La guía del cine para pervertidos

Es difícil encontrarse con hombres que hagan pública su misoginia. Menos, incluso, de los que hacen chulería y gala de su machismo, tan deplorables. Y no entiendo por qué. La misoginia es el estado primordial del hombre, naturalmente atemorizado, achantado, perdido sin remedio ante el enigma indescifrable de las mujeres. Incluso en el más capuleto de los amores, en el más turolense de los romances,  hay un hombre que en el fondo desconfía de su amada. Que dice quererla con locura y al mismo tiempo jamás baja la guardia, prevenido de sus cambios de humor imprevisibles, de su ambivalencia desquiciante cuando opina sobre las cosas. Prevenido, también, de su inteligencia siempre superior, que puede estar haciendo y deshaciendo mil tortuosos pensamientos mientras nosotros, desprevenidos, suspendemos la inteligencia y nos quedamos embobados, admirando su belleza.
            Ya lo dijo una vez Berlanga: “Si vamos a hablar de misoginia, la mía es compleja, enrevesada, y no va nunca por el lado machista de pensar que la mujer es un ser inferior que está mejor fregando en casa. Todo lo contrario: ojalá fuese así”.



Es por eso que a uno, cuando se topa con un misógino que habla abiertamente de sus recelos, le entran ganas de fundar un club, y de invitar a una ronda de cervezas, aunque sean virtuales, para dar rienda suelta a la camaradería. Slavoj Zizek, nuestro psicoanalista de guardia, se ha destapado en La guía del cine para pervertidos como un misógino ilustrado y valiente, que habla de las mujeres con una mezcla de admiración y de temor, objetos insoslayables del deseo que lo mismo te procuran la felicidad más extrema que la neurosis más recalcitrante.
En un pasaje del documental, mientras vemos una escena de Terciopelo Azul en la que el personaje de Laura Dern rechaza el beso romántico ofrecido por su noviete, la voz de Slavoj explica:
“El enigma de la feminidad en las películas de David Lynch se basa en las lagunas entre causa y efecto. Cuando le haces algo a una mujer, nunca sabes cuál va a ser su reacción”.



A continuación, nuestro barbudo amigo aparece regando los tulipanes del que, suponemos, es el jardín de su casa, manguera en mano. Y prosigue: 
“Mi visión de los tulipanes es típicamente lynchiana. Los encuentro repugnantes. ¿No os parecen una especie de vaginas con dientes afilados que amenazan con tragaros? Las flores me parecen repugnantes en sí mismas. Son algo absolutamente horrible. ¿Es que la gente no lo ve? Básicamente están incitando a las abejas e insectos en plan: “¡Venid a follarme!” Creo que deberían estar prohibidas para los niños”.     

      

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