplaudían mi cosmopolitismo, mi anchura de miras, mis exóticas aventuras por las lejanas cinematografías del mundo, donde sólo sobreviven los más apuestos intelectuales armados de gafas y mando a distancia. Dan ganas, sorprendido en estos pecados de desconfianza, de coger el teléfono y preguntar en información por algún cura rumano que imparta sus homilías en los alrededores, y lanzarse corriendo a la parroquia para ser oído en sagrada confesión. Tendrían que ser muchos los padrenuestros, y los avemarías, para purgar tamaña indecencia, tamaña aprensión innata hacia el cine de su patria. Pobrecicos. No les queremos ver ni al natural, ni proyectados sobre una pantalla. Somos -éramos- los nuevos ricos del Mediterráneo, con unas ínfulas ya más ridículas que otra cosa.

0

Noche en La Tierra

Son difíciles de enjuiciar las películas que se componen de episodios, de historias sueltas que apenas guardan relación entre ellas. De Noche en la tierra, cuyo hilo conductor son los taxistas en la madrugada, estoy seguro que dentro de unos meses, cuando caigan las primeras nieves, y el fútbol haya congestionado el tráfico de datos en mi cabeza, sólo recordaré el episodio de Roberto Benigni conduciendo por las calles de Roma, confesando sus pecados sexuales al cura que lleva detrás como cliente. Además de la risa, le queda a uno el asombro de saber, previa consulta por internet, que su monólogo diabólico es en gran parte improvisado. Es la marca de los genios.


             Me quedará, también, la historia que abre la película, la de Winona Ryder haciendo de taxista malhablada y cazallera en Nueva York. Da lo mismo que se vista de marimacho, que lleve el uniforme manchado de grasa, que lleve puesta la gorra y las gafas de sol. A mí no me engaña. Por debajo del disfraz está la actriz que yo tanto amaba por entonces, preciosa y pequeña como una muñeca, tan parecida a las novicias libidinosas, a las mujercitas que esconden un volcán en cada poro, un terremoto en cada mirada. Joven y enamoradizo como yo era, quise tatuarme su nombre en el antebrazo, junto a la promesa de amarla para siempre: Winona Forever. Pero se me adelantó ese capullo de Johnny Depp, que la tenía más cerca, y además ganaba muchos más millones. Luego, a los pocos años, dejó de amarla, y se borró el tatuaje, y cuando quise reaccionar ella ya estaba en brazos de otro tipo de Hollywood, también guapo, y millonario, y con la mansión deslumbrante apenas a dos pasos. Malditos todos... 

 

0

Distant voices

De aquellos polvos de Mark Cousins y su Historia del cine, bajan todavía, por las torrenteras ocasionales del verano, estos lodos de películas descatalogadas, semiolvidadas, que voy descargando fatigosamente en internet, y entre las que busco, armado de criba y paciencia, esas pepitas de oro que el crítico irlandés juraba haber visto en el barro, con aquella voz suya de liante profesional que lo mismo te vendía la moto que la gasolina necesaria para hacerla funcionar.
Después de ver Distant voices, still lives, todavía no sé si el pedrusco que he encontrado en mitad del arroyo es oro o pirita. A ratos te emocionas con la película, y a ratos te adormilas, y te vas. Cuando esta familia obrera rememora la mala vida que les dio el padre y marido, allá en el adosado cutre de Liverpool, uno sintoniza con el pesar de estos proletarios atrapados en el paro, en el subempleo, en el alcohol, en el apagón vertiginoso de los pocos sueños que concibieron. Es el ciclo interminable de los pobres, que sólo un genio del balón, o una primitiva del copón, o un arrebato emulador del Dioni, será capaz de romper. Pero luego, cuando la película cambia de escenario, y pasamos al pub donde la familia se reúne con las amistades a celebrar la vida, uno empieza a dar cabezazos en la siesta estival, y maldice la sonoridad de esas canciones folclóricas que no dejan conciliar la modorra, y que los personajes no paran de corear a voz en grito, cómo sólo saben hacerlo los británicos borrachos, y las británicas bebidas. Distant voices, still lives: o las voces amargas del pasado, o las músicas joviales del saberse vivo. Un capricho personal del puñetero Mark Cousins. Una interesante pérdida de tiempo. 




0

El crack

Un conocido de Invernalia, de cuyo nombre no quiero acordarme, me recomendó El crack poco después de fallecer Alfredo Landa. Añadió, para darle más énfasis al consejo, sabiendo que Garci es un apellido que tengo prohibido por el psiquiatra, que en la película salía Ponferrada, subcapital de estos reinos, quizá la ciudad de cincuenta mil habitantes menos filmada del mundo, compartiendo el podio con alguna de Nigeria, o de Bolivia. ¿Ponferrada?, le pregunté. ¿Estás seguro? ¿En una de Garci? Que sí, hostia, que sí, que la he visto y sale, o la mencionan, ya no me acuerdo...



