Noviembre

“Nosotros queríamos cambiar el mundo y desde luego no lo conseguimos. Ahora lo que intento es que el mundo no me cambie a mí”.

Con este lamento vital, que pronuncia la anciana actriz que un día fue joven y contestataria, termina Noviembre,  una de esas películas desapercibidas y olvidadas que a uno, por razones muy íntimas, se le han quedado colgadas del pensamiento. Debe de ser la tercera vez que veo Noviembre, y su influjo, con el paso de los años, lejos de menguar por reiteración, ha ido creciendo. Es una película imperfecta, visceral, que se aventura por caminos muy poco trillados. Un grupo de actores jóvenes, poseídos del romanticismo arrollador de quien quiere cambiar el mundo, y además folla mucho en la movida de Madrid, se lanza a las calles para remover las conciencias de los ciudadanos con sus performances subversivas, lascivas, desafiantes. No cobran un duro por ello. Son revolucionarios de las formas y del fondo. Ellos invaden la vía pública para escandalizar al casto, para avergonzar al moralista, para asustar a las viejas y hacer reír a los niños. Ellos actúan para enseñar, descarnadas, desnudas, las fealdades que nadie quiere ver. Son, en sentido estricto, unos provocadores. Si Octubre fue la revolución fracasada de los proletarios, ellos, el grupo Noviembre, encabezarán la revolución fracasada de los actores. La Policía, que sabe mucho de cortar los sueños de raíz, de abortar las utopías recién concebidas, tomará buena nota de ellos. Si no quieren dinero, que se lleven, al menos, un par de hostias, por las molestias.


            Noviembre, con sus jóvenes soñadores y dinámicos, pensadores quiméricos de una humanidad mejorable, es una película que me delata como un viejo ya sin aspiraciones, anciano prematuro que emite su voto y no vuelve a ocuparse del bienestar general hasta que llegan los siguientes comicios. Viejo sedente que a diferencia de la anciana actriz del principio, no siente miedo de que el mundo le cambie, porque él, al mundo, siempre le ha exigido muy poquita cosa: la despensa llena, los dolores apartados, las películas siempre a la mano. Un viejo que ya nació viejo, que lleva veinte años aspirando a las mismas pequeñeces, que jamás se aventuró en la pedagogía de las gentes, en la transformación de los espíritus, porque siempre se dijo tímido y perezoso, llamado a otros caminos más introspectivos y filosóficos, o porque escondía, bajo esa fachada de timidez y pereza, de abulia impropia de un joven saludable, la certeza inconfesable, y muy prematura, de que las personas no cambian, no aprenden, que lo mismo les da ocho que ochenta siempre que alguien les dé la razón, y les arregle lo suyo, que casi siempre es dinero, o sexo, o joderle la vida al vecino. Noviembre es el recordatorio lacerante de mi juventud consumida en los cines, en los cineclubs, en los salones que siempre tenían una tele encendida con películas en marcha. Una juventud aislada de las otras juventudes, y de las naturales inquietudes de la bonhomía y el progreso. El sueño obsesivo de una película tras otra, hasta quedarme sin vista, o sin culo, o sin vida. Y algún libro, de vez en cuando. Y al otro lado de la ventana, el aburrido páramo que sólo se pisa para ganar el sustento, y tramitar los papeles: el  mundo de las personas, siempre el mismo después de tantas revoluciones fallidas. Habrá que esperar a la próxima, que llamaremos Diciembre...


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