Misterioso asesinato en Manhattan.

En su libro de conversaciones con Eric Lax, Woody Allen se sorprende de que películas como Annie Hall o Manhattan, que él mismo tiene en poca estima, sean las preferidas del público que sigue su filmografía, mientras que otras que él considera sus obras más redondas, las que más se ajustaron al efecto cómico o dramático que buscaba en un principio, han pasado a través de los años sin dejar penas ni glorias. Se queja, varias veces, de la escasa repercusión que obtuvo Misterioso asesinato en Manhattan, la película que hoy se ha reestrenado en la oscuridad asfixiada de mi salón, y que muchos discípulos de su iglesia siempre hemos tenido por un feliz divertimento, por una película notable sin aspiraciones reales de sobresaliente. Al parecer, esta vez para nuestra sorpresa, Woody Allen la guarda en un rincón preferido de su corazón, a contracorriente del sentir general. Incluso él, que es un genio de las películas, inspirador y guía de legiones de cinéfilos, se transforma a veces en un genio incomprendido.



            De todos modos, poco le importan a Woody Allen estas repercusiones de sus películas, como poco me importan a mí, en realidad, las repercusiones que pudiera tener este diario, a no ser que una rubia preciosa, veinteañera a poder ser, cayera en mis redes literarias, como una sirena pescada mientras yo dormía la siesta. No aspiro a los premios ni a los aplausos. O sí, pero con el ánimo distraído. Yo solo soy un diletante, y un enamorado. Un aburrido de la vida que en lugar de contar los segundos que se escapan,  los va tecleando en el ordenador, siguiendo el compás. Una pérdida de tiempo lamentable, como otra cualquiera.
            Esto decía Woody Allen en su libro de conversaciones con Eric Lax sobre su legado:
«A medida que me hago mayor, el término “legado” surge por todas partes y yo, personalmente, no tengo ningún interés en mi legado, porque creo con firmeza que cuando uno está muerto el hecho de que una calle lleve tu nombre no sirve de mucho a tu metabolismo. No hay más que ver cómo acabaron Rembrandt, Platón y tantas otras personas insignes. Ahí están, criando malvas. Puede que deje un pequeño legado económico a mis hijas, nada desorbitante, pero cuando esté muerto, por mí podrían coger todas mis películas con los negativos incluidos –todo salvo esa pequeña asignación económica para mis hijas- y arrojarlas por el retrete. El gran Shakespeare no está mejor que cualquier vago sin talento que escribía obras de teatro en la Inglaterra isabelina y que no conseguía producirlas, y si alguna vez lo lograba la gente salía huyendo del teatro. No es que crea que no tengo ningún talento, pero no tengo el suficiente para hacer bombear la sangre de mi cuerpo una vez que éste entre en rigor mortis. De modo que el tema de mi legado no me preocupa lo más mínimo. Tengo una frase que lo expresa a la perfección: “En lugar de vivir en el corazón y la mente de mis congéneres, preferiría vivir en mi apartamento”».



Carol: ¿Sabes, Larry? Te quiero... ¡Te quiero!
Larry: ¡Cómo podías estar tú celosa de Marcia! ¡Qué ridiculez! ¿No sabes que yo sólo podría quererte a ti?
Carol: ¡Qué va! Tú estabas celoso de Ted...
Larry: ¿De Ted? No bromees... Si le quitas los zapatos con alzas, el moreno artificial y su pelo implantado, ¿qué te queda? 
Carol: Tú


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