El silencio

Hace apenas quince años, cuando internet era todavía una tecnología en pañales, las únicas opiniones que uno escuchaba sobre las películas eran las que soltaban los críticos afamados de la radio, o de las revistas. O de la tele, en Qué grande es el cine. Recuerdo con terror aquellas tertulias maratonianas donde los fumadores compulsivos que rodeaban a Garci extraían una inagotable palabrería de películas antiquísimas e insufribles, sólo porque eran en blanco y negro, o porque la habían visto de universitarios en una sesión doble de la Filmoteca, o porque enseñaba el tobillo una actriz francesa de la que anduvieron muy enamoriscados por la época, en aquella España censurada y casposa donde cualquier centímetro cuadrado de piel que no perteneciera a la cara o a las manos desencadenaba las furias de la masturbación agradecida. Los críticos de Garci, como casi todos los críticos que vivían de exponer sus sagradas opiniones en los medios, vivían en un rollo que no era el mío, ni el de mi generación. Nosotros, los que nos criamos con una espada láser de juguete en la mano y la otra haciendo el gesto hipnotizador de los Jedi, nos dormíamos en las madrugadas de los lunes mientras ellos, como viejetes al calor de la hoguera, rememoraban las mil anécdotas de sus hazañas intelectuales en los círculos del arte y ensayo.

Cuando terminaba la película y despertábamos del ronquido, o de la ausencia, ellos, los críticos profesionales, venían a rellenar las lagunas vastísimas de nuestra incomprensión con toneladas de argumentos irrebatibles. Donde nosotros sólo habíamos visto el capricho pomposo de un cineasta entregado a sus personalísimos simbolismos, ellos, los veteranos, los preparados, los que se hicieron miles de pajas en su juventud pensando en las rodillas de Anna Magnani, encontraban toda una filosofía de la vida, toda una metafísica del espíritu, toda una semiótica de la humanidad oculta en los diálogos y en los giros de la cámara. 



Hace quince años muy pocos se hubiesen atrevido a criticar una película como El silencio.  A Ingmar Bergman se le trataba de usted, y de excelentísimo señor. Si no entendías sus perifollos o sus onanismos, era un problema tuyo, no de él, doctísimo maestro del alma humana. Nadie en la élite opinatoria se atrevía a denunciar que algunas películas suyas no se entendían, que se estaban quedando viejas, que a veces el maestro sueco dormía a las ovejas que pastaban en los alrededores. Que algunas obras, en efecto, como Fresas Salvajes, o El manantial de la doncella, habían adquirido la categoría de clásicos atemporales, por su sobriedad, por su mensaje, por sus interpretaciones mesuradas. Pero que otras muchas, demasiadas, se habían tornado enrevesadas, incomprensibles, a veces ridículas en su pretendida teatralización de lo metafísico. Como El silencio. Aunque se nos regale el bello rostro de Ingrid Thulin. Aunque se nos vaya la mirada en el cuerpo infartante de Gunnel Lindblom, y luego, en insólito atrevimiento del año 63, se nos haga llegar el rumor de que estas dos suecorras, hermanas para más señas, practicaban el incesto calenturiento en sus años mozos, y que por eso se han quedado así de traumatizadas, y de silenciosas, la una fingiendo que se muere a chorros en la cama, la otra vagando por las calles en busca de un maromo atractivo que la contente. Ni estas enjundias sexuales, a veces de una carnalidad explícita y sorprendente, le reprimen a uno el acto reflejo del bostezo.



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