Maridos y mujeres. El Pequeño Diccionario de Actrices Fugaces

Uno de mis viejos proyectos jamás escritos es el Pequeño Diccionario de Actrices Fugaces. En él recogería el paso efímero por las películas de esas mujeres hermosas que se atisban en segundo plano, que apenas recitan una frase y luego desaparecen de la trama dejando el recuerdo de un pétalo, el halo de una fragancia. Mujeres que aprovechan sus escasos segundos para dejarnos enamorados y luego se van sin despedirse, sin haberse presentado siquiera, escondidas en la letra pequeña de internet. A veces son actrices de carrera, sólidas, que están interpretando sus primeros papeles en el negocio y que aspiran, con los años, a convertirse en las estrellas rutilantes que encabecen los repartos. En Recuerdos, una chica rubísima de rasgos felinos que IMDB describe como pretty girl on train, y que aparecía unos instantes en la escena onírica del vagón, dejaba turulatos a los espectadores masculinos del año 1980. Carentes del privilegio de la clarividencia, aquellos hombres no podían saber que ella, la chica misteriosa del beso lanzado al aire, terminaría convirtiéndose en la mismísima Sharon Stone de las piernas descruzadas y la braga olvidada en casa. 


Otras veces, en cambio, son actrices principiantes, u ocasionales, a veces misteriosas, borradas de los registros como espías de la CIA, o terroristas de la belleza. Hace unas semanas, en este mismo diario, uno caía al suelo atravesado por la flecha de Cupido mientras en la pantalla, en el último episodio de Life’s Too Short, Sophie Ellis-Bextor pronunciaba sus dos frases y desaparecía de mi vida quizá para siempre, pues ella gana sus dinerales en otros mundos de la canción y la moda. Hoy, en Maridos y mujeres, he conocido a una chica llamada Galaxy Craze que encarnaba -en breves segundos llenos de una sensualidad arrebatadora- a la ex-mujer del personaje de Woody Allen. Mientras la voz en off recuerda la turbulencia de aquellos años salvajes, ella, Galaxy, refulgente como mil estrellas, se dirige hacia la cámara recién salida de la ducha, con una toalla colgada del cuello que le cubre los pechos, peinándose los cabellos mojados con la determinación y el esmero de quien se está preparando para echar el polvo del siglo con el espectador ya excitado y predispuesto. Es una pantera en celo; un demonio de lujuria;  una hembra de armas tomar. Y todo ello en apenas diez segundos de papel. Intrigado, la busco en internet y descubro, veinte años después de su luciferina aparición, a una Galaxy Craze convertida en exitosa novelista de dramones románticos, actriz ya retirada del circuito que sólo dejó para la posteridad estos segundos mareantes de Maridos y mujeres. Con ella, si mi vagancia no fuera tan poderosa, y no existiesen el fútbol o los billares para distraerme de los asuntos importantes, inauguraría por la letra C ese Pequeño Diccionario de Actrices Fugaces, diario dentro del diario, digresión dentro de la verborrea, homenaje a las actrices secundarias y terciarias que a veces son más bellas incluso que las principales, a las que tanto doramos la píldora, y tanto atosigamos con nuestro deseo. Sería bonita, esa recopilación de pequeños regalos, de rayos de sol en el invierno, de chubascos refrescantes en el verano...



Por lo demás, Maridos y mujeres no cuenta nada que no sepamos ya, los veteranos del sacramento. Que el matrimonio es un invento comercial, jurídico, medieval, que poco tiene que ver con el amor, es una verdad que no se le escapa a nadie medianamente despierto. Basta con leer un poco, y con echar un vistazo de vez en cuando a los documentales del Canal Historia. E incluso a los del National Geographic, donde los simios practican formas del amor más verdaderas y más bellas. En Maridos y mujeres, Woody Allen, anticipándose a la tormenta que iba a cernirse sobre su propio matrimonio, despedaza la sagrada institución con cuatro estocadas de maestro de esgrima. Sobre el suelo quedan una pareja muerta y otra herida de gravedad, que se levantará tambaleando, contenta de seguir viva, pero refugiada ya para siempre en el miedo, y en la terrible certeza de su impostura.



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