       Meses después de su recomendación, encuentro el humor y el hueco para ver El crack. ¿Ponferrada? Al principio de la película, en el despacho del detective Areta, se presenta un señor que dice provenir de allí, con el diario ABC bajo el brazo. Cuenta que está buscando a su hija desaparecida en los Madriles, seducida a buen seguro por algún hippy de la movida, un drogota de esos que votan a los socialistas. Anuncia que se va a quedar en la capital por unos días, arreglando unos negocios, y que espera noticias prontas de la descarriada. Y hasta ahí, en esa sucinta línea de guión, llega la histórica aparición de Ponferrada en El crack. Ni un flashback explicativo, ni un recuerdo feliz del atormentado padre, quizá en el parque del Plantío, o en el del Temple, compartiendo el solecito con su hija todavía no perdida. Nada volvemos a saber de estas verdes tierras, de esta apartada comarca de la remota provincia del brumoso noroeste. Los espectadores ya sólo saldremos de Madrid - fotografiado hasta la extenuación en planos “homenajeados” de Manhattan- para darnos una vueltecica por Nueva York, donde se ajustarán las cuentas finales entre el bueno de Areta y los malosos de las finanzas. 



            Garci, por esta época, era un acróbata joven que aún mantenía el equilibrio en la cuerda de la cursilería, y le salían unas películas apañadas, que treinta años después todavía aguantan un visionado sin sonrojarse. Y sin sonrojarnos. Estas películas se han convertido, además, en testimonios muy valiosos de una España que parece distar mil años y sin embargo yo mismo viví, sin móviles, sin internet, sin televisiones privadas, con adultos llenando las salas de cine gigantescas. Con José María García subido el púlpito nocturno de la cadena SER -¡qué recuerdos, oh dioses del tiempo!-, dándole caña a Pablo Pablito Pablete. Qué jabato. Faltaba algo más de una década para que Garci se cayera del caballo camino de Gijón y se pegara una hostia de impresión, y se convirtiera, tras la convalecencia, en un ultracentrista moderado, en un lacayo sonriente de la hiena del bigote, y la cursilería antes contenida se hiciera dueña absoluta de su cerebro, y le negara la capacidad del raciocinio a la hora de filmar. De Canción de cuna para acá, Garci ya sólo gusta a las sexagenarias, a los pedantes, a los cultos de derechas, sobre todo a estos últimos, que presumen de ser los únicos entendidos de su poesía visual, de su literatura estomagante, de su cine complejísimo y cojonudo, no como esos rojos de mierda que sólo se emocionan con los diálogos del teatro lorquiano. Los de ese maricón.


0

Son de mar

Vuelvo a ver, en retrasadísimo homenaje a Bigas Luna, que ya va el pobre para cuatro meses, Son de mar. Había que elegir una película entre las más potables de su repertorio, que tampoco son demasiadas, y he decidido, secuestrado por la lujuria, y por el amor, revisitar a Martina, allá en Denia, a ver cómo le va el trajín sexual con sus dos amantes, el bobo del poeta, y el listillo del constructor. Ya saben mis íntimos, los pocos de la vida real, y los menos que leen estos desahogos, que Leonor Watling, más que una mujer hermosa, o que una actriz predilecta, es el amor de mi vida soñadora, la musa de mi romanticismo siempre perdido en las nubes. Ella es el alfa y el omega de todas las virtudes femeninas que concibo, el espejo invencible en el que se miden, y caen abatidas y derrocadas, como guiñapos lastimosos, las grandes bellezas del mundo. Leonor, sin que ellas lo sepan, es una mujer con la que no pueden compararse, porque ella, por debajo de la piel y la carne, es una diosa antiquísima que se trajeron aquí los romanos en tiempos de la conquista, ya mitad británica y mitad celtibérica; una diosa inquieta, traviesa, que no sabe parar quieta en el Olimpo, y que en cada generación elige una mujer mortal en la que encarnarse, para jugar al deseo con los hombres, y sentir la inigualable experiencia de sentirse viva.

