Hannibal

Veo los dos primeros episodios de la serie Hannibal, y el derroche de sangre caliente, recién asesinada y esparcida por las paredes, no termina de deshelar mis prejuicios congelados. Ni siquiera la presencia de Mads Mikkelsen, ese actor danés de rostro inquietante, es capaz de atrapar mi atención distendida. El entrañable Hannibal Lecter sale muy poco, y además su participación en los crímenes es confusa, minimalista, como mal explicada.
               Ocurre, también, para qué vamos a engañarnos, que uno ya está  harto de las series sobre psicópatas asesinos. Uno, con el tiempo, ha aprendido más cosas sobre la psicología de estos dementes que sobre la psicología infantil que me da de comer en el trabajo. Los rituales, las manías, los modus operandi..., está todo muy visto, muy archisabido. Al final, para que el espectador no se aburra, y no se fugue a otras ficciones de la competencia, los guionistas inciden en la brutalidad de los crímenes, en la asquerosidad de las vísceras, en el rojo impactante de la sangre mezclada con el gris neuronal de los sesos. Pero estas cosas tampoco impresionan ya a los espectadores avezados. Al mismo tiempo que hemos estudiado este Máster en Psicología de Serial-Killers, hemos ido convalidando varias asignaturas en la especialidad de cirugía interna. De las vísceras humanas, y de cómo explotan, y de cómo se desgarran con los disparos o las puñaladas, ya somos verdaderos estudiantes aventajados, de tercer o cuarto curso por lo menos.





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