El diablo viste de Prada

Hay actrices de las que no hablo gran cosa porque doy por sentada su belleza incuestionable, su influjo universal. No se me ocurre improvisar con ellas una poesía, o una romántica descripción. Además de innecesario, quedaría ridículo en el escritor aficionado que nada recuerda de las altas literaturas, impermeable desde joven a las grandezas del verso, y a las sutilezas de la prosa. Hay bellezas inabordables  que no merecen mis tanteos, que no soportarían un retrato parcial de mi pluma. Una de ellas es Anne Hathaway. Con sólo decir su nombre uno ya ha cumplido con el deber del escritor enamorado. La imagen de Anne Hathaway posee la energía exultante de la autodescripción, y de la autoexplicación. Su mismo recuerdo la define. Cómo explicar la fascinación que nos produce la luna llena, el animal salvaje, la flor inaugural de la primavera... Son fenómenos que nos conmueven en lo más profundo, en lo más primario, donde el lenguaje falla, y ya sólo nos quedan las interjecciones, y los sonidos guturales.  



            Acabo de ver, qué digo, ¡de contemplar en éxtasis romántico!, a Anne Hathaway en El diablo viste de Prada. Una película de mujeres en la que yo me he colado de rondón,  como un pervertido en el lavabo de señoras, persiguiendo a mi amada. Ha sido un error inocente, anecdótico, finalmente insulso. Qué me importan a mí las modas, los estilos, las combinaciones de colores. La redacción de la revista Runway es para mí como la otra punta del cosmos, habitada por seres extraños e incomprensibles. Vivo a millones de años-luz de esta gente que viste a los famosos, a los ricachones, a las modelos mareantes que de vez en cuando pasean sus cuerpos en los cierres del telediario. Soy un hombre chapado a la antigua, refractario a las modas del vestir. Lo mío son las rebajas del Carrefour, donde apaño las mismas prendas de siempre, siempre oscuras y muy baratas. Me visto para no ir desnudo. Todo lo demás no lo entiendo, o me la suda. Visto limpio y aseado, pero lo hago como un gañán de pueblo, ajeno a cualquier estética imperante. El diablo viste de Prada es para mí una marcianada de gente muy extraña y muy loca. Yo estaba allí para rendir pleitesía a Anne Hathaway. Para hablar de ella en este diario y pormenorizar sus encantos y sus talentos. Pero ya he dicho que no puedo. Con Anne, aún a riesgo de parecer un hombre de las cavernas, un neanderthal poco evolucionado, es imposible ir más allá del gruñido del antropoide: uf, grrr, guau...  Éste es mi rendido poema. Mi particular versión del Lord Byron enamorado. Es lo que hay.


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