0

Sacrificio

Es un chiste muy malo que a buen seguro repiten los odiadores oficiales de Tarkovsky, que imagino legión, y muy indignados. Y abiertos, espero, a nuevos ingresos en el club. Pero ha sido un sacrificio, agónico, de mil pausas para ir a mear, de mil cambios de postura en el sofá de pronto incomodísimo, de tres sesiones repartidas en tres días para mejor sobrellevar el metraje interminable, llegar hasta el último minuto de Sacrificio, la que decían obra inmortal del cineasta ruso, testamento vital de su poderío narrativo y visual y tal y tal. Sacrificio no es una película: Sacrificio es poesía, asociación libre, ida de olla. Ideorrea de visionario que lo mismo filosofa que balbucea; que lo mismo alterna sentencias enjundiosas que uno apuntaría en el cuadernillo con diálogos para besugos que vuelven a los personajes estúpidos, y a los espectadores cómplices del desatino. Sacrificio, como ejercicio experimental, como mezcolanza inenarrable de lo simbólico y lo onírico, de lo religioso y lo lunático, de lo entendible y lo grotesco, debería estar en los museos de arte moderno, y no en los cines, ni en los DVDs. Deberían proyectarla sobre las paredes, o sobre los lienzos colocados ex profeso, al lado de las pinturas abstractas, de las esculturas retorcidas, de las fotografías en blanco y negro que nadie sabe interpretar. Llamar cine a este corta y pega de ocurrencias, de planos estilosos, de paisajes imponentes, de personajes zumbados, de argumentos sin hilo, es una exageración. Y una estafa. 


            Y basta. Aquí detengo mi ataque, que vengo muy recto, y con ganas de bronca. La impotencia se me torna en ira, y la limitación intelectual en sorna muy ácida. Soy un paralítico incapaz de trepar a tales alturas del cine culto. Lo mío es el campo base del cine americano, y sus plácidos alrededores. Cuando arrecia la ventisca, y la cuesta se pone jodida, yo prefiero quedarme aquí, al calorcillo de lo facilón. Ni con cien sherpas que me llevaran en volandas subiría yo a las montañas donde ya no existe la lógica, ni la narrativa, ni nada que se le parezca. Allá donde los creadores hacen versos con la cámara y rimas asonantes con los ombligos, hace un frío de la hostia, y además se respira muy poco oxígeno. Si quieres seguirles el rollo, terminas por asfixiarte, y por volverte loco. No pertenezco al círculo exclusivo de los que sí entienden estos onanismos alpinos. Afortunados exégetas... Se ve que hay que nacer para ello, con una sensibilidad especial, con un gen de más. Se ve que estas cosas, además, las enseñan en las Escuelas de Cine, tan escasas, y tan caras: Estudio y análisis de los cineastas plúmbeos, primer cuatrimestre para los nórdicos, segundo cuatrimestre para los soviéticos. Sea como sea, vivo fuera del secreto. Yo voy por la vida sin estudios, sin espíritu poético, y así es imposible construirse una cinefilia como Dios manda, respetable y académica, de la que poder presumir en los foros, y no como esta mía, tan de andar por casa, tan poco presentable, tan básica que da un poco de penita. Puto Tarkovsky. O Tarkovskij. Que hasta en eso, ando perdido.


0

Greenberg

Debió de ser el mismo día que apunté Dredd en la agenda cuando anoté, a su lado, con varios subrayados apresurados, la necesidad imperiosa de ver Greenberg. Y es que una mala tarde, como decía Chiquito, la tiene cualquiera. Algo que leí en las revistas, o en los foros, me indujo a pensar que en Greenberg había una película notable, digna de robarme dos horas de mi tiempo menguante y escogido. Quizá me bastó con saber que su trama giraba alrededor de un cuarentón en plena crisis existencial, y ya no me detuve a tomar en cuenta otras consideraciones. Las críticas de mis críticos de cabecera, por ejemplo, Boyero, o Marchante, que sólo ahora, cuando ya es demasiado tarde, he leído, y he vuelto a leer, desconsolado.


           Y es que uno, con la cuarentena ya rebasada, anda muy apesadumbrado con este asunto de los años que se van, y cada vez que conoce a un coetáneo sumido en parecidas quejumbres, en cualquiera de los dos mundos que habito, entabla conversación y trata de extraer reflexiones que le guíen en el tortuoso camino: filosofías del consuelo, ejemplos de aceptación, reconciliaciones gozosas con la edad que no se detiene. Del personaje llamado Greenberg, la verdad, no he sacado gran cosa. Recién salido de un manicomio, se guía por la vida de un modo extraño y errático. Más extraño y errático que el de cualquiera de nosotros, para entendernos. Al principio de la película alcanzo cierta complicidad con este fulano que no sabe conducir, que se queja por todo, que huye de la gente como alma que lleva el diablo. Me hago ilusiones por momentos. He aquí, al fin, después de muchos meses de ficción, un alma gemela en la que verme reflejado. Un cuarentón con el que tomar unas birras en la barra del bar e intercambiar nuestras cuitas del pito deprimido, de las jovencitas que no nos miran, de la media vida tirada a la basura. Pero luego, el muy tontaina, echa a perder una relación maravillosa con una veinteañera guapísima, aunque algo desnortada, que anda enamorada de él. Es ahí cuando descubro que en el fondo Greenberg es un pobre gilipollas, un pobre imbécil con el que nada tengo en común. Pago las birras con un puñado de dólares y me despido de él con un tosco saludo. El resto de la película sólo es el decorado de fondo de mis torvos pensamientos. Al final, casi sobre la campana, Greenberg, tras varios devaneos sin fruto, se decide a ir por la chica. Pues muy bien. No rectifican los sabios, sino los que se equivocan. Y este bobo, rechazando a Greta Gerwig, que no es precisamente la Reina del Chantecler, pero que ya quisiéremos todos como antorcha en esta cueva sin salida, comete un error imperdonable. De juzgado de guardia. De amistad imposible. De interés personal nulo. De tarde lastimosamente perdida.

