Profesor Lazhar

Lo más interesante de Profesor Lazhar no es el archisabido argumento del profesor que triunfa en el aula donde otros docentes, menos perspicaces, fracasaron y dimitieron. O se suicidaron, directamente, como en este caso. Ya hemos visto muchas veces esta película del profesor interino y molón. El mismo título de este blog es el homenaje a la obra maestra del subgénero, que llevo muy dentro del corazón, y que hace palidecer de vergüenza a cualquier otra versión, acercamiento o remedo. Maldita sea, en ese sentido, Profesor Lazhar. Dentro de unos pocos meses ya no recordaré ni de qué iba.



Despojada de sus muchas cursilerías y obviedades, las aventuras de este profesor argelino en Canadá sólo han servido para constatar, una vez más, la diferencia que separa nuestros institutos de estos que los pueblos civilizados muestran con orgullo en sus filmografías. Basta con echar un vistazo al laboratorio o al gimnasio donde los chavales de Lazhar descansan de sus rollos lacrimógenos, para darnos cuenta de la cutrez que asola nuestro sistema educativo. Y lo que te rondaré, morena. Más que una película de sentimientos a flor de piel, con niños llorosos y maestros moqueantes, Profesor Lazhar es una entrega dominical del programa Salvados en el que Jordi Évole viaja al Canadá para conocer la eficacia y los muchos dineros que allí son el pan nuestro de cada día. Me imagino a Évole esbozando sonrisitas, lanzando pullitas, haciendo como que es una comedia lo que está interpretando, cuando en realidad está señalando con el dedo a tanto hijo puta que aquí, en la piel de toro, vela por la buena educación pública de nuestros retoños. Malditos sean.



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