Annie Hall

Alvy Singer habla con los espectadores, en la escena inicial de la Annie Hall:
“¿Conocen este chiste? Dos señoras de edad están en un hotel de alta montaña. Y dice una: “¡Vaya, aquí la comida es realmente terrible!” Y comenta la otra: “Sí, y además las raciones son tan pequeñas”. Pues básicamente así es como me parece la vida: llena de soledad, miseria, sufrimiento, tristeza... Y sin embargo, se acaba demasiado deprisa”.



Alvy niño, en la consulta del doctor:
Madre de Alvy: Está deprimido. Y cuando está deprimido, no puede hacer nada.
Doctor: ¿Por qué estás deprimido?
Madre: Díselo al doctor... Es por algo que ha leído.
Doctor: ¿Algo que ha leído?
Alvy: El universo se expande.
Doctor: ¿El universo se expande?
Alvy: Bueno, el universo es todo, y si se expande, algún día estallará y eso será el final de todo.
Madre de Alvy: ¡Eso no es asunto tuyo!. Ha dejado de hacer sus deberes...
Alvy: Claro, ¿para qué?
Madre de Alvy: ¿Qué tiene que ver el universo contigo? Brooklyn está aquí, ¡y Brooklyn no se expande!



            En el colegio, con siete años:
Alvy adulto (voz en off): En 1942 ya había descubierto a las mujeres...
[Alvy niño, en clase, se levanta del pupitre y besa en la mejilla a una compañera]
Niña: ¡Me ha besado! ¡Qué asco! ¡Puaj!
Maestra: ¡Es la segunda vez este mes! ¡Ven aquí!
Alvy: ¿Qué he hecho yo?
Maestra: ¡Ven aquí!
Alvy[mientras se dirige al encerado]: ¿Pero qué he hecho yo?
Maestra: Debería darte vergüenza
Alvy adulto [sentado en el pupitre vacante, entre los niños]: Yo sólo estaba expresando una sana curiosidad sexual.
Maestra: Los niños de seis años no piensan en chicas.
Alvy adulto: Pero yo sí.
Niña: ¡Por el amor de Dios, Alvy! Hasta Freud habla del período de latencia.

Alvy adulto: Pues yo jamás tuve un período de latencia. No es culpa mía. 



Annie Hall y Alvy Singer sostienen su primera conversación de carácter personal, en la terraza del apartamento de Annie:
Alvy: Tus fotografías son fantásticas, muy buenas, tienen cierta calidad
Annie: Me gustaría aprender fotografía. Profesionalmente, ¿sabes?
[Mientras dice esas palabras, aparece un subtítulo revelando su verdadero pensamiento: “¿Por dónde me sale este imbécil?”].
Alvy: Ha de ser muy interesante, porque es una nueva forma de arte y aún no ha surgido un conjunto de criterios estéticos.
[Subtítulo: “¡Qué tía más buena!”]
Annie: ¿Criterios estéticos? ¿Quieres decir si una foto es buena o mala?
[Subtítulo:” ¿Me toma por una chiflada?”]
Alvy: El medio entra como una condición de la misma forma de arte, es...
[Subtítulo: “Me pregunto cómo estará en cueros”]
Annie: Verás, no creo que en mí sea todo instintivo, no, quiero decir que, lo siento, sabes, sólo quiero sentirlo y no pensar mucho en ello.
[Subtítulo: “Aguanta el tipo que este tío es muy listo”]
Alvy: Aún así, necesitas un conjunto de líneas estéticas para que estés en una perspectiva social.
[Subtítulo: “No sé lo que me digo, estoy hecho un lío”]
Annie: En fin... Creo que tenías alguna prisa, ¿verdad?
[Subtítulo: “Espero que no resulte un gilipollas como los otros”]
Alvy: Bueno, regular, con llegar a tiempo para mis habituales lamentaciones...
[Subtítulo: “Parezco un locutor de radio. ¡Relájate!”]



En la librería, con Annie, comprando libros sobre la muerte:
Alvy: Tengo una visión muy pesimista de la vida. Si vamos a salir juntos debes conocerme. Yo creo que la vida está dividida en lo horrible y lo miserable. En esas dos categorías... Lo horrible son los enfermos incurables, los ciegos, los lisiados... No sé cómo pueden soportar la vida. Me parece asombroso. Y los miserables somos todos los demás. Así que al pasar por la vida deberíamos dar gracias por ser miserables. Por tener la suerte de ser miserables. 



Psiquiatra de Annie: ¿Hacen el amor con frecuencia?
Alvy [desde la otra pantalla]: Casi nunca, tal vez tres veces por semana.
Annie: Constantemente, unas tres veces a la semana.


            El último plano de Annie Hall, mientras Annie y Alvy se despiden más allá del ventanal de la cafetería: 
 Alvy [voz en off]: Pero fue magnífico volver a ver a Annie. Me di cuenta de lo maravillosa que era, y de lo divertido que era tratarla. Y recordé aquel viejo chiste, aquél, aquél del tipo que va al psiquiatra y le dice: “Doctor, mi hermano está loco. Cree que es una gallina”.  Y el doctor responde: “¿Pues por qué no lo mete en un manicomio?” Y el tipo le dice: “Lo haría, pero necesito los huevos”. Pues eso, más o menos, eso es lo que pienso sobre las relaciones humanas: son totalmente irracionales, y locas, y absurdas, pero supongo que continuamos manteniéndolas porque, la mayoría, necesitamos los huevos.



             Cuenta Woody Allen en las entrevistas que su idea original de Annie Hall era  muy distinta, más alocada y cómica, pero que luego, en la sala de montaje, descubrió que allí había una historia de amor que cautivaría al público. Quedan, a lo largo del  metraje, restos de chistes, de filosofías, de miradas a cámara para que Alvy Singer busque la complicidad del espectador. Quedan los slapsticks, las divagaciones, las bromas amables sobre los judíos. Es una película muy poco ortodoxa, que va y viene de Annie para hablarnos de la infancia de Alvy, o de la distancia cultural que media entre Los Ángeles y Nueva York, temas tangenciales que giran alrededor del romance central como planetas de órbita excéntrica y errática. Aquellos pelmazos de ¡Qué grande es el cine! despacharían Annie Hall con un movimiento de ceja y con una sonrisita de compasión. Dirían que no se ajusta a los cánones, que es anárquica, que no está bien construida. Y que es, además, para rematar los pecados, una película en color. Pero su opinión nos importa una mierda. Annie Hall es una de las películas de nuestra vida. Es insolente, personal, divertida. Aunque Woody Allen afirme lo contrario, intuimos que Alvy Singer es un álter ego que tiene sus mismas filias, sus mismas fobias, sus mismas pesadumbres acerca de la vida. Alvy es un tipo cercano, chisposo, debilucho, acorralado por las manías. Si no fuera por su inteligencia superior, sería uno más en esta pandilla nuestra de los gafudos neuróticos.
Uno siente la necesidad de reencontrarse con Annie Hall cada dos o tres años, para recordar los diálogos deliciosos, las réplicas implacables. Es como un curso acelerado de filosofía en el que sonríes todo el rato, y las lecciones, muy trascendentales, traspasan sin esfuerzo las meninges. Y Diane Keaton, además, está más hermosa que nunca. Annie Hall no ha envejecido en absoluto. Podría rodarse hoy mismo, otra vez, con los mismos diálogos. Es un prodigio de creatividad  y de frescura. Una de las diez películas que uno vería en la isla desierta, si un avión de rescate  arrojara los DVD en paracaídas.


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