Katmandú

Un espejo en el cielo. Es una bonita expresión que recoge Icíar Bollaín en el título de su más reciente película, Katmandú. Así llaman los nepalíes a ese lugar que uno descubre a sabiendas, o por casualidad, y que se revela como el destino vital que uno venía soñando desde siempre. Un terreno propicio en el que construir la choza y pasar los inviernos, acompañado del amor, o de los perros.
Encontrar un sitio así es una suerte reservada a unos pocos privilegiados. La mayoría nos limitamos a vivir donde nos dan de comer. Somos gatos callejeros que rondan el portal de donde surgen mágicamente los platos de leche. La incapacidad y la cobardía nos atan a nuestros círculos cotidianos. Hay que ser muy valiente, y estar muy seguro de uno mismo, para coger la mochila y buscar ese espejo en el cielo que quizá nos espera a diez mil kilómetros de distancia. Esta maestra de la película encontrará su sitio en Katmandú, a medio mundo de su casa, y a medio mundo también del suelo, muy por encima de las gentes mediocres. Cualquier otra mujer se habría ido de allí a los dos días, espantada de la mugre, de la pobreza, de la estructura social inalterable. Pero esta chica, Laia, trasunto de la verdadera maestra Victoria Subirana, encontrará en las adversidades un motivo para la lucha. Un acicate para su orgullo inquebrantable de misionera laica, empeñada en alfabetizar a todo ser humano que se cruce en su camino. 


   Son varios los espejos celestes que uno ha ido encontrado con los años. Pero todos en el cine, y ninguno en la vida real. Un cerebro parsimonioso y unas manos catastróficas me han condenado a quedarme en la provincia, a vivir del cuento, y de la caridad. Mis paraísos duran lo que dura la película, y luego se instalan en la añoranza de lo imposible. Me hubiera gustado ser el boxeador retirado que se afinca en la verde Erín y vive en una palloza acurrucado junto a la pelirroja Mary Kate. Me hubiera gustado ser el Otto palindrómico que viviera junto a su Ana también palindrómica en una cabaña de madera, allá en los bosques de Finlandia. El Jeremiah Johnson que nada quiso saber del salvaje oeste y se retiró a las montañas, a vivir con su india, y con su retoño. El Federico Luppi que junto a su esposa abandona Buenos Aires y decide montar una comunidad campesina en el culo pelado de la Argentina, a practicar la utopía agraria. Todas son, como se ve, fantasías de aislamiento, en lugares remotos o inaccesibles. Una despensa llena y una mujer hermosa con la que retozar por las noches. Y un gran televisor. No necesito nada más. Lo otro, los humanos y sus egoísmos, y sus barullos, y sus fiestas primaverales, sólo son aconsejables cada cuatro o cinco meses, por prescripción médica, para no volverse uno ya del todo lobo.


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