Matrix

La primera vez que vi Matrix pensé -sin mucho mérito intelectual por mi parte, pues los paralelismos argumentales son evidentes- que estaba viendo una adaptación moderna de los Evangelios. Neo vendría a ser la segunda encarnación del Hijo, el Mesías señalado por Morfeo el Bautista para salvar a los hombres de su infausto destino. Pero esta vez no habría venido para redimirnos del pecado, tarea que los siglos han revelado inalcanzable incluso para un dios tan poderoso, sino para librarnos de la tiranía de las máquinas, hijas evolutivas de la raza humana, nietas de aquellos monos que hace millones de años se rascaban las pulgas subidos en los árboles. Neo, como Jesús de Nazaret, es un hombre al principio dubitativo y confuso, que sospecha, pero no termina de aceptar, el motivo trascendental de su muy altísima y secreta misión en la Tierra, o más bien en lo poco que ha quedado de ella, tras la guerra sin cuartel contra la Inteligencia Artificial. Neo sufrirá la traición de un discípulo que lo conducirá a la muerte. Neo resucitará gracias a la fuerza del amor. Redivivo, multiplicará por cien sus anteriores poderes, y se pasará las leyes de la física por el forro de sus asuntos, estirando la materia, falseando la gravedad, ralentizando o acelerando el tiempo a su antojo... Un nuevo superhéroe saltarín y kungfunesco que ya no resucita muertos ni convierte el agua en vino, pero al que le bastan sus habilidades más modestas para zurrarles la badana a los antivirus con gafas de sol que Matrix fabrica para enviarlo a la papelera de reciclaje.



            La segunda vez que uno vio Matrix descubrió, en un segundo plano de lectura más laico y científico, más acorde con la mentalidad ilustrada que nos anima a ver estas ciencias-ficciones, una ingeniosa explicación a los desajustes de la realidad que todos hemos experimentado alguna vez. Los déjà vu tan vívidos e inexplicables que los neurólogos despachan como una simple disfunción temporal de la memoria, y que nosotros creemos verdaderos episodios de premonición. Los sueños tan reales y sentidos que luego uno, ya indudablemente despierto, se pasa horas tratando de desenredar de la realidad, tan entrelazados con ella, y tan parecidos a lo que uno experimenta en la vigilia. Los momentos reales, también, inconcebibles o sorpresivos, que uno vive como flotando en un sueño, embarcado en una nube que las endorfinas nos prestan para sobrevolar las tragedias, o que el alcohol nos presta para escaparnos de la vergüenza propia de estar borracho. Esas corazonadas certezas que todos hemos tenido alguna vez, como magos mentalistas de los que salen en la tele, previendo acontecimientos y desenlaces que al poco tiempo se cumplían con detalle, en una mezcla de perplejidad ante lo imposible y de orgullo por el superpoder que uno atesoraba sin saberlo. Hay veces que la realidad, casi siempre monolítica y previsible, se vuelve flexible e inestable, como si las paredes perdieran consistencia y empezaran a derretirse. Como se derrite ese espejo cuando Neo lo toca con sus dedos timoratos, iniciado ya en el secreto de la mentira mayúscula de Matrix. 



            Ahora que he vuelto a ver la película en compañía de Pitufo, me han venido a la memoria olvidados conocimientos del bachillerato: he recordado las sombras en la caverna de Platón, que venían a ser un Matrix primigenio y muy cutre de la antigua Grecia, o al filósofo medieval que afirmaba que nada de cuanto veíamos o tocábamos era real, sino el sueño de Dios instalado en cada una de nuestras cabezas, como un software celestial programado por un ejército de ángeles tecleando en los ordenadores. Matrix es una película enrevesada, complejísima, que admite múltiples lecturas. Incluso la más simple de todas, que es ver a unos tipos sojuzgados defendiendo su libertad dando mamporros y disparando ráfagas de metralleta, que es la versión que Pitufo, de momento, a falta de educaciones del bachillerato más exquisitas, y de un padre que le explique mejor los recovecos de la función, se ha apuntado en su libreta de cinéfilo primerizo. 



He recordado, también, en los escasos momentos de aburrimiento, cuando los personajes se enredan en peleas de artes marciales, aquella sentencia que Fernando Trueba recogía en su Diccionario de Cine, atribuida al novelista francés Marcel Pagnol: 
En el cine, como en el teatro, no hay más que un argumento: un hombre encuentra a una mujer. Si follan, es una comedia. Si no, ¡es una tragedia!”
            Aquí los héroes no follan, pero se besan tiernamente, en un anticipo húmedo del sexo volcánico que los arrastrará tras el The End. Carrie-Anne Moss... Trinity… Ella sí que parece una mujer diseñada por ordenador, tan guapa que parece de mentira, con ese cuero ceñido que resalta todos los méritos de su cuerpo, con esos ojazos azules que le regaló la madre que la parió, y no Matrix, tan excitante como esos sueños lujuriosos que consiguen las más imponentes de las erecciones, jamás igualadas en realidad chusca que te ofrece la pastilla roja. Es la pastilla azul,  la que tomas cada noche para sumergirte en el mundo disparatado de los sueños, o en el más ordenado pero también fantasioso de las películas, la que regala las experiencias sexuales más gratificantes de la vida.


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