Nader y Simin, una separación

Tantas veces he denunciado en este diario el aburrimiento mortal que me producen las películas iraníes, tanto me he reído de sus argumentos simplones y sus ritmos caracólicos, que ahora casi me da vergüenza reconocer que Nader y Simin, una separación, es una peliculaza de argumento absorbente y actuaciones modélicas cuyo DVD, cuando pongan su precio al alcance de los proletarios, habrá de inaugurar en mis estanterías la sección de cine de su país. Adornaremos la balda con un cinta tricolor, y convidaremos a los vecinos a caviar del Mar Caspio, el más barato que vendan en la sección de gourmets de El Corte Inglés.
Es evidente que este hombre, Asghar Farhadi director hasta hoy desconocido por mí en aberrante y gravísima desidia, vive muy alejado de la influencia narcótica del maestro Kiarostami. Farhadi es un tipo de sensibilidad occidental al que le importan más los personajes que los pinos, más las insidias del alma que el lento flotar de las nubes. Los paisajes quedan muy bien en los documentales, y en los cuadros antiguos, pero no pueden sustentar por sí mismos una película. Lo que Kiarostami plasma en sus celuloides son reportajes, panorámicas, expediciones etnográficas a los pueblos perdidos, para indagar en la cultura del agro, y poner a los paletos delante de la cámara para que nos cuenten sus asuntos. Pero no son, realmente, películas. Cuando Mercedes Álvarez se fue a Aldealseñor para filmar El cielo gira, nadie dijo que eso fuera una obra narrativa, un largometraje clásico con su desarrollo, su nudo y su desenlace, sino un espléndido documental sobre el despoblamiento progresivo de las tierras sorianas. Es lo mismo que hacía Kiarostami cuando se iba al quinto coño a filmar los desastres del terremoto en el Kurdistán, pero a éste –entre otros el pelmazo de Mark Cousins- lo llaman maestro de la narrativa, y guardián de las esencias, y no sé cuántas cosas más. 


En Nader y Simin, una separación, Farhadi cuenta una historia sobre ricos y pobres, enamorados y desenamorados, mentirosos y aprovechados, que bien podía haber sucedido en cualquiera de nuestras ciudades. Es cine iraní, pero universal. Reconocible en cualquier parte. Farhadi no se tira el rollo para denunciar la teocracia, la rigidez legislativa, la  sujeción de la mujer a los caprichos barbudos de los ayatolás. Él ya sabe que nosotros, los occidentales informados, sabemos. Que todo esto nos parece lamentable y muy triste, e incluso muy cercano, si eres un español talludito que vivió el nacionalcatoliscimo de los curas y los cruzados. Farhadi, que parece un tipo inteligente, no insiste en lo que resulta obvio. Le basta con insertar cuatro diálogos y tres planos descriptivos para recordarnos que estamos en Irán, y que los personajes viven bajo ciertos condicionantes. Pero una vez establecido el marco, se lanza a lo que nos interesa, que es despellejar sin misericordia a los seres humanos, pues aquí, como en las películas de Berlanga, aunque esto sea un dramón de mucho cuidado, todo el mundo va a lo suyo. Es éste uno de los requisitos inexcusables que han de cumplir las obras maestras: que nadie, salvo algún cuitado que pasaba por allí, se gane del todo nuestras simpatías. Todos los personajes guardan una mentira y una traición. Nadie tiene el alma pura. No hay caricaturas ni maniqueísmos. Son seres humanos atrapados en el enredo de las leyes, y de las circunstancias, que sólo quieren librarse de la cárcel, o del estigma, o arramblar con los cuatro duros de la indemnización. Hombres y mujeres como usted, o como yo, aunque vivan en Teherán y lleven barbas o chadores, tan débiles y mentirosos, tan asustados y  creíbles.


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