     
0

El ala oeste de la Casa Blanca. La hija de Leo

Se pasea por El ala oeste de la Casa Blanca una actriz llamada Allison Smith cuya belleza, apabullante, pelirroja, de una piel tan blanca como el mármol, me eriza el vello de los brazos y me deja mudo de la impresión. Interpreta a Mallory O'Brien, la hija de Leo. Mallory sale muy poco, en episodios muy escogidos, porque en estos guiones poco importan las vidas personales de los personajes, y sí mucho el ajetreo diario de sus despachos. El foco está en las negociaciones, en las trapacerías, en los duelos dialécticos, y los sentimientos sólo son pinceladas muy finas que vienen a recordarnos, de tanto en tanto, que el equipo de Bartlet lo conforman hombres y mujeres, y no robots que dirigen los destinos ficticios de América. 



    Sin embargo, cuando aparece en acción Allison Smith, casi siempre para reprocharle algo a su padre, o para incitar sexualmente al tontorro de Rob Lowe, uno preferiría que la serie se quedará ahí para siempre, en su vida de niña pija, con sus clases de tenis y sus cenas en los restaurantes. Con su apartamento en Manhattan y su mansión en Martha's Vineyard. Con sus novios y sus langostas, sus diamantes y sus palos de golf. Uno, enamorado, subyugado, perdido el oremus, votaría porque le dieran una serie entera a su personaje, un spin-off en el que Bartlet y su tropa sólo fueran invitados ocasionales que asomaran la jeta de vez en cuando, y ella, Mallory, Allison, fuera la protagonista absoluta del cotarro.


0

El ala oeste de la Casa Blanca. La propaganda

El ala oeste de la Casa Blanca es una maniobra de distracción. Nuestros enemigos del Imperio le han encargado a Aaron Sorkin el retrato afable de un gobierno norteamericano al que cuesta mucho odiar. Viendo al presidente Bartlet y su equipo de asesores, uno siente que el síndrome de Estocolmo se adueña de su voluntad. Aaron Sorkin, que es un tipo inteligentísimo de verborrea inagotable, nos presenta a nuestros enemigos de clase como tipos majos, abnegados, que exprimen sus inteligencias y sacrifican sus horas de sueño por el bien de los ciudadanos. 
     Bartlet and company son miembros del Partido Demócrata que están muy alejados de las posiciones rancias de los republicanos. Entre ellos no hay halcones de guerra, ni cristianos iluminados, ni neocons que defiendan la necesidad de robar más dinero a los pobres. A todos les duele la pobreza, la marginación, la destrucción del medio ambiente. Están en contra de la homofobia, del racismo, de la superstición. Cuando pierden una batalla política con la derecha, la rabia y la impotencia se traslucen en sus rostros. Aporrean las mesas, maldicen en arameo, bajan a los bares de Washington a beber bourbon para olvidar. Son unos tipos sensibles, y unos actores cojonudos. Pero a mí no me engañan. Sorkin no me engaña. Del mismo modo que The Newsroom es el retrato ideal de lo que debería ser una redacción de noticias, El ala oeste de la Casa Blanca es el retrato quimérico de lo que debería ser un gobierno decente. Un grupo de buenas personas que resisten hasta donde la ley les deja, hasta donde los cálculos electorales se vuelven ruinosos. A veces, en según que tramas, en según qué diálogos, dan ganas de ponerse en pie y aplaudir. ¡Pero vade retro, tal impulso! Quieren engañarnos, los mandamases del enemigo, con estas artimañas producidas en Hollywood. Sorkin es un soldado que escribe. Un paniaguado de la CIA. Los espectadores más desinformados podrían pensar que tipos como Barak Obama no están muy lejos de Bartlet. Que simplemente han vivido un contexto histórico muy complicado, de fuerzas oscuras que luchaban coaligadas. Qué patraña más gorda. Qué hábil, y que ladino, es este Sorkin...


0

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com