Malas tierras


Vuelven, como cada mes de abril, las tardes apasionadas del fútbol europeo, y las noches relajadas del billar británico. Es un período vacacional que yo mismo me prescribo, saturado ya de esta pasión enfermiza por las películas, y por las mujeres hermosas que salen en ellas. Si no fuera por este descanso que me trae la primavera, acabaría más loco de lo que estoy, incapaz de distinguir entre la vida real y la vida filmada, entre las mujeres tangibles y las que sólo son puntos luminosos animados por un chip. 
        Con la mirada fija en el verde del césped o del tapete inicio un viaje astral que me lleva muy lejos del mundo real,  aterrizando en una vida virtual que ya no es el escondite habitual de las películas, que ya no es fotocopia o trasunto de los asuntos humanos, sino destilación y síntesis abstracta donde rigen la geometría y la disyuntiva de los espacios. Recuerdo aquel episodio de Los Simpson en el que Homer, huyendo de sus cuñadas, se escondía en el armario ropero que lo enviaba a una tercera dimensión en la que ya no era dibujo bidimensional, sino colega nuestro del alto y del ancho, del detrás y del delante. Del mismo modo que Homer sube el peldaño de una dimensión adicional, uno, expectante del balón que vuela o de las bolas que ruedan, consigue, sin mover el culo del sofá, ascender a una cuarta dimensión que sólo es espacio euclidiano que hay que defender o conquistar, aplicando tácticas o fórmulas. Una paz geométrica donde apenas se escucha el eco apagado de las pasiones humanas, con sus tonterías, y sus banalidades. Ese nirvana, quizá, que tanto ansiaba Buda bajo las copas de los árboles. 



Voy viendo las películas pendientes, sí, pero lo hago a trozos, a saltos, como un espectador irresponsable sin método ni ganas. Inicio una retrospectiva de Terrence Malick con Malas tierras, pero la urgencia de los partidos me obliga a dividirla en dos sesiones, y la mala conciencia de estar pecando me arruina el placer del reencuentro con el paisaje ya mítico de las Badlands de Montana. Luego, al terminar la película, uno quiere escribir sus ocurrencias habituales sobre la misantropía, o sobre los amoríos; dejar constancia en este diario de la cruda filosofía que mueve a los personajes de Terrence Malick, o del fuego impetuoso que siempre encendió el rostro pecoso y juvenil de Sissy Spacek. Pero el porro matemático que voy fumando a todas horas me ralentiza los razonamientos, y me ofusca la sintaxis. Los dedos, además, viven estos días en una laxitud que apenas alcanza para pulsar el mando a distancia, o para manejar el tenedor de la cena. Es una vagancia disfrazada de afición a los deportes que me exime de esta responsabilidad de la escritura, a veces insoportable, y casi siempre infructuosa. Una dimisión, sí, en toda regla.


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