El lado bueno de las cosas

Los espectadores entusiastas hablan del optimismo vital que exudan los personajes lunáticos de El lado bueno de las cosas . Del afán de superación, inherente al ser humano, ¡y mucho más si hablamos de norteamericanos ejemplares!, que siempre logra imponerse a las adversidades del destino. Como si la locura, o la enfermedad, o la pobreza que vacía las billeteras, se fueran por donde han venido con un simple chasquido de nuestros dedos Qué majadería. 
            Estos optimistas de la voluntad han convertido una comedia boba en un manual de autoayuda, casi en un hito psicológico del buen rollo. El lado bueno de las cosas no nos enseña nada nuevo sobre la vida. Sólo nos recuerda que da lo mismo lo pobre que seas o lo loco que estés. Basta con que hayas nacido tan guapo como Bradley Cooper para se fije en ti una mujer única como Jennifer Lawrence, y así tu autoestima fluya a chorros por la sangre, y te otorgue una fuerza sobrehumana, una confianza indestructible. La transfiguración en superhéroe por obra y gracia de sus pomulazos, y de sus ojazos, que te traspasan con una radioactividad de muchos becquerelios por centímetro cuadrado. Un macho correspondido por la hembra más deseada del barrio se transfigura en un verdadero ciclón de la naturaleza. En un elegido de los dioses. Un Supertío de los tebeos. Un hombre de leyenda. Lo sé porque me lo han contado.



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