La última noche de Boris Grushenko

Ahora que he descubierto que el mismísimo Bergman presumía de ser un cineasta incompresible, y que ya no tengo, por tanto, el deber cinéfilo de seguir aguantándolo, quedo liberado de su exégesis para inaugurar este anhelado ciclo de Woody Allen. No uno completo, que se haría eterno y redundante, pero sí uno que rescate sus obras maestras, sus grandes películas, también las obras menores que uno vio en su día con poca atención o con mucho sueño acumulado, y que no han dejado ningún poso, y casi ningún recuerdo.
            Prescindo de sus primeras comedias alocadas -simples acumulaciones de chistes que ahora no hacen reír ni a los adolescentes- e inauguro este certamen con La última noche de Boris Grushenko. Al terminar la función, uno viene a este ordenador dispuesto a escribir muchas cosas sobre el amor y la muerte, sobre el destino y el sexo, que también son temas muy de Bergman, muy de película sueca en blanco y negro, pero que Woody Allen, que primero fue cómico antes que fraile, showman antes que filósofo, endulza con un poco de humor para que los espectadores más corticos digiramos sus reflexiones.  



Uno se sienta feliz al teclado, fresco y desatado. He vivido un invierno muy largo en compañía de Bergman, allá en su isla del Báltico, y ahora con Woody Allen, en primavera, regresan las ganas locas de escribir a favor de alguien, y no a la contra. Son unas ansias casi verborreicas de expresarse y de gritar, que corren el peligro de salirse del cauce y anegarlo todo de tonterías y banalidades. Sin embargo, después de cinco minutos enfrentado a la página en blanco, el cursor no se ha movido de su sitio. ¿Cómo empezar a hablar de Woody Allen, de sus películas, de sus intenciones cómicas o dramáticas, si ya está todo dicho? ¿Qué voy a aportar yo aquí, en estas remotas páginas del ciberespacio, en este sistema planetario de vida escuálida en el que apenas aterrizan cuatro naves espaciales despistadas? Woody Allen es material desclasificado para cualquier cinéfilo que se acerque a su figura. Mejor será improvisar algunas pinceladas sobre la película de turno, alguna impresión personal. Rescatar algún chiste glorioso, alabar la belleza de alguna mujer, reparar en un detalle quizá poco frecuentado. Y de todos modos, qué más da. Los pornógrafos que aterrizan en este planeta sólo buscan desnudos y no me van a leer. Y los otros, los cinéfilos de verdad, los que buscan críticas inteligentes y comentarios enjundiosos, tienen un buen gusto que los aleja instintivamente de estos andurriales.

De La última noche de Boris Grushenko:

           1 El sexo sin amor
— ¡Pero Boris! El sexo sin amor es una experiencia vacía.
    Sí, pero como experiencia vacía, es una de las mejores.



2 Dice Woody Allen que el famoso plano de las cabezas parlantes (que sostienen un diálogo perpendicular y ridículo sobre la muerte y el trigo, y que es un calco del que Ingmar Bergman improvisara en Persona) es un homenaje cinéfilo al maestro sueco. Yo creo que no, que más bien se pitorrea un poquito de él: con cariño, pero con cachondeo. Un puyita lanzada contra su irritante pretenciosidad. 



3 La belleza de Diane Keaton. Nunca fue la más guapa de las actrices, pero tenía... algo. Algo indefinible, afrancesado, de chica guapa y muy simpática. Algo chic. Chica chic. Aquí, en La última noche de Boris Grushenko, fue la precursora estilística –y quién sabe si modelo plagiado- de la Princesa Leia en La Guerra de las Galaxias.




4 El discurso final de Boris:

“La cuestión es: ¿he aprendido yo algo de la vida? Tan sólo que... los seres humanos están divididos en mente y cuerpo. La mente abarca todas las aspiraciones nobles, como poesía y filosofía, pero es el cuerpo el que se divierte. Lo importante, creo yo, es no ser un amargado. Resulta que hay dios, y no creo que sea injusto. Lo peor que se puede decir de él es que ha tenido poco éxito con nosotros.  Al fin y al cabo, hay cosas mucho peores que la muerte. Si han tenido que aguantar alguna vez a un agente de seguros, lo comprenderán perfectamente. El quid de la cuestión está en no pensar en la muerte como un fin, sino en ver a la muerte como el modo más efectivo de reducir gastos. Y en cuanto al amor..., ja, ja, no sé... ¿Qué quieren que les diga? No es la cantidad de relaciones sexuales lo que cuenta, sino la calidad. Claro que si la cantidad es menor de una cada ocho meses, yo lo pensaría mejor. Bueno, hasta la vista amigos míos. Adiós”.



5 El último plano de la película, imborrable, de Woody Allen bailando con la muerte al lado del río, entre los árboles, camino del más allá, mientras suena la música pegadiza y algo estridente de Prokofiev.



6 El Congreso de Tontos de Pueblo de Minsk, al que acude Berdykov, el tonto de la aldea donde nació Boris. Una idea descacharrante, y que da mucho que pensar. Muchos son los pueblos de nuestra geografía que podrían acoger un congreso de tal tipo, pero de carácter comarcal, y permanente, los 365 días del año...



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