Punch-Drunk Love

Días después de haber visto The Master, la resaca de sus imágenes todavía martillea en mi cabeza. Bajo la ducha, en el autobús, en la espera de los alimentos que se cocinan, en las pausas donde la vida se suspende y las urgencias se diluyen, regresan al primer plano los diálogos poderosos, los actores carismáticos, los debates sobre la utilidad o la inoperancia de las psicoterapias y los magisterios.... Sin haberla entendido del todo, The Master posee un influjo hipnótico que sobrevive a los días, y a las otras películas que se van acumulando. 



            Es el mismo efecto que me produce otra película de Paul T. Anderson, Punch-Drunk Love, la comedia romántica –por describirla de algún modo- que hace una década nos dejó a todos descolocados, con cara de bobos. Las desventuras de Adam Sandler enamorado de Emily Watson dividieron a la cinefilia en dos bandos irreconciliables: los que no entendieron la película, y la odiaron, y los que tampoco la entendimos, y sin embargo le hicimos un hueco de honor en nuestra estantería. He esperado dos días para escribir sobre ella, a ver qué poso dejaba en mi ánimo. Y tengo que confesar, postrado de hinojos, que me gusta cada vez más. Son ellos,  los demás cinéfilos, los que me llaman estúpido y suicida, los que circulan en sentido contrario por la autopista. Sigo encontrando algo muy familiar, muy verdadero, en la locura infantil de estos dos amantes vestidos de rojo y azul. Son irreflexivos, impulsivos, muy poco consecuentes con sus actos. Se enamoran sin cálculo, sin método, de la persona quizás menos indicada. Los que así nos hemos enamorado alguna vez, en nuestra juventud, en nuestro esplendor en la hierba, nos reconocemos en el dislate de las hormonas que se revuelven, de las neuronas que se desconectan. O que se conectan al tuntún, en una catástrofe bioeléctrica. Las personas cabales, de cerebros bien estructurados, no pueden entender Punch-Drunk Love. Sus personajes les parecen sacados de una ciencia-ficción muy lejana, o de un manicomio provincial muy cercano. Se pierden en las reacciones contradictorias, en los arrebatos impetuosos, en las decisiones poco juiciosas. Nosotros, sin embargo, los que hemos nacido con taras parecidas, vislumbramos cierta lógica en la incoherencia, cierta lucidez en el desatino. Nosotros, los imperfectos, los enamoradizos, los entregados a la causa de Paul T. Anderson, tampoco entendemos Punch-Drunk Love, pero sabemos  muy bien de qué va.


Amigo: Si quieres que te dé el teléfono de un psiquiatra, puedo hacerlo. No hay problema. Pero, ¿qué te pasa exactamente?
Barry: No sé si me pasa algo, porque no sé cómo son los demás.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com