Masacre, ven y mira

Hace unos meses, en sus documentales sobre la historia del cine, Mark Cousins, enfervorizado con cualquier película que no fuese norteamericana, afirmaba que Masacre: ven y mira era la mejor película bélica de todos los tiempos. Y uno, que se dejaba llevar por sus entusiasmos, por su voz melódica de crítico apasionado, se la descargó en internet, gota a gota, byte a byte, en un destilación lentísima que venía a indicar que eran pocos, muy pocos, los cinéfilos del ancho mundo que la guardaban en sus discos duros como un tesoro. Uno nunca sabe qué pensar de estas películas que jamás pasan por la tele, que nunca están disponibles en DVD -o llevan lustros descatalogadas-, que vas a robarlas en los naranjales de los cinéfilos y te encuentras con que sólo hay dos exquisitos agricultores que las cultivan. O son obras maestras que sólo unos pocos han sabido descubrir, o, lo más frecuente, tonterías elevadas a los altares por las sectas más radicales de los cinéfilos, que adoran al mismo dios del cine que yo adoro, pero de un modo estrambótico, proselitista, casi siempre muy exagerado.



           Masacre: ven y mira no merece ni las babas goteantes de Mark Cousins ni el olvido casi sádico de las programaciones. Los primeros cuarenta minutos sólo se aguantan porque uno, que ya tiene el culo entrenado, y el bostezo domesticado, espera que acontezcan las grandes cosas anunciadas por Cousins. Hay mucha poesía visual, muchos paisajes bielorrusos, muchos silencios de la estepa, pero la guerra transita a lo lejos, como un murmullo, como una excusa para que sigamos las andanzas de este chaval alistado en las milicias. Es cine pre-bélico, más que bélico. Es, para que nos entendamos, cine soviético anterior a la Perestroika, y sus formas narrativas chocan con la formación de un súbdito entregado al imperialismo yanqui. Si no fuera por la presencia angelical de esa actriz llamada Olga Mironova (a la que no dedicaré ningún piropo exagerado porque soy incapaz de averiguar su edad, y no quiero pasarme el resto del verano escribiendo desde la cárcel de Mansilla), uno mandaría a Cousins a freír espárragos en la estepa bielorrusa, o siberiana, donde más difícil resulte cultivarlos.


                Y de repente, con un bombardeo aéreo del bosque donde se guarecen los milicianos, llega la guerra. Y con ella, nuestra atención renovada, que perdurará, ahíta de sucesos, hasta el último segundo de la película. Pero más que la guerra, como otro jinete del Apocalipsis, llega la barbarie, la limpieza étnica. La matanza disfrazada de Lebensraum, de espacio vital para los germanos. No hay batallas en Masacre: ven y mira. Sólo asesinatos en masa perpetrados por los Einsatzgruppen de las SS, desbocados por las aldeas de Bielorrusia sin hacer distingos de edad o de sexo. La consigna es clara: los eslavos constituyen una raza inferior, y además son comunistas, y cripto-judíos, y por tanto merecen morir. Y más que nadie, como objetivo principal, los niños, calificados como los “enemigos del mañana”. Sólo un puñado de hombres conseguirán escapar de las matanzas sistemáticas y refugiarse en los bosques, a reforzar las guerrillas, a esperar el invierno y la llegada salvadora del Ejército Rojo. 


           Masacre: ven y mira. Y uno, efectivamente, no deja de mirar. Aunque lo que sucede en la aldea de Peredoji le produzca el asco infinito, la rabia impotente, la vergüenza renovada de pertenecer a la especie humana. Elem Klimov, el director de la función, no ahorra detalles del exterminio aldeano. El terror, los gritos, el sufrimiento imaginado e inimaginable de esos pobres campesinos atrapados por la locura. Y también, como guinda, la carcajada sádica de los soldados alemanes, ejecutantes alegres de las órdenes recibidas. Quizá los caricaturizaban mucho, en el cine soviético de la posguerra, y exageraban su maldad intrínseca, su crueldad inherente de teutones invasores. Uno, que siempre ha preferido el realismo más plausible, prefiere pensar que los soldados de la Wehrmacht obedecían con la cabeza gacha y las manos temblorosas. Mejor matar que ser juzgado en un consejo de guerra. O quizá no, quién sabe. Tal vez se conducían así, como los retrata la película, reducidos al salvajismo por la propaganda escuchada durante años, convencidos de que los eslavos eran simples alimañas que había que exterminar sin remordimientos, como lagartijas, o como moscas. Nunca sabremos la verdad. Los soldados que lanzaron las bombas o manejaron los lanzallamas luego murieron en la misma guerra, o mintieron como bellacos cuando ésta terminó, para ocultar la vergüenza. De los testigos que sobrevivieron sólo podemos escuchar opiniones sesgadas, teñidas de odio. De los muertos, por supuesto, no nos ha llegado ningún testimonio.


 

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