Le Havre

Me pasa con Kaurismäki lo mismo que a los proletarios con el caviar, cuando por el azar afortunado de una quiniela, o de una herencia de la tía, logran acceder a los círculos exclusivos de los ricos. Que lo prueban una vez y no les gusta. Que lo prueban una segunda vez, convencidos de que ahora el paladar sí responderá a las expectativas, y les vuelve a defraudar. Que no terminan de pillarle la gracia a esta textura de mermelada con sabor a cojón de pescado. Piensan que a los aristócratas les gusta tanto porque es un manjar objetivo, indubitable, al que tarde o temprano será imposible resistirse. Como el whisky de malta, o las angulas verdaderas. Y lo prueban otra vez, y otra, y otra, hasta que aprenden a dominar la repugnancia, y a fingir con elegancia en las reuniones sociales, convencidos de que allí todo el mundo miente respecto a los canapés.
Mentir. Disimular. Asentir brevemente con el cuello. Es lo mismo que yo tendría que hacer si me moviera en los círculos sociales de los cinéfilos, y no viviera aislado en esta cueva osera de Invernalia, donde escribo lo que me da la gana. Falsificar la sonrisa cuando se cantaran las maravillas que nos regala Kaurismäki cada vez que sale el sol en Finlandia. Tengo entendido que si te atreves a soltar una crítica negativa en los conciliábulos de la capital,  los masones del asunto te pegan una hostia en cada carrillo y te expulsan para siempre del paraíso de sus tertulias. Exactamente lo mismo que harían los aristócratas con el advenedizo si éste escupiera el caviar que acaba de servirle la muchacha en bandeja de plata.



Cuento todo esto porque después de haber dormido varias micro-siestas mientras veía Le Havre, luego, en los grandes foros de la cultura, leo alabanzas sobre ella exageradísimas y apoteósicas, que harían sonrojarse al mismísimo Kurosawa o al mismísimo John Ford. De humanista hacia arriba, el diccionario se les queda muy corto a los entusiastas de don Aki y su nueva marcianada, o finlandiada, si lo prefieren. Mientras leo atónito tan unívocas pleitesías, mi espíritu se debate confundido. En los minutos pares pienso que soy un tipo insensible, cinéfilo sólo de boquilla, que jamás apreciará este caviar importado del mar Báltico, destrozado ya mi paladar por el chorizorro y las fritangas que me traen todas las semanas en grandes cajas desde Hollywood. Demasiado James Bond, quizá. Demasiada sitcom sin mensaje ni calado. Demasiada película vacía que sólo sustentaba una mujer bellísima y semidesnuda de la que yo andaba enamorado. En cambio, en los minutos impares, se me viene el ánimo arriba, y  pienso que  soy un resistente, un guerrillero, un valiente que se atreve a señalar la desnudez imperial de Aki Kaurismäki. Uno de los pocos que llama fábula tontorrona al cuento moral; cutrez al minimalismo; pasividad al hieratismo; gilipollez a la maravilla. Eufemismo a la palabrería. 
Me joden mucho, las películas de Kaurismäki. Me obligan a elegir entre la estulticia o la genialidad de mi espíritu. Apostar la certidumbre de mi inteligencia al doble o nada. Al rojo o al negro. Son momentos decisivos que uno quisiera rehuir y aplazar para mejor ocasión. Pues nada bueno puede salir de semejante elección: o la humillación definitiva de mis aspiraciones, o la sospecha permanente de una megalomanía incurable. Es una encrucijada en el camino, el maestro finlandés. Eso sí se lo reconozco.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com