Moonrise Kingdom

Sam es un doceañero gafapasta que huye del fascismo pre-militar que rige en su campamento de Boy Scouts, allá en la isla de veraneo. Suzy es una preadolescente rebelde que huye del fascismo maternal que impera en su hogar desquiciado, a poca distancia del campamento. Enamorados el uno del otro con la fortaleza férrea de los amantes primerizos, deciden fugarse de sus cárceles para emprender una aventura sin propósito, y sin esperanzas, confinados en los límites de la isla, perseguidos como delincuentes por sus mayores escandalizados.



Aunque Moonrise Kingdom está narrada con el estilo surrealista y extrañamente cómico de Wes Anderson, a modo de cuento infantil o de cómic con personajes de carne y hueso, la tragedia interior que viven estos muchachos es morrocotuda. La certeza precoz e indudable de saberse diferentes, de no encajar en la mayoría, de asumir que serán pocas, muy pocas, las personas con las que llegarán a congeniar en la vida. Ellos, los personajes ficticios de Moonrise Kingdom, y ellos, los niños reales y lúcidos que uno ha ido conociendo por la vida, saben estas cosas a una edad impropia, tempranísima, que los parte el corazón por la mitad. Los que han sufrido esa experiencia y luego la han contado en las películas o en los libros, hablan de infiernos muy candentes, de reflexiones muy tenebrosas, de clavículas que de la noche a la mañana se convierten en plomo pesadísimo que los encorva y los vuelve taciturnos, y les clava la vista en el suelo. Pero luego, años más tarde, cuando levantan la cabeza y vuelven a mirar la vida de frente, hablan de un panorama diáfano, despejado, en el que se mueven con la certidumbre muy serena de lo que interesa y no interesa, de lo que merece y no merece la pena. Sufren mucho, pero luego alcanzan una madurez envidiable, allá en lo alto del otero, solitarios y distantes, como dioses resurrectos.



Algunas personas menos preclaras que ellos, menos inteligentes, hemos necesitado décadas para alcanzar esa misma sabiduría, cuando ya era demasiado tarde, y el fango de la vida nos había atrapado por los pies. Hemos querido ser iguales a toda costa, indistintos, fotocopiados, masa entre la masa, cuando en realidad morábamos en otro planeta, coexistente y entremezclado, pero radicalmente diferente. Hemos tardado no décadas, sino siglos eternos, frustrantes, vacíos, de una vida falsificada y yerma, en darnos cuenta de nuestra rareza esencial, de nuestro distanciamiento casi genético. O quizá lo sabíamos desde siempre, deep in our hearts, y nunca nos atrevimos a asumirlo: para evitar el dolor, el rayo, el abismo. Es complicado discernir el origen de nuestro retraso, de nuestra estupidez, de nuestra lentitud cognitiva. O de nuestra cobardía. O de nuestra pereza. O de nuestro conformismo. Habría que ser uno de esos niños de Moonrise Kingdom para tener las cosas tan claras...


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