A propósito de Elly. Taraneh Alidoosti

A propósito de Elly es la película de Asghar Farhadi inmediatamente anterior a Nader y Simin. La encaro con la intención de aprender nuevas sociologías sobre la clase media iraní que, barba arriba, chador abajo, tanto se parece a la pequeña burguesía española. Los personajes de Asghar Farhadi no son los paletos habituales que saca Kiarostami en sus películas, ni los ciudadanos desencantados a los que Panahi sigue por las calles deambulando. Farhadi rueda películas, no documentales agrícolas, ni seguimientos voyeuristas. Este hombre, aunque sea una costumbre desusada en el cine iraní, se presenta en los rodajes con un guión escrito previamente, con sus diálogos, sus descripciones, sus atmósferas sugeridas. Un cineasta clásico, sistemático, ¡occidental!, al que van premiando en los festivales del ancho mundo casi a regañadientes. Porque sus películas son cojonudas, y te dejan el poso amargo de lo inconcluso, de la flaqueza humana enfrentada a la tragedia.




A Farhadi le fascinan estos treintañeros iraníes que van alcanzando la edad difícil de la no-protesta. Ya no son los jóvenes contestatarios que montaban el pollo en las universidades, clamando contra los ayatolás. Como todos los treintañeros del mundo, ahora viven pendientes de sus matrimonios, de sus hijos pequeños, de los pequeños períodos vacacionales que pasan a orillas del mar. De algún orgasmo  que de vez en cuando les devuelva la alegría de vivir. La teocracia que en otras películas iraníes es blanco continuo de los dardos, aquí sólo es el horizonte fastidioso que no les impide disfrutar de la vida, ni privarse de ciertos lujos. Esta burguesía iraní se parece mucho a los españoles  que transitaron por el franquismo quejándose del régimen, sí, pero con la boquita pequeña, mientras salían de merendola con el Seiscientos, y cenaban opíparamente por Navidad. Ver una película de Farhadi es como asomarse a un Cuéntame cómo pasó ambientado en Irán, pero en los tiempos modernos, y con un pulso muy firme en el guión: nada de cursiladas, ni de concesiones estúpidas, para que se sumen alegremente los niños, y los abueletes, a tararear la puta sintonía del Cola-Cao.


 Taraneh Alidoosti es el séptimo amor mío de este año. Ella es la actriz hermosérrima que interpreta a Elly, la mujer que da título a la película. Su personaje desaparece misteriosamente a los tres cuartos de hora, no se sabe si viva o si muerta, pues ahí reside el quid dramático de la trama. Y uno, que ya se había enamorado perdidamente de ella, y que se había quedado colgado en su rostro mientras la película discurría por ahí abajo, se pasa el resto del metraje mirando el reloj, valorando las posibilidades de que ella, como en un milagro del Corán, reaparezca entre las aguas, o entre los montes. Es una ocurrencia muy estúpida de Farhadi, que podría haber elegido a una actriz menos guapa para interpretar ese papel, y reservarle a Taraneh uno que durase la película entera, que mujeres en chador salen unas cuantas, y mucho más rato, y mucho más feas.


Es precioso, el nombre de Taraneh, con esa hache del final –supongo aspirada- que envuelve su nombre en un hálito de enigma arábigo, como de princesa predispuesta al sexo de Las Mil y Una Noches. Su apellido, sin embargo, rompe el encanto de esa hache sensual con un hostión de muy difícil pronunciación. Alidoosti parece más apropiado para un jugador de fútbol que para una actriz preciosa con dos ojazos como dos mares del Caspio, que te dan ganas de hacerte musulmán en un periquete y coger el petate para buscarla por esos mundos de dios, o de Alá, en Teherán, o en El Toboso, o en un poblacho de los que frecuentaba Kiarostami, a pedirle una oportunidad, postrado de rodillas, y con barba de varios días, a lo iraní, para empezar a gustarle...


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