The Wall

Me ha pillado muy a destiempo, The Wall. Más de treinta años después de su estreno, homersimpsoniano ya del sofá raído y deformado. He caído en ella porque Pitufo me dijo que su profesor de música les dijo... A veces uno repara en los olvidos de su cinefilia por casualidades así. El chaval llega a casa y te dice: “Hoy en clase de música hemos escuchado a grupos de rock antiguos: a los Rolling Stones, a Led Zeppelin, a Pink Floyd...” Pink Floyd... Uno recuerda que de adolescente, en la rebeldía sin futuro del colegio de pago, tarareaba en el inglés vernáculo una canción titulada Another brick in the wall, en la que un grupo de chavales se rebelaba contra el sistema educativo: Hey, teachers, leave the kids alone... Recuerda, vagamente, un vídeo musical en el que unos martillos animados desfilaban marcando el paso de la oca, como fascistas desafiando al mundo en Nuremberg. Uno recuerda, también, que había una película musical en la que se tocaban canciones del grupo, The Wall, algo muy experimental y ultramoderno en su tiempo, en plan ópera rock, o videoclip estirado. Algo así. La incultura  musical que uno atesora es quizá más aterradora que la cinematográfica, y le impide afinar con estas memorias. Décadas enteras de la que dicen es la mejor música de los siglos, después de Mozart y Beethoven, por supuesto, jamás llegaron a mis oídos atentos pero  muy poco educados. Uno, en la edad, se dedicaba mayormente al estudio, a los partidos del Madrid, a las películas de TVE2. Y a soñar con chicas inalcanzables. Y mientras perdía el tiempo en tales afanes, se dejaba llevar por la banda sonora de las radiofórmulas, tan banales y poco didácticas. Tan apegadas a la moda del momento, sin más criterio que la popularidad, y la pasta gansa de los patrocinadores. Un vergüenza desmusical que compartíamos todos los amiguetes de la pandilla. Ningún iluminado vino a predicar entre nosotros la verdad de los pentagramas. Ningún mesías melenudo se tomó la molestia de guiarnos entre las sombras del pop-rock. Nadie nos dijo que en algunos vinilos de portadas provocativas nos aguardaban la juventud y la gloria. 


Hace años, quizá, en esa adolescencia tan poco rebelde y rockanrolera, uno lo hubiese flipado con The Wall. Suenan algunas canciones molonas de mensaje indescifrable, y se escapa, además, entre los delirios psicóticos del protagonista, alguna teta bonita y artística, cosa que en los años ochenta daba mucho prestigio a las películas, y las convertía en éxito asegurado de los videoclubs del barrio. Pero ya han llovido muchas tetas desde entonces -muchas más las imaginadas que las palpadas- y la estética visual de los videoclips se ha quedado desfasada y ridícula. Más que nostalgia, o que resquemor por el tiempo perdido, The Wall suscita  en uno algo de vergüenza. Los años ochenta no fueran una década gloriosa, de la que ahora podamos presumir. Los jovenzuelos de entonces no luchamos contra ninguna dictadura, ni combatimos en ninguna guerra contra el mal. Ni siquiera vivimos una crisis económica como la que ahora nos condena a la miseria. Fue una juventud confortable, desidiosa, perdida en la contemplación del propio ombligo. Nos la pasamos enterita en el sofá, o en la butaca, almacenando imágenes que han caducado a una velocidad infinita, sobrepasadas por la tecnología, y por la inventiva ideorreica de los más jóvenes. Nuestro mayor logro es haber cultivado estos culos tan gordos, y estas barrigas tan búdicas, para presentarnos a un concurso de calabazas gigantes, y ganarlo holgadamente.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com