Salvar al soldado Ryan

Después de sobrevivir al desembarco en la playa de Omaha, el soldado Mellish, exhausto, desencajado, rompe a llorar lágrimas de alivio. Todo su cuerpo tirita de la emoción. En la última hora ha estado a punto de morir mil veces, perseguido por mil balas, y mil fragmentos de metralla. Mientras otros compañeros morían a su lado, él ha permanecido vivo, afortunado de las mil trayectorias. Sus lágrimas también son de culpabilidad, y de pena. Dentro de unos pocos días morirá buscando al soldado Ryan por los pueblos derruidos de Francia. Pero eso aún no lo sabe. Ahora es uno de los pocos valientes que llegaron a lo alto de la duna, e hicieron huir a los alemanes. Uno de los pocos que tiene el privilegio de contemplar la playa atestada de cadáveres. Así, en la distancia, si no fuera por los charcos de sangre, y por el olor a pólvora que todo lo impregna, se diría que los muertos aún están vivos en un día de permiso, tumbados al solete, mecidos por el vaivén juguetón de las olas.



            Mientras el soldado Mellish llora, Pitufo, a mi lado, que ha asistido boquiabierto a la recreación del desembarco de Normandía, me pregunta, sorprendido, por la reacción del marine. Yo le devuelvo la pregunta, como rebotada en un espejo, asombrado de su poca perspicacia. Pero Pitufo, tras dudar un momento, se encoge de hombros y vuelve la mirada a la pantalla.
-         Esto no es un videojuego de los tuyos- le digo.
Y de nuevo el silencio por respuesta. No sé si me ha entendido. Ni yo sé si lo entiendo a él. Es difícil penetrar en la mente de un adolescente que hasta hoy sólo ha vivido la guerra en los videojuegos de la Play Station. No en la vida real, por supuesto, ni tampoco en las grandes películas del género, hiperralistas y crudas, donde los actores interpretan a soldados verosímiles que lloran y maldicen, que agonizan y mueren. En el mágico mundo de los píxeles, los soldados sostienen diálogos y obedecen órdenes, pero no muestran sentimientos. Van a la batalla convencidos de la resurrección tras el game over. Son, en cierto modo, soldados de Dios, a los que la muerte no asusta. Combaten con la fe ciega de los cruzados. Son guerras protagonizadas por inconscientes, o por fanáticos.



Nada puedo achacar a Pitufo. Yo mismo me crié con películas bélicas que tampoco nos educaron gran cosa, pastiches patrióticos donde se ensalzaban los valores, los cojones,  la bandera. Los malos caían como muñecos, y los buenos morían como héroes, con una sonrisa en la boca, orgullosos de su sacrificio, rodeados de sus camaradas. Eran una mierda, aquellas películas de mi infancia. No se oía el impacto de las balas sobre la carne. No brotaba la sangre de las heridas. Nada sabíamos de los desmembrados, de los destripados, de los que agonizaban dando alaridos. Los escenarios de batalla eran asépticos, muy estudiados para preservar la epopeya.  La guerra en aquellas películas era un juego peligroso, nada más. Los que mandaban, que eran militares, o simpatizaban con ellos, querían prepararnos para la mili, para el servicio, para defender occidente de los comunistas, o de los marroquíes, para resistir metro a metro en las calles de Ceuta y Melilla, entregando nuestra roja sangre, y nuestra amarilla bilis, si fuera menester. Qué tiempos, aquellos, de hazañas bélicas y soldaditos de plástico. Cuánto hemos aprendido desde entonces.



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